Durante mucho tiempo he asistido a la escuela, a diferentes niveles, en el mismo rumbo. En todos esos años he tenido que utilizar la misma ruta, siempre asistiendo a la marcha del transporte publico a través de zonas industriales, zonas comerciales, zonas residenciales sin ningún lujo, y, sobre todo, al eterno desfile de rostros inconexos pero de rasgos similares por regla general; por eso nunca hubiera esperado que un día una muchacha de marcados rasgos orientales abordara una de las unidades de aquella ruta del transporte público metropolitano. Era fascinante, de entre tantos rostros morenos sobresalía el suyo, de un amarillo sin precedente ante mis ojos; sus ojos oblicuos y su largo cabello, de un negro intenso, me obligaron a mirarle largo rato. Todo el trayecto estuve en trayecto de su rostro, buscando palabras con las cuales dirigirme a ella.
Y es que debía hablar español, de otra forma no andaría sola en el transporte publico de esta ciudad, sola como se encontraba en aquella mañana. Al día siguiente desperté mas temprano que de costumbre, no sé por que. Me prepare para cumplir con mis deberes, como media hora antes; fui corriendo al lugar donde la viera transbordar la primera vez. Hacía frío y aún no amanecía. Ella llegó con mis últimos esfuerzos para recuperar el aliento desacostumbrado a la actividad física; cuando se encontró delante de mí me dirigió un cordial saludo al que casi no respondí, pues tartamudee horriblemente, eso podría parecer una insignificancia, no lo es si se toma en cuenta el detalle siguiente: bajo la escasa iluminación de la calle me pareció la muchacha más bella que hubiese visto nunca. Ella sonrió ante mi tartamudez y se alejo unos pasos, pensé que se iría; así que la detuve con preguntas tontas acerca de su apariencia. Resulto ser una chica muy amable, en un español un tanto extraño me dijo que venia del Japón, que había llegado hacia ya seis meses, que trabajaba en una empresa japonesa ubicada en el mismo rumbo del colegio al cual yo asistía, ¡y encontré ahí un tema en común!, uno muy absurdo y hasta un tanto frívolo, lo note enseguida, pero a pesar de ello se lo dije, y entonces me presente, después de decir mi nombre extendí la mano y ella me entrego la suya a la par que decía el suyo.
-Yo me llamo Tomomi, To-mo-mi.
-Tomomi, ¿qué significa?.
-No, me da pena.
Transbordamos el autobús que irrumpió en el momento en el que insistía en la pregunta, oportuna e inoportunamente, pues al instante en que ella detuvo el armatoste yo pensaba: “¡que estúpido!, ¿qué significa?, ¡vaya manera de mantener una conversación!”. Si, eso pensaba, pero a la vez deseaba que el transporte demorara otro poco para tener más de tiempo y remediar esa charla que andaba tomando matices poco favorecedores para el acto de conocer gente pero ya no podría ser posible, el transporte estaba aquí, frente a nosotros, con las puertas abiertas y presto a terminar con esa ruta que de tan vista parece cada día ser más corta. Así que abordamos, en silencio al principio, después de unos metros pensé en los fractales, y en algunas otras cosas que se explican en la teoría del caos: pensé en consecuencias, nada que perjudicara el curso normal de la historia, pero que posiblemente afecte a la mía, así que deje de lado las preocupaciones anteriores y seguí charlando con Tomomi durante todo el trayecto hasta que debí despedirme –la escuela ya había quedado una cuadra atrás, ella rió cuando se lo comunique-.
-Hasta luego Tomomi
-Hasta luego, Deha mata.
Y descendí, hasta luego siempre resulta indeterminado y en este caso incorrecto, pues yo estaba dispuesto a verla al día siguiente.
Volví a levantarme temprano, salí corriendo nuevamente; cuando llegue ella ya estaba ahí, espere un momento para recuperar el aliento, -ejercicio matutino- dije mientras levantaba la mano derecha en señal de saludo.
-Ohio gozaimasu. Dijo ella sonriendo
-¿Perdón?
-Ohio gozaimasu- repitió lentamente- buenos días.
-Perdona, solo conozco dos palabras en japonés.
-¿Cuáles?
-Arigato y hai, de las películas.
-Arigatoo, Hai- corrigió- ¿te gustaría aprender japonés?
-¿Me enseñarías?
-Doy clases en casa de la cultura, cerca de aquí.
-¿Eres maestra?
-Según.
Así que le pedí la dirección del lugar y los horarios, e increíblemente ingrese a un taller de japonés; cuando se lo comunique a mis familiares y amigos coincidieron en sus opiniones: “¡¿japonés?!, ¿Por qué japonés?, mejor estudia ingles que es mas útil”. Asentí en ello, pero solo para no discutir, proseguí con las clases de aquel idioma mientras Tomomi las impartió.
-No, no es difícil, es muy interesante- dijo Claudia el día que fuera mi primera clase y luego dijo su equivalente en japonés.
-A veces, es más difícil español- me decía Tomomi al frente de la clase que se impartía solo los sábados y para la cual dejaba el formal atuendo de trabajo compuesto de falda y saco en colores azules, y vestía pantalón de mezclilla y suéter de cuello alto que resaltaba aún mas el ovalo casi perfecto de su rostro.
Aquel taller fue una grata experiencia, éramos cinco personas en total, Claudia y su novio Raúl, ambos fanáticos al comic japonés; la señora Delia, de descendencia japonesa pero que nunca había aprendido el idioma, Tomomi, y yo, el nuevo de la clase; todos asistían al taller desde hacia un año entre semana y desde hacia cinco meses en sábado desde que llego Tomomi, por lo que yo representaba un ligero problema al no conocer absolutamente nada del idioma, problema que la maestra resolvió muy pronto, pues decidió que yo tomaría la clase una hora mas temprano y después, si yo quería, podía quedarme al resto de la clase; así lo hice, al sábado siguiente llegue corriendo al salón, ella ya estaba ahí, fumaba mientras leía un libro en japonés, jadeando, me senté enfrente de ella.
-Buenos... días.
-Hola- me saludo mientras apagaba el cigarro en el cenicero que había pedido prestado en la cafetería del lugar –tu ejercicio matutino.
-No, no importa, yo también fumo, esto es solo porque necesito el ejercicio, paso mucho tiempo sentado.
-Genki desuka?
-¿Perdón?.
-Genki desuka?, ¿Cómo estas?
-Ah... bien, bien, gracias.
-Hai, genki desu. Tu debes contestar así.
-Hai, genki desu- le respondí, ella sonrió de buena gana ante mi acento y con la mano me indico que ahora era mi turno en preguntar a ella.
-Genki desuka?
-Totemo, genki desu; te traje unas copias para que comiences a estudiar, pero primero debes aprender un poco de como escribir.
