Tengo un cuerpo y un alma plenas, campo fértil para la idiosincrasia, para el chovinismo, para sanear la espera y para esperar eternamente; tengo una casa donde dormir, comer y beber a escondidas, a veces también fumar, pero trato de no hacerlo para evitar contrariedades, es decir, vivo sin más y me dejan vivir sin menos que eso -eso que puede ser una oportunidad para echar a perder mil cosas y volver, comenzar de cero- puedo salir de nuevo a dar un grito o a decir algo inteligente, por que tienes boca para hablar, para hacer callar a los que tengan un vocabulario menos amplio que el mío o una voz menos potente pero quizá más importante; tengo una manera de ver las cosas que difieren en grandes medidas a la manera de la que se place la generalidad en ver, aunque a veces tenga que contentarme con lo poco o lo mucho, o la nada o el ya mero; tengo ansiedad por terminar, necesidad de terminar, miedo de terminar. Tengo miedo... miedo de andar, de dar otro paso sin saber que es lo que hago; tengo miedo de estar necesitado de suspiros de ausencia, de la ansiedad por el colmo, de no ser todo lo que creo, todo lo que espero; tengo miedo de ser lo que la gente quiere que sea; tengo miedo de no hallar camino, de no estar contigo cuando las cosas se tuerzan y no sepa por que, tengo miedo de no poder sublevarme a las taxonomías y tener que rendirme al vasavercomoyoteníarazón de muchas gentes mayores, perdón, pero no puedo decir adultas. Tengo miedo a los juicios, a los prejuicios, a las acusaciones; tengo miedo de no estar ahí cuando la oportunidad se presente. Tengo miedo de ser tan solo un eslabón, una etiqueta, una marca con la patente pendiente; tengo miedo del desatino, de la toma de decisión y todo lo que conlleva; tengo miedo de quedarme y tengo miedo de irme; tengo miedo de ser; tengo... tengo un cuerpo y un alma plenas, ¡y mira! ¡una cabeza!, pienso usarla, despejar todas esas dudas que me constipan la flora intestinal, reducir todas ellas a una sola y tal vez la más apremiante: ¿Qué hago?
¿Qué estoy haciendo?
viernes, mayo 19, 2006
miércoles, mayo 17, 2006
mediocre verde
Un día estaba en un valle inmenso, de verdes confusos entre el cielo y la tierra, gastando mis fuerzas para hacer camino para el que viene. El camino es de arcilla y el sonido de mis pasos es la única referencia que tengo de mi conciencia; camino autómata por la simple razón de que sé caminar. Si hay final en la marcha es tan difuso como el comienzo.
Fue en esa senda donde curtí mi cuerpo, dando tumbos endurecí mi carne, sangrando adorne mi rostro con estigmas que despiertan la curiosidad del desconocido que se topa en mi camino, llorando comí de las palabras que cobran cuerpo en voces que almas muertas me ofrecían; y de esa forma, sangré sobre las hojas que llené de mis juveniles tormentos.
Un día, simplemente me canse de andar; aburrido comencé a atosigar al cielo con blasfemias, e ignorado, tome mi pluma y un diamante; con sangre escribí el titulo que creí mas apropiado en mí frente: Poeta. Me invente una expresión: sonrisa; y con el pecho erguido y andar orgulloso, junte piedras durante mi jornada y las lleve conmigo; las hice mis amigos y todos gustábamos burlarnos de lo que insistentemente llamábamos sistema.
Y con el sistema encima de nosotros, un día no pude cargar más con el peso de mis amistades; así que los abandoné y seguí el camino por mi cuenta. Me lamenté, continuamente, hasta que mi voz se hizo ronca; entonces patalee, y grité, y aullé, y lloré, y conté muchos días antes de que pudiera darme cuenta que ya no estaba molesto. Con la mano cubrí mis ojos de la luz y mire al horizonte, que seguía siendo de un verde confuso entre el cielo y la tierra.
Un día, me hice a un lado del camino y espere a ver quien pasaba; y así sucedieron varios días en los que pude ver muchas cosas; pude ver el buen sentido del viajero y aprender acerca de los viajes que aún estaba lejos de realizar. Cubrí la verdad en la seguridad de la mentira, y describí todos los colores que había visto: rojo, por las noches en vela inerte, blanco en los largos ratos de mortal ocio, azul en el fuego del alma y un mediocre verde para todo lo demás. Nadie entendió por que veía como veía, así como no entiendo por que hablan como hablan; no le debo nada al destino.