En japonés, según aprendí entonces, existen tres tipos de escritura: Kanji, que son los caracteres chinos adoptados por Japón; Katakana, que es un silabario para escribir palabras extranjeras del cual solo aprendí a escribir mi nombre, e Hiragana, que se utiliza para escribir palabras japonesas y que fue el único que aprendí casi en su totalidad porque era la “esencia” que necesitaba para integrarme por completo al taller. Aquella fue mi primera lección y las que le siguieron fueron tan productivas como amenas: la mitad de la clase practicábamos el silabario y algunas palabras, algunas frases del protocolo; la otra mitad charlábamos mientras fumábamos un cigarrillo y esperábamos a que llegasen los demás. En esos días Tomomi hablaba de los motivos que la trajeron a México, y algunas veces de su familia; supe que venia del sur de Japón –Vivo a media hora de la playa, pero no soy costeña, solía decir- que comenzó a aprender español por su interés en la literatura hispanoamericana –de veras, a veces es más difícil en español, dijo en varias ocasiones- Me habló de su padre y de su hermano, de las largas charlas telefónicas con su madre, de los paisajes japoneses y la diferencia del clima entre su lugar de origen y el mío; yo le hable de mi familia, el colegio, extrañamente también le describí con santo y seña el trayecto que debía realizar para asistir a clases, ella se dio cuenta que la parte del recorrido que realizaba corriendo era innecesario, solo lo hacia para encontrarla en la parada del autobús, tuve que aceptarlo, lo acepto ahora. Desde entonces nos tuvimos un poco mas de confianza.
-¿Qué significa tu nombre Tomomi-san?
Nunca respondía, desviaba la conversación hacia el eterno libro en japonés que llevaba consigo, me hizo prometer que aprendería el idioma para que algún día pudiera leerlo; ella a su vez prometió que me lo prestaría: el tiempo que sea necesario.
Mes y medio después ya era capaz de leer, con un poco de problemas, las oraciones que Tomomi escribía en el pizarrón, siempre y cuando no utilizara otra escritura que no fuera el Hiragana; terminaron las clases una hora antes y debía compartir a mi maestra con todos los demás desde el principio. Mientras del pequeño salón salían frases que estaban escritas en el pizarrón, yo echaba de menos los minutos que dedicábamos a charlar solo ella y yo mientras fumábamos, para ver que pasaba primero: si el cigarro se extinguía o si debíamos apagarlo por que comenzaba a llegar el resto de las personas que integraban el taller; ella debía extrañarlo también, pues un día pregunto la hora: diez minutos antes de irnos, primero pidió que le repitieran la hora en japonés y luego comenzó a hablar de trivialidades, me pidió un cigarro, se lo di e hice circular la cajetilla pero solo había dos fumadores en ese salón, por lo que solo ella y yo compartíamos el humo y manteníamos encendido un cigarro hasta que debíamos dejar el recinto, retomábamos la costumbre de antaño hasta que Claudia se quejo del humo que recorría el techo por causa nuestra, así que comenzamos a compartir el mismo cigarro, uno solo para los últimos minutos en que estaríamos juntos hasta que la otra semana comenzara, y, muy temprano, nos encontráramos en la parada del autobús donde ella siempre me esperaba.
A mediados de noviembre un frente frío azotó la zona norte del país, ello adelantó el frío del invierno; con todo, aquellos días seguía corriendo hasta donde Tomomi esperaba. Un día la encontré encogida en el rompevientos que vestía, tratando de arrancarle el calor que necesitaba para dejar de temblar.
-Samui desu- dije a manera de saludo.
-Salúdame y no me recuerdes cosas tristes- replico ella y me ofreció su mejilla; nunca antes la había saludado con un beso, siempre estrechaba su mano o algunas veces hacíamos una pequeña reverencia al más puro estilo japonés, así que recorrí gustoso el camino hasta su rostro y la bese, ella se aparto de un salto.
-Estas muy frío, Fernando-san.
Le ofrecí disculpas y un cigarro, pero no lo acepto, en verdad era muy temprano para fumar y lo único que queríamos era apretarnos con los demás pasajeros del autobús para robarles algo del calor que ya habrían acumulado; Tomomi se adelanto a ello, sin esperarlo, como el beso en la mejilla, se acerco y me tomo del brazo, y apretó fuerte su cuerpo contra el mío.
-Sabiduría y belleza- dijo ella.
-¿Qué?
-Sabiduría y belleza; Tomo, mi, eso significa mi nombre.
No hablamos mucho después de eso, solo estuvimos así, juntos el uno al otro durante largo rato, hasta que tuvimos que separarnos una cuadra después de dejar atrás la escuela.
No volví a verla en el lapso de dos semanas.
Después de aquella mañana en el paradero, llego, con el fin de semestre, una carga tal de trabajo que me fue imposible asistir al taller dos sábados consecutivos, y entre semana terminaba tan tarde – o temprano, como quiera tomarse el terminar de trabajar a las seis de la mañana- que solo me quedaba tiempo para salir corriendo a la escuela, aquello fue un infierno.
En todo ese tiempo solo esperaba poder encontrarme en el autobús con Tomomi; nunca paso. Me sorprendía a mí mismo entregado a un sentimiento parecido a la nostalgia, me embobaba mirando las notas en japonés y sonreía al recordar la dulce voz de la maestra, su forma de ladear la cabeza mientras trataba de encontrar una respuesta comprensible a las preguntas formuladas, su gesto, preciso a la hora de entonar, ligero al momento de explicar, pleno de un misticismo humano que aún no comprendo; recordaba especialmente como podía perderme en el pequeño salón donde se impartían las clases, dibujando mentalmente la forma casi oval de su hermoso rostro; extrañaba a Tomomi, en el poco tiempo que llevaba de conocerla se había colado a mi corazón.
Moría el ultimo viernes de clase a la par que crecía mi gozo ante la expectativa del nuevo sábado por llegar. Concluido el deber escolar, era hora de regresar al taller de japonés; por la noche tome mis notas y comencé a estudiar, no había olvidado nada, las lecciones todavía seguían en mi cabeza; las horas se hicieron interminablemente largas.
Me sorprendió encontrar a Claudia y a Raúl sentados en costado de la pirámide que era la casa de la cultura en donde se desarrollaba el taller; desperté tarde y me retrase en la hora de llegada; desee, aún deseo, que aquel día a todos se nos hubiera hecho tarde.
-¿Te llamo Tomomi?- podría jurar que ambos me preguntaron al mismo tiempo.
-No- respondí, ni siquiera le había dado mi número.
-No vendrá en todo el mes, hoy solo venimos de picnic- No sé por que tenían que hablar al unísono.
-Soka.
-También menciono algo acerca de buscar a alguien para continuar las clases.
-¿Alguien?- casi no pude escucharme a mí mismo.
-Si, Tomomi regresa al Japón.
Todo quedo en absoluto silencio. Ya no pregunte mucho después de eso, me senté a un lado de ellos mientras retomaban la conversación interrumpida. Con el pretexto de ir al baño fui a la recepción de la pirámide y rogué por informes acerca de la maestra de japonés, la secretaria se negó a dármelos. Pregunté a Claudia si tenia algún número en donde poder localizar a Tomomi, dijo que si pero había olvidado su agenda; me despedí, camine con supuesto rumbo a casa, aún no podía –no quería- creer lo que me habían dicho.
Compré un pequeño puro que olía a vainilla, encendido apestaba a tabaco. Recordando las platicas con Tomomi, halle que en una de ellas me había dicho que vivía en un pequeño departamento cerca de donde esperaba el autobús. Estuve tentado en caminar algunas cuadras a la redonda de aquel paradero y llamarla a gritos.
No lo hice; sin embargo, el lunes siguiente, muy temprano, estaba esperando a que llegara al paradero, esperé hasta que rompió el alba; me senté en el frío banco metálico y encendí un cigarro. Fume hasta que se seco mi lengua, mi ropa olía mucho a humo; regrese a casa a bañarme y a tratar de dormir un poco.
No comí, dormitaba a ratos, una malhadada flojedad me impedía levantarme de la cama; al final tuve un sueño muy extraño donde Tomomi abrazaba a un tipo; y yo estaba ahí, mirando, sin hacer nada; un peso enorme se cernió sobre mi pecho, trate de gritar, de llorar; pero no pude, solamente desperté a mi desesperación por encontrar a la muchacha que repentinamente me había arrancado de mi mundo.
Una vez mas salí corriendo al paradero, era tarde y la luz del día se perdía a cada paso de mi carrera; cuando llegue el corazón me martilleaba el pecho con tal violencia que tuve que detenerme a un poste para no caer. Retomando el aliento comencé a pensar un discurso para cuando llegara Tomomi, no sabía como comenzar, no sabía realmente que podría decir, pero estaba seguro de que lo primero que haríamos ambos al encontrarnos sería sonreír, y la sonrisa de la maestra se dibujo en mi mente y me obligo a sonreír, sonriendo, la vi bajar del autobús que parara en ese mismo instante; era ella, ella... seguida por un tipo que apenas toco suelo la abrazo por la espalda.
¿Quién se creía aquel imbécil?, ¿por qué ella le permitía a ese darse esas confianzas?, ¿por qué siento que si tan solo doy un paso caeré inevitablemente, interminablemente, y no podré levantarme para poder ir detrás de ella?. Apenas unos cuantos días y sin embargo, fue demasiado tiempo de angustia, demasiado tiempo de pensar en ella, en lo que haría, en lo que le diría al encontrarla, para que en un momento todo se fastidiara, todo; yo mismo quede en pausa en aquel momento, ahora solo estaba; doloroso y en pleno cambio de la esencia a la sustancia.
Si en este momento me preguntas que paso después tal vez desvíe toda la conversación a un sitio donde pueda hablar sin el temor de desangrarme por los ojos, porque justamente después del abrazo vino el beso, y después quien sabe; solo el recuerdo de ambos acercándose a donde yo me encontraba y no. Me aparte para dejarles pasar, solo lo suficiente en cuanto a espacio, pues inevitablemente Tomomi paso enfrente de mí, tan cerca que pude oler la exquisita fragancia de sus cabellos mezclada con el perfume barato de él; tan cerca y tan lejos, tan lejos, tan desesperadamente lejos. Sentí un vacío enorme en el fondo de estomago, calor en el pecho y la certeza de que nadie ignoraba lo que pasaba en ese momento; quise morirme, ahí mismo o donde fuera, enterrar mi cuerpo en el vacío de mi estomago y perderme por un tiempo.
No volví a ver a Tomomi; deje de correr hace mucho tiempo. Recuerdo bien lo que ella vestía aquel fatídico día: un vestido negro, corto hasta las rodillas combinado con una blusa azul marino que le daban tal toque de formalidad que chocaba con la imagen de la chica despreocupada que enseñaba japonés en la casa de la cultura de la calle veinticuatro. De él no recuerdo nada a excepción de que era enorme y que sonreía de manera estúpida al andar.
Hay cosas que por su insignificancia no olvidaremos. Tal vez sea el hombre el que se fija y se enamora de los detalles mas aún que la mujer, lo digo no solo por apología al genero, si no también por experiencia propia, porque ahí, muerto como me encontraba, resucite un poco cuando ella volteó a verme; el calor del cuerpo subió a mi rostro en ese mismo momento. Maldito y bendito sea aquel día, inolvidable; pues a mitad del abismo su rostro lo ilumino todo una vez mas, ella sonrío; si, me sonrió de manera sincera, como una niña, nadie de los que la hallan visto en ese instante podría creerme si les dijera que ella tenía veinticuatro años. Ella sonreía, todavía sonríe; se aleja para perderse a la vuelta de una esquina. El tiempo que le tomó dar la vuelta me miro -aún lo hace- y me dijo adiós con la mano muchas, muchas veces.
Para aquel muchacho, ya perdido, en aquel paraje del México de noviembre de 2000
miércoles, noviembre 23, 2005
martes, noviembre 22, 2005
Y ahora, el pero
No es discusión, es ánimo apocalíptico mal trazado, es espera hacinada en si misma, es motor y explicación de la tangente que ahora recorro, es todos mis diálogos frente al espejo y cada mañana de tortura en la espalda baja, es salir y buscar; es salir e irse lejos, muy lejos, no al encuentro de lo que las normas signan como estabilidad, sino ir tras la sombra de aquel que se dice yo en este tiempo y otrora confuso. Pero introito a la encrucijada y la totalidad de la visión que no termina a pesar de los años que transcurren inclementes, es la necesidad de encontrar un tema nuevo en mi y en el mundo, es conciliarme con todos y ponernos uno contra otro de nuevo para reconocernos uno, otra vez, y seguir, continuar, perpetuar el alma, mitigar la sed de este pero insaciable. Pero y acusa de presente un problema, pero y es motor de mis contradicciones y de mis escritos, y de mis ansias y mis carencias, y mis anhelos, todos juntos y en ascenso…
lunes, noviembre 21, 2005
La giganta de los días difíciles
... esta ciudad no es natural, tan fría y gris. Pero es salvada todos los días; el alba es rosa y el crepúsculo anaranjado a pesar de que el cielo es azul, siempre, más no por ello es ordinario. La complejidad de los actos se disfrazan de simpleza y son olvidados por la vida cotidiana: “Así son las cosas, y punto” es su mejor argumento para dejar que los días corran sin que ello los mortifique más de lo que creen necesario. Pero, ¿Son culpables? ¿Es culpable cualquiera de nosotros por tener la inherente necesidad humana de sentirnos bien, o a salvo, o seguros? No, nadie es culpable a pesar del crimen o de las apariencias, nadie es culpable por que nadie es, rezamos por una personalidad pero todos estamos amalgamados en cierta forma con la ciudad y sus costumbres, en el enorme, tristísimo seno de la giganta. Perdóname, ciudad, giganta, Grisomante, fuiste monstruo por la habilidad del hommo en crear habitats tan inhabitables, perdona el que tus vestidos deban ser de colores chillantes, pero la tristeza –como la ignorancia- disfrazada se nota menos. Perdona si no quiero ser parte de tu seno, pero no puedo más mezclar mi confusión con la tuya. Me alejare en la lluvia sin despedidas a pesar de que, probablemente, nunca me vaya de aquí; perdóname si te digo que prefiero estar triste que estar contigo.
viernes, noviembre 18, 2005
Memoria del cuerpo y del animo
Respiro una honda bocanada de este aire raro, se siente en las puntas de los dedos un persistente cosquilleo que sólo puede ser aliviado en la caricia del cuerpo amado; pero, ¿qué es esta sensación de alivio ante la repentina ola de colores que se cierne sobre mí?, me levanta, me arrastra, arranca carcajadas como nunca había tenido. Es la vida, hoy he encontrado el objeto que me da confianza en mi y en los demás, ya no me encuentro enfilando al abismo más que por diversión: para recordar lo que se siente, para recordar lo que se pierde. Tomo el anillo, y lo lanzo lejos, ahí van anudadas las historias que no he querido protagonizar, tengo mi demonio hecho carne y su culto es sólo muestra de una caridad como ya quisiera cualquier devoto en su muy particular y pedestre ortodoxia.