Parado al filo del camino fui presa fácil de las habladurías y los prejuicios, con los que llenaron un costal que abandonaron a un lado de donde dormía, desperté para verme obligado a cargar con un peso que no escogí llevar; la fama es ambivalente e ineludible y ahora recibo como obsequio la oportunidad de ser conocido –vaya suerte- y lamentarse no sirve.
Cargué con mi bulto y me dirigí a cualquier lugar, que es todo el mundo, todos los templos. Presumir mi costal era la única motivación que tenía para viajar y conocer los sitios, todos iguales y sin embargo, diferentes; un día, en uno de esos tantos sitios, una niña se acerco a charlar conmigo; me ofreció de beber y descanso, y me endilgo un discurso sobre las pasiones que engullí gustoso; dio masaje a mis pies, lavo mi cabeza... y me dio a probar de un dulce molusco de fuego. Me consumí en las delicias de las flores y vi por primera vez las perlas del cuerpo, jamás había experimentado placer en el trabajo físico y ya no podría dejarlo; fui a todos lados antes de que una bomba de hilaridad me estallara en el vientre... Al otro día desperté, y como con el costal, encontré a mi lado una niña que me endilgo un eterno sermón acerca de la moral.
No podré redimirme, así que llevo a la niña conmigo; fama e indignación a cuestas en una larga caminata, pronto fui un hombre físicamente fuerte a pesar de mis deseos.
Las noches se tornan insoportables al tener que compartir mi cama con una acompañante no grata. Las noches de luna llena se colmaron tanto de fealdad, que los días sólo podían ser tolerables completamente ebrio, así que trate de ocultarme trepando por el cuello de una botella, en el fondo encontré gente mucho más desagradable.
Un día me retire del camino -una vez más- aquellos que encontrara en el fondo de la botella acordaron quedarse conmigo, no me rehusé bajo condición de que no se me dirigiera la palabra; y cual ermitaño rodeado de compañeritos, frote con furia el titulo que me había puesto en la frente hasta que logre borrarlo del todo. Termine por apreciar la compañía que se encargaba de distraer a la niña que cargaba junto con mi costal, pronto organizamos una logia y nos pusimos nuevos nombres; entre todos escogieron el mío, y mitad en broma, mitad en serio; me llamaron Decepcionante.
Idiotas.
Ahora juego su juego solo para no ser aún más molestado. Aprendí a hablar como ellos y pronto me volví irritante; inventé cien himnos en mi honor, confeccione con cien guirnaldas la corona que ciñera mi cabeza, obligue a la logia a elevar a la apoteosis al hombre crápula e irreverente en que me habían convertido; Decepcionante sería su perdición en mis más exquisitas fantasías, pero no fue así. El día que había escogido para mi coronación corrió el vino con mayor fluidez que en ocasiones pasadas, inicie una discusión acerca de religión que llego a la violencia; termine apaleado en mitad de la calle y fuera, definitivamente, de la pequeña comunidad que nos habíamos inventado. Tomare mi tiempo en juntar fuerzas para levantarme, mientras tanto, mirare las estrellas bajo esta nueva luz. La imbécil neblina de la niña se había ido cuando mis compañeros robaron mi costal durante la pelea.
Hundí mi rostro en el fango que había formado mi sangre, y me hice, sin querer, una mascara. Con los dedos la moldee, la hice bella, corrí a un espejo para admirar mi obra, y complacido, me sacudí el polvo que se impregno en mis ropas, metí mi camisa torcida por la violencia en mis pantalones y eso fue mas que suficiente para ganarme otro titulo: Decente.
Una nueva vida, no puedo quejarme; tengo el cariño y la orgía de las mujeres, el aprecio de los hombres y la medida que el éxito exige. Puedo sonreír y fingir que las cosas marchan como debieran –de alguna forma, fingir es lo único que he aprendido- me inclino ante los signos que la cotidianidad toma como divinos y bostezo con las manos juntas a la altura del pecho. Me rió en la cara de quien me place y quien me place se ríe conmigo, ¡qué fastidio!, prefiero gastar los días en otra cosa. He adoptado a un cerdo y le enseño a cantar, y a bailar.