Multitud de demonios. ¡Vengan!, no tengo miedo; La vida es presente sin infinitivos complejos o demoledores. Que la unidad alguna vez termina, lo sé, y no me importa; sólo el honor acusa de existencia, juega con el espacio, con el tiempo; el honor es mío por unas cuantas horas, extendidas sobre sabanas de un blanco sucio que hay que remendar. ¿Dónde hallar al costurero a tan altas horas de la noche? Pues esta noche es la última – y no haberlo previsto- no me muevo, no me muevo y me esfuerzo por prolongar el momento que, tuyo y mío, esta perdiéndose ahora, y ahora... No me muevo y de nuevo puedo sentir aquel dulce veneno recorrer mi garganta, veneno que me conmueve, que me lastima, que me obliga a levantarme por mí mismo, veneno que se torna consejo, motivo, razón de la existencia, veneno que quita la vida, ¡y trae vida!... ¡Vida! tengo el verdadero sentido de la reencarnación en cada palmo de mi cuerpo, en la memoria de mis labios en los tuyos. En esta distancia que se anula en cada momento de voluntaria ceguera que aprovecho para leerte como a un libro de braille.
Multitud de demonios. ¡Vengan!, no tengo miedo; La vida es presente sin infinitivos complejos o demoledores. Que la unidad alguna vez termina, lo sé, y no me importa; sólo el honor acusa de existencia, juega con el espacio, con el tiempo; el honor es mío por unas cuantas horas, extendidas sobre sabanas de un blanco sucio que hay que remendar. ¿Dónde hallar al costurero a tan altas horas de la noche? Pues esta noche es la última – y no haberlo previsto- no me muevo, no me muevo y me esfuerzo por prolongar el momento que, tuyo y mío, esta perdiéndose ahora, y ahora... No me muevo y de nuevo puedo sentir aquel dulce veneno recorrer mi garganta, veneno que me conmueve, que me lastima, que me obliga a levantarme por mí mismo, veneno que se torna consejo, motivo, razón de la existencia, veneno que quita la vida, ¡y trae vida!... ¡Vida! tengo el verdadero sentido de la reencarnación en cada palmo de mi cuerpo, en la memoria de mis labios en los tuyos. En esta distancia que se anula en cada momento de voluntaria ceguera que aprovecho para leerte como a un libro de braille.
jueves, noviembre 17, 2005
Voces
Ceguera temporal, temporal de cegueras. Con las pupilas dilatadas se pretende imitar las voces de aquellos que no se encuentran; la falta de visión no limita las intenciones. A lo lejos ya se escucha el retumbar del tambor, los compases son presagios de los truenos, los rayos, y el terremoto por venir. Es la exégesis, la nueva moda, prueba de ello son los best-sellers y las líneas anteriores, las viejas intrigas encuentran escuela, nuevas vertientes, nuevos concilios; eso indica que el mundo esta en orden, el instante de parálisis fue tan sólo un dejar de respirar para después tomar una honda bocanada de aire, el aire metálico cosmopolita característico del siglo pasado; no ha habido cambios, todo marcha como debiera, ¡brindo por ello! Brindo por la pausa, por la intriga; brindo por la ciencia y el sentido de pertenencia; brindo por la incertidumbre y por el sino de lesa humanidad; brindo por todos nosotros, por este espíritu errante, beligerante sin pretensiones y de flojos ideales, por esta no-pertenencia que acompaña a las cada vez más mediocres y grises albas que iluminan los ánimos de este esta comunión; brindo por esta rueda perdida “en aras de la libertad”; brindo por esta nueva torre, erigida en el único lugar donde el tamaño de las señales magnifica las significaciones y siempre halla respuesta: Es la tierra, destinada/malograda a dar asilo a la razón y a encontrar en cada pueblo el centro de la luna, su ombligo, el principio; principio inspirador de la lengua y de esta torre, y de su antecesora, y del sinfín de palabras que se han sucedido en el transcurso del tiempo o de la historia; inspirador también de este brindis, motor de la agónica melancolía que llena hasta los bordes el cáliz que ha sido presentado a esta mesa fastuosamente adornada.
Graciosamente ahora no hay voces, nadie decide dar el primer trago, así que levanto la copa, la miro como si tratara de ver a través de ella, la acerco a los labios y el dulzón aroma que impregna mis fosas nasales deja adivinar lo amargo del trago... tan sólo puedo ofrecer mil disculpas por no saber perdonar; por no poder entender de una vez y para siempre que en verdad cada uno termina perteneciendo a los lugares como un bocado a quien lo engulle.
Graciosamente ahora no hay voces, nadie decide dar el primer trago, así que levanto la copa, la miro como si tratara de ver a través de ella, la acerco a los labios y el dulzón aroma que impregna mis fosas nasales deja adivinar lo amargo del trago... tan sólo puedo ofrecer mil disculpas por no saber perdonar; por no poder entender de una vez y para siempre que en verdad cada uno termina perteneciendo a los lugares como un bocado a quien lo engulle.
Fragmentos de momentos pasados (no. 2)
La mañana se sucede como el suplicio de las noches difíciles
No voy a describir una resaca.
Además de que no puedo levantarme.
Pero el organismo me tienta el hombro y me recuerda: “Yo soy más listo que tu”
Y me obliga a abandonar el lecho.
Entro al baño, el suelo está frío.
Evito por todos los medios mirarme al espejo.
Me lavo las manos, me mojo el cabello.
Busco una aspirina; busco un vaso para servir agua; busco algo que presiento se me olvido en la almohada, encuentro un rastro de cabello que no me da pista alguna de que pudiera ser aquello que ando buscando ahí; así que de momento lo olvido y busco unas bermudas y una camisa y me encuentro el último cigarro. Ahora busco un encendedor.
Salgo a la calle, si la luz lastimase mis ojos y me obligara a cerrarlos y a tallar los párpados sería como para conmover los duros corazones de los que reprueban las parrandas.
Encuentro a un tipo que vende gelatinas, compro una. La pruebo y no me hace mucha gracia; pienso en ponerle ojos y boquita de rompope, pero desisto pronto de tal idea.
Veo a un chico que vende tamales y atole. Una torta de pan masudo relleno de masa y te lo pasas con más masa. Ni siquiera me acerque.
En la portada del periódico se lee la noticia de un asalto; del desacuerdo en la cámara de senadores; de los partidos por jugarse; y el horóscopo. Hoy es mi día de suerte.
Alguien me saluda con un claxon de toro –ya es poco uso en estos días, la verdad; ahora se usa uno que parece chiflido/cliché a una chica guapa- y me obliga a abandonar la carpeta asfáltica y a caminar en la banqueta.
Subo una difícil cuesta, de esas que componen el paisaje en esta abandonada orilla del valle de México –abandonada por Dios y muchos administradores, claro esta, pues está llena de gente- y llego a la cima que es también la carretera que comunica al distrito con el estado.
Subo a un puente peatonal
Me quedo ahí, arrepentido de no haberme puesto unos tenis, pues hace demasiado frío a esta altura.
Prendo el cigarro que encontrara en el cuarto.
Veo largamente los cirros resto de la noche, ahora pintados de rosa con algunas líneas doradas, sobre un fondo azul pálido.
Y el ánimo, ¡que no levanta!; como la noche anterior; como la Banca; como el Atlante; como las propuestas para una vida mejor; como una piedra que se quedo sin ser parte de alguna estructura y vicia el camino con una solitaria e inútil presencia; como el gris de los barrios populares, que desde este puente veo y domino; como la gelatina de hace rato; como todos los lunes de cuando eres niño y no quieres ir a la escuela; como cuando terminas algo; como el saludo que no te responden; como las ganas de pararte a dar de brincos y de repente recuerdas que mucha gente te esta mirando; como los viajes en el metro a las once de la noche; como la canción que no te sale en una austera guitarra y con una voz carrasposa; como los colores de los rieles en desuso; como los atardeceres en las películas en b/n; como el agua anegada en un charco; como la mirada que llena la pantalla de una sala de cine, en donde estas sentado en la fila de atrás, solo y sólo por que no sabes que más hacer con tus días, esa mirada que te mueve un poquito y que no encuentras afuera, lo que te mueve todavía más; como cuando te decepcionan o decepcionas; como cuando a media noche te encuentras dando vueltas en la cama y no hallas con quien platicar; como cuando la espalda no te deja agacharte; como cuando se te olvida lo que habías soñado, o como cuando no estas seguro de si sueñas; como cuando idealizas un momento y pasa nada de lo que habías pensado; como cuando pierdes algo que creías tuyo; como no saber que tienes, cuando en realidad si sabes pero no encuentras manera de decirlo. Así, como todo eso, que no levanta.
No voy a describir una resaca.
Además de que no puedo levantarme.
Pero el organismo me tienta el hombro y me recuerda: “Yo soy más listo que tu”
Y me obliga a abandonar el lecho.
Entro al baño, el suelo está frío.
Evito por todos los medios mirarme al espejo.
Me lavo las manos, me mojo el cabello.
Busco una aspirina; busco un vaso para servir agua; busco algo que presiento se me olvido en la almohada, encuentro un rastro de cabello que no me da pista alguna de que pudiera ser aquello que ando buscando ahí; así que de momento lo olvido y busco unas bermudas y una camisa y me encuentro el último cigarro. Ahora busco un encendedor.
Salgo a la calle, si la luz lastimase mis ojos y me obligara a cerrarlos y a tallar los párpados sería como para conmover los duros corazones de los que reprueban las parrandas.
Encuentro a un tipo que vende gelatinas, compro una. La pruebo y no me hace mucha gracia; pienso en ponerle ojos y boquita de rompope, pero desisto pronto de tal idea.
Veo a un chico que vende tamales y atole. Una torta de pan masudo relleno de masa y te lo pasas con más masa. Ni siquiera me acerque.
En la portada del periódico se lee la noticia de un asalto; del desacuerdo en la cámara de senadores; de los partidos por jugarse; y el horóscopo. Hoy es mi día de suerte.
Alguien me saluda con un claxon de toro –ya es poco uso en estos días, la verdad; ahora se usa uno que parece chiflido/cliché a una chica guapa- y me obliga a abandonar la carpeta asfáltica y a caminar en la banqueta.
Subo una difícil cuesta, de esas que componen el paisaje en esta abandonada orilla del valle de México –abandonada por Dios y muchos administradores, claro esta, pues está llena de gente- y llego a la cima que es también la carretera que comunica al distrito con el estado.
Subo a un puente peatonal
Me quedo ahí, arrepentido de no haberme puesto unos tenis, pues hace demasiado frío a esta altura.
Prendo el cigarro que encontrara en el cuarto.
Veo largamente los cirros resto de la noche, ahora pintados de rosa con algunas líneas doradas, sobre un fondo azul pálido.
Y el ánimo, ¡que no levanta!; como la noche anterior; como la Banca; como el Atlante; como las propuestas para una vida mejor; como una piedra que se quedo sin ser parte de alguna estructura y vicia el camino con una solitaria e inútil presencia; como el gris de los barrios populares, que desde este puente veo y domino; como la gelatina de hace rato; como todos los lunes de cuando eres niño y no quieres ir a la escuela; como cuando terminas algo; como el saludo que no te responden; como las ganas de pararte a dar de brincos y de repente recuerdas que mucha gente te esta mirando; como los viajes en el metro a las once de la noche; como la canción que no te sale en una austera guitarra y con una voz carrasposa; como los colores de los rieles en desuso; como los atardeceres en las películas en b/n; como el agua anegada en un charco; como la mirada que llena la pantalla de una sala de cine, en donde estas sentado en la fila de atrás, solo y sólo por que no sabes que más hacer con tus días, esa mirada que te mueve un poquito y que no encuentras afuera, lo que te mueve todavía más; como cuando te decepcionan o decepcionas; como cuando a media noche te encuentras dando vueltas en la cama y no hallas con quien platicar; como cuando la espalda no te deja agacharte; como cuando se te olvida lo que habías soñado, o como cuando no estas seguro de si sueñas; como cuando idealizas un momento y pasa nada de lo que habías pensado; como cuando pierdes algo que creías tuyo; como no saber que tienes, cuando en realidad si sabes pero no encuentras manera de decirlo. Así, como todo eso, que no levanta.
lunes, noviembre 14, 2005
Esta tarde que termina
Y la mujer no dejá, no cede, no es, y es en lo alto de la incomprensión, y le falta mucho y no le sobra nada; es ahora y quiza nunca, permanece, se marcha y el viento la trae de regreso, es mi tema, mi horas de desencuentro, la falta de vitaminas y el sueño atrasado, y este dolor en el pecho que aulla y es lapso muerto magnificado en este tiempo de soledad. Y el humo sube, los vapores suben, un sollozo contenido y la pregunta en vilo que todavía no puedo responder. Amiga, amante, compañera, perdóname, no soy yo aquel a quien buscas.
Otra noche se avecina.