De nuevo la gracia. Cantando me fui haciendo de amistades nuevas, dando saltos frenéticos y giros gastaba toda la frustración de ser joven e inmóvil; me invente una vida rodeado de atletas vomitivos cuyas ideas se habían pulverizado con la practica violenta de sus pasiones, yo estaba con ellos solo para poder estar bajo el desgastante rayo del sol. acompañado para tener la certeza de que si desfallecía en algún momento, mi cuerpo sería recogido y llevado a un lugar bajo sombra –pero no tengo suerte, supuestamente soy físicamente fuerte y resisto mayor castigo que otros- Me acostumbre a la idea de que debía ser yo quien resistiera los embates –del tipo que fuese- y los golpes destruyeron mi mascara humedecida por las lagrimas y el sudor; bajo ella mi rostro se había vuelto duro, y me quede solo bajo la sentencia del cambio.
Y me sumí en un estado casi catatonico.
Todos los colores que había visto o creído ver se tornaron de un monótono gris, las cosas se envolvieron de insignificancias y el aire se hizo pesado e irrespirable, apenas lo justo para vivir; un manto de fealdad cubrió mis ojos y así anduve durante muchos días. Un día me canse de caminar, y regando la vista para tratar de discernir en donde me encontraba, me di cuenta por un momento que había vuelto al valle, y que estaba justo en el punto en el que me había desentendido de la conciencia. Me quede ahí, casi tanto tiempo como el que había gastado en salir de la penumbra de la fatalidad. Un día me decidí, y seguí caminando por el camino de arcilla, el ruido que mis pasos provocaban me despejaron en la manera en que el paisaje cambiaba y a la vez era el mismo: Cambiaba con el aire, que no se asemejaba nunca en ninguna parte, cambiaba con las extensiones del valle que a pesar de su símilaridad no eran iguales, cambiaba en la medida en que el movimiento me permitía pensar en otras cosas, no así la inmovilidad, que obliga a fijar la vista en un punto –cualquiera, cualquier punto es fatal e idóneo- en el que todas las ideas se abolpan, insisten en su importancia, se conglomeran hasta que su peso se torna agobiante; y al final no queda mas que la certeza de haber perdido el tiempo en pensar y no solucionar nada. Cambia y es el mismo, por que mientras mi mente se aclara puedo ver los colores una vez mas, y el valle sigue siendo de un mediocre color verde, que se confunde con el cielo y la tierra.
Un día encontré a una mujer, andaba por el mismo camino, y tal vez por aburrición o desencanto, puso voz a su mutismo, y sin decir nada me hablo de todo. Sin necedades, vacíos o aberraciones me forzó a hablar. Y las palabras después de tanto tiempo de estar guardadas duelen al salir; expresarse es nacer, es morir a lapsos, y es un limbo atosigante cuando la expresión se ha secado con la sucesión de los días; expresarse es sacar todo, es exprimir, y de esa manera la mujer me tomo en brazos y me levanto, me torció, abrió mi pecho a fuerza de preguntas simples y busco adentro, me hizo ver en perspectiva y halle un grito. Desgarre mi garganta y solo ella estuvo ahí para escucharme.
“No tengo un pasado digno de ser escuchado” dije, en cuanto pude hablar después del alarido; “Busco alguna memoria que pueda servir de referente a mi vida, pero no, nada, solo los lamentos de mi adolescencia”.
-¿Por qué?- Pregunta ella.
“No sé”
Y me dedica una larga e intensa mirada.
-Si, no sabes-
Llegamos al fin del camino. Y no hallamos nada; solo el eterno, mediocre verde que se confunde con el cielo y la tierra.
Fue en esa senda donde curtí mi cuerpo, dando tumbos endurecí mi carne, sangrando adorne mi rostro con estigmas que despiertan la curiosidad del desconocido que se topa en mi camino, llorando comí de las palabras que cobran cuerpo en voces que almas muertas me ofrecían; y de esa forma, sangré sobre las hojas que llené de mis juveniles tormentos.
Un día, simplemente me canse de andar; aburrido comencé a atosigar al cielo con blasfemias, e ignorado, tome mi pluma y un diamante; con sangre escribí el titulo que creí mas apropiado en mí frente: Poeta. Me invente una expresión: sonrisa; y con el pecho erguido y andar orgulloso, junte piedras durante mi jornada y las lleve conmigo; las hice mis amigos y todos gustábamos burlarnos de lo que insistentemente llamábamos sistema.
Y con el sistema encima de nosotros, un día no pude cargar más con el peso de mis amistades; así que los abandoné y seguí el camino por mi cuenta. Me lamenté, continuamente, hasta que mi voz se hizo ronca; entonces patalee, y grité, y aullé, y lloré, y conté muchos días antes de que pudiera darme cuenta que ya no estaba molesto. Con la mano cubrí mis ojos de la luz y mire al horizonte, que seguía siendo de un verde confuso entre el cielo y la tierra.
Un día, me hice a un lado del camino y espere a ver quien pasaba; y así sucedieron varios días en los que pude ver muchas cosas; pude ver el buen sentido del viajero y aprender acerca de los viajes que aún estaba lejos de realizar. Cubrí la verdad en la seguridad de la mentira, y describí todos los colores que había visto: rojo, por las noches en vela inerte, blanco en los largos ratos de mortal ocio, azul en el fuego del alma y un mediocre verde para todo lo demás. Nadie entendió por que veía como veía, así como no entiendo por que hablan como hablan; no le debo nada al destino.
Parado al filo del camino fui presa fácil de las habladurías y los prejuicios, con los que llenaron un costal que abandonaron a un lado de donde dormía, desperté para verme obligado a cargar con un peso que no escogí llevar; la fama es ambivalente e ineludible y ahora recibo como obsequio la oportunidad de ser conocido –vaya suerte- y lamentarse no sirve.
Cargué con mi bulto y me dirigí a cualquier lugar, que es todo el mundo, todos los templos. Presumir mi costal era la única motivación que tenía para viajar y conocer los sitios, todos iguales y sin embargo, diferentes; un día, en uno de esos tantos sitios, una niña se acerco a charlar conmigo; me ofreció de beber y descanso, y me endilgo un discurso sobre las pasiones que engullí gustoso; dio masaje a mis pies, lavo mi cabeza... y me dio a probar de un dulce molusco de fuego. Me consumí en las delicias de las flores y vi por primera vez las perlas del cuerpo, jamás había experimentado placer en el trabajo físico y ya no podría dejarlo; fui a todos lados antes de que una bomba de hilaridad me estallara en el vientre... Al otro día desperté, y como con el costal, encontré a mi lado una niña que me endilgo un eterno sermón acerca de la moral.
No podré redimirme, así que llevo a la niña conmigo; fama e indignación a cuestas en una larga caminata, pronto fui un hombre físicamente fuerte a pesar de mis deseos.
Las noches se tornan insoportables al tener que compartir mi cama con una acompañante no grata. Las noches de luna llena se colmaron tanto de fealdad, que los días sólo podían ser tolerables completamente ebrio, así que trate de ocultarme trepando por el cuello de una botella, en el fondo encontré gente mucho más desagradable.
Un día me retire del camino -una vez más- aquellos que encontrara en el fondo de la botella acordaron quedarse conmigo, no me rehusé bajo condición de que no se me dirigiera la palabra; y cual ermitaño rodeado de compañeritos, frote con furia el titulo que me había puesto en la frente hasta que logre borrarlo del todo. Termine por apreciar la compañía que se encargaba de distraer a la niña que cargaba junto con mi costal, pronto organizamos una logia y nos pusimos nuevos nombres; entre todos escogieron el mío, y mitad en broma, mitad en serio; me llamaron Decepcionante.
Idiotas.
Ahora juego su juego solo para no ser aún más molestado. Aprendí a hablar como ellos y pronto me volví irritante; inventé cien himnos en mi honor, confeccione con cien guirnaldas la corona que ciñera mi cabeza, obligue a la logia a elevar a la apoteosis al hombre crápula e irreverente en que me habían convertido; Decepcionante sería su perdición en mis más exquisitas fantasías, pero no fue así. El día que había escogido para mi coronación corrió el vino con mayor fluidez que en ocasiones pasadas, inicie una discusión acerca de religión que llego a la violencia; termine apaleado en mitad de la calle y fuera, definitivamente, de la pequeña comunidad que nos habíamos inventado. Tomare mi tiempo en juntar fuerzas para levantarme, mientras tanto, mirare las estrellas bajo esta nueva luz. La imbécil neblina de la niña se había ido cuando mis compañeros robaron mi costal durante la pelea.
Hundí mi rostro en el fango que había formado mi sangre, y me hice, sin querer, una mascara. Con los dedos la moldee, la hice bella, corrí a un espejo para admirar mi obra, y complacido, me sacudí el polvo que se impregno en mis ropas, metí mi camisa torcida por la violencia en mis pantalones y eso fue mas que suficiente para ganarme otro titulo: Decente.
Una nueva vida, no puedo quejarme; tengo el cariño y la orgía de las mujeres, el aprecio de los hombres y la medida que el éxito exige. Puedo sonreír y fingir que las cosas marchan como debieran –de alguna forma, fingir es lo único que he aprendido- me inclino ante los signos que la cotidianidad toma como divinos y bostezo con las manos juntas a la altura del pecho. Me rió en la cara de quien me place y quien me place se ríe conmigo, ¡qué fastidio!, prefiero gastar los días en otra cosa. He adoptado a un cerdo y le enseño a cantar, y a bailar.