Otra noche se avecina.
domingo, noviembre 13, 2005
Ruptura (breve no 1)
A veces recuerdo, hecho de menos, demasiado, muy poco a veces, pero todo el tiempo.
¿Dónde estas? Mis manos pueden hablar de ti en este minuto que se agota, puedo salir, buscar, tener un momento, pasar a otra cosa, respirar hondo, deseando encontrarte a solas y escuchando la caida gravida de las estrellas o contemplando a los faros buscando a tientas, en mitad de la niebla, mientras el cuerpo -tuyo, mío- recuerda una abrazo y tu tacto. El tiempo me pide más, se lo entrego a cambio de mis memorias, de mis cinestesias, de ese pedazo de ti que me pertenece ahora y siempre.
¿Dónde estas? Mis manos pueden hablar de ti en este minuto que se agota, puedo salir, buscar, tener un momento, pasar a otra cosa, respirar hondo, deseando encontrarte a solas y escuchando la caida gravida de las estrellas o contemplando a los faros buscando a tientas, en mitad de la niebla, mientras el cuerpo -tuyo, mío- recuerda una abrazo y tu tacto. El tiempo me pide más, se lo entrego a cambio de mis memorias, de mis cinestesias, de ese pedazo de ti que me pertenece ahora y siempre.
sábado, noviembre 12, 2005
Fragmentos de momentos pasados
Lo que quita la vida trae vida, lo que invita a la muerte no es la muerte. Ahora estoy un poco más tranquilo; la posibilidad de morir no me asusta más, sin embargo, me inquieta. Por que entre tantas reflexiones siempre atraviesa tu imagen cualquier campo en que me este moviendo, y bailas. Bailas a aquel pausado compás del tic-tac, y en tus labios una sonrisa. Sé que te burlas de la cotidianeidad, o acaso de aquellos que en ella se pasean y se rinden al impulso de seguir el ritmo del reloj, y bailan por que no saben que más hacer; sé que sabes que sé que te burlas, y tal vez también te burles de mí, por cualquier cosa, cualquier nimiedad que no es más que un fragmento de mí, de ti, o de cualquiera de nosotros, los convidados a la fiestadediario. Te burlas por que te escapas de la reunión cuando quieres, aún que haya veces en que tu misma te encuentres rendida y sumida en el ir y venir de los demás, te burlas por que sabes que siempre puedes cambiar de ritmo –ya lo haz hecho antes- pero por ahora, prefieres seguir el ritmo establecido y burlarte de aquello donde nada es importante y todo vale la pena. Concédeme esta pieza, bailemos de manera ridícula, vamos tropezando con los demás, no importa, mañana habrá otro baile, entonces quizá sigamos el ritmo, de momento bailemos, inventémonos un momento por que tal vez no quedan muchos, no lo sé. Baila, baila, déjame festejar cada paso, cada movimiento; pidamos disculpas al unísono y volvamos a empezar; derecha, izquierda, adelante y una vuelta, o dos, o más. Baila, no te detengas; dime si me esperas. Dime para que pueda esperar sin inquietud a la muerte, a mi muerte. Dime que me esperas para tener argumentos y pedir una prorroga; dime que me esperas para no morirme.
Tic tac, tic tac.
Bailemos, ahora al lento compás del reloj.
Es tarde, el reloj de las responsabilidades dice que es hora de dormir, el reloj de las festividades dice que esta no es una fecha importante, el reloj que no tiene nombre dice que no haga caso a ninguno y que siga con la catarsis, o el vomito, o cualquier cosa que se supone que sea lo que escribo; es hora de continuar ahora que las imágenes se han ido. Es hora de detenerse cuando las imágenes se vayan para siempre, dejar de escribir cuando para divagar necesite de un método. Es hora de poner en claro que estoy haciendo; por qué, para qué, para quién. Tomo los sucesos de los últimos días y les invento un sentido, para que estos días puedan pasar con la mínima certeza de que algo habrá de bueno en ellos. ¿Algo? Cualquier cosa. Cualquier nimiedad, de dolor, de alegría, de tristeza ¡De algo, caramba, pero que no se sucedan vacíos! Basta, basta del tema, basta de ver los días como un sin-sentido o como la perdición de los congéneres o el acabose de mi misma persona. ¿Por qué o desde cuando me volví tan importante?
Me volví importante en el momento en que me quede solo.
Es tarde, el reloj –cualquiera- aconseja sabiamente abogar por el descanso, debo dormir. Partir a esta hora de desencanto... es de noche.
Tic tac, tic tac.
Bailemos, ahora al lento compás del reloj.
Es tarde, el reloj de las responsabilidades dice que es hora de dormir, el reloj de las festividades dice que esta no es una fecha importante, el reloj que no tiene nombre dice que no haga caso a ninguno y que siga con la catarsis, o el vomito, o cualquier cosa que se supone que sea lo que escribo; es hora de continuar ahora que las imágenes se han ido. Es hora de detenerse cuando las imágenes se vayan para siempre, dejar de escribir cuando para divagar necesite de un método. Es hora de poner en claro que estoy haciendo; por qué, para qué, para quién. Tomo los sucesos de los últimos días y les invento un sentido, para que estos días puedan pasar con la mínima certeza de que algo habrá de bueno en ellos. ¿Algo? Cualquier cosa. Cualquier nimiedad, de dolor, de alegría, de tristeza ¡De algo, caramba, pero que no se sucedan vacíos! Basta, basta del tema, basta de ver los días como un sin-sentido o como la perdición de los congéneres o el acabose de mi misma persona. ¿Por qué o desde cuando me volví tan importante?
Me volví importante en el momento en que me quede solo.
Es tarde, el reloj –cualquiera- aconseja sabiamente abogar por el descanso, debo dormir. Partir a esta hora de desencanto... es de noche.
viernes, noviembre 11, 2005
Emir
La luz, es la luz y ahora la luz, ahora no sé que pensar, aunque siento mucho, y en todas partes.
Eres la manifestación de la vida que se sobre pone a todas las anteriores sensaciones.
Que bueno que pudiste llegar.
Al primogenito de mi amiga Eli.
Eres la manifestación de la vida que se sobre pone a todas las anteriores sensaciones.
Que bueno que pudiste llegar.
Al primogenito de mi amiga Eli.
martes, noviembre 08, 2005
El usuario anonimo...
... pretende erigir una antena de telecomunicaciones en el patio de mi único espacio, y es tan impersonal que por un momento he estado a punto de cederle paso en mi estancia, pero como me miraba de manera tan sosa y hueca, le dejé esperando en el umbral de mi puerta.
Lo que quiero y ansio es la violación espiritual, una entrada que incendie esta casa y me obligue a tomar otras medidas, otros caminos.
Lo que quiero y ansio es la violación espiritual, una entrada que incendie esta casa y me obligue a tomar otras medidas, otros caminos.
Breve requiem para una amiga
A veces creo que piensas que la
distancia que nos inventamos estos últimos nueve años es lo único definitivo
que puede haber entre tú y yo, cosa casi cierta hasta apenas la víspera de la
fiesta de todos los santos, que para nosotros fue una manifestación de vida.
Nuestras memorias se encontraron un momento y se tocaron de nuevo, ver tu
tacto, sentir tu aroma, e igual que en nuestra juventud primera, vivir el no
estar juntos y sabernos cerca.
Ahora tengo restos de pensamientos que eran balsa en tu naufragio, ahora tengo -de nuevo- esa presencia tuya haciendo ruidos extraños mientras murmulla en mi oído vocablos que no entiendo, y la calle de nuevo es mía. A ratos estas aquí, tienes los rasgos equivocados, tu voz no se distingue de otras, permaneces por mi permanencia, pero es hora de dejarte ir.
Un grupo de muchachos han tendido un bulto en la calle, le han puesto una sábana encima y le han prendido una veladora; una mujer se acerca para rezarle al falso difunto, y yo sonrío, y en esa sonrisa esta disfrazada una lagrima que encierra todas esas palabras que no puedo escribir aquí, y es para ti a manera de críptica oración al cielo, al infierno y a la tierra. A todas las memorias que saltan ahora y me cubren los ojos con bruma y sentimientos encontrados. La calle deja de existir, los rezos y el aroma a copal se esfuman. Siento aire frío en mi espalda, y luz detrás de mis ojos, que me llena, me quema, me regocija y me atosiga en un tiempo, y la vida y la muerte se vuelven una y tú con ellas cuando había decidido dejarte ir.
Hola lluvia, adiós amiga; ha sido maravilloso.
Ahora tengo restos de pensamientos que eran balsa en tu naufragio, ahora tengo -de nuevo- esa presencia tuya haciendo ruidos extraños mientras murmulla en mi oído vocablos que no entiendo, y la calle de nuevo es mía. A ratos estas aquí, tienes los rasgos equivocados, tu voz no se distingue de otras, permaneces por mi permanencia, pero es hora de dejarte ir.
Un grupo de muchachos han tendido un bulto en la calle, le han puesto una sábana encima y le han prendido una veladora; una mujer se acerca para rezarle al falso difunto, y yo sonrío, y en esa sonrisa esta disfrazada una lagrima que encierra todas esas palabras que no puedo escribir aquí, y es para ti a manera de críptica oración al cielo, al infierno y a la tierra. A todas las memorias que saltan ahora y me cubren los ojos con bruma y sentimientos encontrados. La calle deja de existir, los rezos y el aroma a copal se esfuman. Siento aire frío en mi espalda, y luz detrás de mis ojos, que me llena, me quema, me regocija y me atosiga en un tiempo, y la vida y la muerte se vuelven una y tú con ellas cuando había decidido dejarte ir.
Hola lluvia, adiós amiga; ha sido maravilloso.
Descansa en paz.
jueves, noviembre 03, 2005
lugares (sueño no. 3)
Esto a continuación escrito es un fragmento de sueño y un beso que se prolonga indefinidamente, como en puntos suspensivos, pero que en algún momento encuentran fin y principio en tu sexo y la desnudez de dos hechos uno...
miércoles, octubre 26, 2005
Estoy escondido en el último lugar de la tierra. Desde aquí veo la vida transcurriendo en un parpadeo, en un despertar por la mañana y estar aquí, simplemente. Y tener familia y saber hablar y caminar y comportarse "como dios manda"; y estar en otros lugares, en otro instante; y no saber aún de qué se trata este tiempo que es una brevedad en la historia y este espacio que, a veces, me parece que se termina detras de esos cerros que signan el límite de este estado. Es ahí, en ese momento de repentina lucidez -quizá mi recuerdo más lejano- donde hago por vez primera la pregunta esencial: "¿Por qué?".
Y después no hay marcha atras, las respuestas me conduce a otros sitios, a otras gentes. Me acabo en respuestas y mil posibilidades; las palabras y las cosas giran con el mundo, trato de ir tan aprisa como ellas, no las alcanzo, pruebo una vez más; busco inspiración en la infancia y disfruto de los privilegios -unos cuantos- de ser adulto. Pero no es suficiente.
Escondido en el último lugar del mundo, estoy a plena luz, entre todos,
y aún sin respuestas.
Y después no hay marcha atras, las respuestas me conduce a otros sitios, a otras gentes. Me acabo en respuestas y mil posibilidades; las palabras y las cosas giran con el mundo, trato de ir tan aprisa como ellas, no las alcanzo, pruebo una vez más; busco inspiración en la infancia y disfruto de los privilegios -unos cuantos- de ser adulto. Pero no es suficiente.
Escondido en el último lugar del mundo, estoy a plena luz, entre todos,
y aún sin respuestas.
lunes, octubre 24, 2005
una amiga...
Eras una extraña y entrañable amiga.
Jugabas todos los días a adivinar los sucesos detras de nuestra pared, y reunías en la minúscula sala a cualquier cantidad de amigos, de todos los tamaños, de todas las razas, de todos los colores.
Tus temas eran sólo tuyos, yo sólo podía tratar de seguirte, acompañarte hasta el momento en que decidías regresar -y en que forma- Sonreías y, fuera cual fuera el lugar donde nos encontraramos, todo se llenaba de una música grandilocuente. Tu voz era guía para encontrar salida de la negrura de las dudas de esos días.
Ahora el eco ha perdido fuerza, tu voz se apaga con el día; las noches duran eternidades sin tu presencia; ¿dónde estás?
Sigues visitándome en mi ideal, sigues vistiéndote de mujer nacida en mis adentros.
Vaya problema este de ser ajenos y cercanos a un tiempo.
Jugabas todos los días a adivinar los sucesos detras de nuestra pared, y reunías en la minúscula sala a cualquier cantidad de amigos, de todos los tamaños, de todas las razas, de todos los colores.
Tus temas eran sólo tuyos, yo sólo podía tratar de seguirte, acompañarte hasta el momento en que decidías regresar -y en que forma- Sonreías y, fuera cual fuera el lugar donde nos encontraramos, todo se llenaba de una música grandilocuente. Tu voz era guía para encontrar salida de la negrura de las dudas de esos días.
Ahora el eco ha perdido fuerza, tu voz se apaga con el día; las noches duran eternidades sin tu presencia; ¿dónde estás?
Sigues visitándome en mi ideal, sigues vistiéndote de mujer nacida en mis adentros.
Vaya problema este de ser ajenos y cercanos a un tiempo.
viernes, octubre 21, 2005
¿...?
¿Quíen eres tu que, a todas luces, pretendes que te ignore?
Ello me es imposible, más aún si el viento que roza tu mejilla viene y a contarme que eres tan suave como el algodon que ciñe tu cuerpo, algodon que me mira, te abraza y me incvita a morirme de envidia, y me muero. Y en la tumba escucho a la tierra festejando cada paso tuyo, y en el cielo, cada nube es el lugar perfecto para mirarte a todas horas.
No existe lugar en donde pueda estar a salvo de ti. Mi cabeza es el sitio donde bailas todos los días, espero por ti con ansia y paciencia.
Mírame.
Escuchame.
Quedate.
Ello me es imposible, más aún si el viento que roza tu mejilla viene y a contarme que eres tan suave como el algodon que ciñe tu cuerpo, algodon que me mira, te abraza y me incvita a morirme de envidia, y me muero. Y en la tumba escucho a la tierra festejando cada paso tuyo, y en el cielo, cada nube es el lugar perfecto para mirarte a todas horas.
No existe lugar en donde pueda estar a salvo de ti. Mi cabeza es el sitio donde bailas todos los días, espero por ti con ansia y paciencia.
Mírame.
Escuchame.
Quedate.
lunes, octubre 10, 2005
Otras cosas (sueño No. 2)
Tengo una pequeña idea del Aleph.
Tengo una breve idea acerca de Borges.
No tengo idea alguna acerca del futuro.
y otras tantas dandome vueltas en la cabeza.
¿Qué es esta verguenza frente al papel?
Siento como si filtreara con una mujer ¿Qué mujer?
Me esta vedado decir o escribir nombres, pero no puedo quedarmelo mucho tiempo... así que para contener la presión escribiré: "Se trata de ti"
Hecho tanto de menos mi arrojo en el sueño, que pienso dormir en este instante para cambiar esta verguenza por una vida en tus ojos.
Despierto. Aún no estas aquí.
Tengo una breve idea acerca de Borges.
No tengo idea alguna acerca del futuro.
y otras tantas dandome vueltas en la cabeza.
¿Qué es esta verguenza frente al papel?
Siento como si filtreara con una mujer ¿Qué mujer?
Me esta vedado decir o escribir nombres, pero no puedo quedarmelo mucho tiempo... así que para contener la presión escribiré: "Se trata de ti"
Hecho tanto de menos mi arrojo en el sueño, que pienso dormir en este instante para cambiar esta verguenza por una vida en tus ojos.
Despierto. Aún no estas aquí.
jueves, octubre 06, 2005
Presente
Secuencia de momentos.
Pasar a otra cosa.
continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar... y no ceder terreno. Estoy cansado, en mi penosa vigilia ventilo ideas y una insiste en su importancia. Es aquel sentimiento parecido a la nostalgia que nos llena cuando las cosas cambian, la no.permanencia de todas las cosas nos afectan a grado tal que puedo parangonear el sentimiento y nombrarlo sin temor a equivocarme. Llamaré sindrome de Peter Pan al no querer que las cosas cambien, al deseo de que mucho de lo que nos rodea permanezca exactamente igual.
Estoy hablando de mis amigos muertos, de quienes han partido a otros rumbos, de quienes simplemente ya no tienen mucho tiempo para llamar por teléfono de vez en cuando. Hablo de aquellas personas que no conocia, y sin embargo, me resultaba grato verlas, hablo de mi familia, hablo especialmente de ti.
Sería lindo que te hubieras quedado.
Pasar a otra cosa.
continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar y continuar... y no ceder terreno. Estoy cansado, en mi penosa vigilia ventilo ideas y una insiste en su importancia. Es aquel sentimiento parecido a la nostalgia que nos llena cuando las cosas cambian, la no.permanencia de todas las cosas nos afectan a grado tal que puedo parangonear el sentimiento y nombrarlo sin temor a equivocarme. Llamaré sindrome de Peter Pan al no querer que las cosas cambien, al deseo de que mucho de lo que nos rodea permanezca exactamente igual.
Estoy hablando de mis amigos muertos, de quienes han partido a otros rumbos, de quienes simplemente ya no tienen mucho tiempo para llamar por teléfono de vez en cuando. Hablo de aquellas personas que no conocia, y sin embargo, me resultaba grato verlas, hablo de mi familia, hablo especialmente de ti.
Sería lindo que te hubieras quedado.
martes, octubre 04, 2005
infancia (sueño no. 1)
La casa de mi abuelo es mucho más grande y mucho más diferente de lo que recuerdo. Mi abuelo mismo a cambiado, ahora es más gruñon pero también y extrañamente más accesible. Todos los días va a comer a una pequeña fonda donde todos los días sirven de postre mazapanes y dulces de miel. Cuando todos sus nietos estan en su casa -que son, entre niños, niñas y amigos de los niños y las niñas, alrededor de cincuenta infantes- se quedan por largo tiempo, eso desespera un poco a aquel hombre que debe hacer de lado sus paseos vespertinos -que a veces se convierten en memorables jornadas alrededor del mundo- para cuidar a tremenda cantidad de niños. Así que cuando se cansa, va a la fonda donde suele comer y pide ensalada de jicama, y cuando termina llama al mesero y le pide postre de más -casi siempre dulce de miel- lo lleva a casa y en lugar de repartirlo a sus nietos lo hace pedacitos y los esparce por toda la casa para que se llene de hormigas y piquen a todos los muchachos. Cuando esto no funciona, entonces se pone más severo y reparte pistolas de agua, él mismo tiene una, muy grande, que dispara poderosos chorros de agua. Una vez que todos estamos armados, empieza una guerra para expulsar a todos sus nietos. Cuando las cosas se ponen difíciles -esto es, cuando el abuelo ha podído sacar a mas o menos la mitad de esos niños de su casa- se arman pequeños bandos de unos contra otros, generalmente me quedo solo, y cuando me tienen rodeado, mi madre se asoma por una de las ventanas y me lanza una bayoneta casi tan potente como la de mi abuelo, con ella me deshago de mis agresores, y hasta el ebuelo tiene que correr a refugiarse mientras retoma el aire. Uno de mis primos, el más escandaloso y fanfarron, se resiste a los embates de mi bayoneta, pero al final pierde y lo empapo tanto que, de hacerse bolita, queda convertdo en pelota, la cual pateo y la mando lejos, lejos, muy lejos. Río de alegria sincera, y tan fuerte, que me despierto a mí mismo en los inevitables 27 años de edad.
lunes, octubre 03, 2005
Pasado
Recuerdos en retazos, y dispersos.
Recuerdos de sueño interrumpido, de sábanas blancas y luz de las seis a.m. El frío de las mañanas de primavera y juegos infantiles que conozco, mas no recuerdo haber jugado. Recuerdos de risas, de carreras a la pared y de regreso, de palizas por la ganar y burlarme, o para que poner atención al libro o la tarea. Me recuerdo a las diez p.m. Fingía que dormía, pues con los ojos cerrados no tenía que enfrentar a las sombras, y mucho menos a aquella soledad de los años infantes. Recuerdo películas vedadas, con mal audio, y tan aburridas que no entendía el porqué de la prohibición. Recuerdo la felicidad a ratos, el miedo muchas veces. Recuerdo el camino a la barranca, la peligrosa orilla, y el deseo de saber que hay allá abajo.
Hoy no sé adónde se fué aquel niño, lo busco en estas líneas, en nuevos juegos, en la luz del sol se colándose por entre las hojas de los árboles. Ahí estoy yo, mirando el mundo, enorme como aquel barranco, con ganas de bajar, recorrerlo completo, armado con un pedazo de pan y una cantimplora.
Ahí voy.
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