De nuevo la gracia. Cantando me fui haciendo de amistades nuevas, dando saltos frenéticos y giros gastaba toda la frustración de ser joven e inmóvil; me invente una vida rodeado de atletas vomitivos cuyas ideas se habían pulverizado con la practica violenta de sus pasiones, yo estaba con ellos solo para poder estar bajo el desgastante rayo del sol. acompañado para tener la certeza de que si desfallecía en algún momento, mi cuerpo sería recogido y llevado a un lugar bajo sombra –pero no tengo suerte, supuestamente soy físicamente fuerte y resisto mayor castigo que otros- Me acostumbre a la idea de que debía ser yo quien resistiera los embates –del tipo que fuese- y los golpes destruyeron mi mascara humedecida por las lagrimas y el sudor; bajo ella mi rostro se había vuelto duro, y me quede solo bajo la sentencia del cambio.
Y me sumí en un estado casi catatonico.
Todos los colores que había visto o creído ver se tornaron de un monótono gris, las cosas se envolvieron de insignificancias y el aire se hizo pesado e irrespirable, apenas lo justo para vivir; un manto de fealdad cubrió mis ojos y así anduve durante muchos días. Un día me canse de caminar, y regando la vista para tratar de discernir en donde me encontraba, me di cuenta por un momento que había vuelto al valle, y que estaba justo en el punto en el que me había desentendido de la conciencia. Me quede ahí, casi tanto tiempo como el que había gastado en salir de la penumbra de la fatalidad. Un día me decidí, y seguí caminando por el camino de arcilla, el ruido que mis pasos provocaban me despejaron en la manera en que el paisaje cambiaba y a la vez era el mismo: Cambiaba con el aire, que no se asemejaba nunca en ninguna parte, cambiaba con las extensiones del valle que a pesar de su símilaridad no eran iguales, cambiaba en la medida en que el movimiento me permitía pensar en otras cosas, no así la inmovilidad, que obliga a fijar la vista en un punto –cualquiera, cualquier punto es fatal e idóneo- en el que todas las ideas se abolpan, insisten en su importancia, se conglomeran hasta que su peso se torna agobiante; y al final no queda mas que la certeza de haber perdido el tiempo en pensar y no solucionar nada. Cambia y es el mismo, por que mientras mi mente se aclara puedo ver los colores una vez mas, y el valle sigue siendo de un mediocre color verde, que se confunde con el cielo y la tierra.
Un día encontré a una mujer, andaba por el mismo camino, y tal vez por aburrición o desencanto, puso voz a su mutismo, y sin decir nada me hablo de todo. Sin necedades, vacíos o aberraciones me forzó a hablar. Y las palabras después de tanto tiempo de estar guardadas duelen al salir; expresarse es nacer, es morir a lapsos, y es un limbo atosigante cuando la expresión se ha secado con la sucesión de los días; expresarse es sacar todo, es exprimir, y de esa manera la mujer me tomo en brazos y me levanto, me torció, abrió mi pecho a fuerza de preguntas simples y busco adentro, me hizo ver en perspectiva y halle un grito. Desgarre mi garganta y solo ella estuvo ahí para escucharme.
“No tengo un pasado digno de ser escuchado” dije, en cuanto pude hablar después del alarido; “Busco alguna memoria que pueda servir de referente a mi vida, pero no, nada, solo los lamentos de mi adolescencia”.
-¿Por qué?- Pregunta ella.
“No sé”
Y me dedica una larga e intensa mirada.
-Si, no sabes-
Llegamos al fin del camino. Y no hallamos nada; solo el eterno, mediocre verde que se confunde con el cielo y la tierra.
martes, mayo 09, 2006
Quicio...
Día, luz que resuena en las paredes pidiendo a gritos silencio y más tiempo para encontrarse a si mismas en este desfasado espacio que vibra y niega lugar a la mutilada estancia creciendo a razón de la añoranza. Día de vuelco y reflujo, y letras engañadas y fuera de sitio. En mi anhelo por un ideal -no importa cuanto dure- salí a buscar un orden sobre el cual acomodar todas aquellas cosas que, pretéritas, insisten y abducen atención a otros tiempos, míos, pero ya ajenos.
Necio sumido en insomnio y cargando alegorías viejas y secas. A media noche caí en cuenta que estoy resbalando, que estoy cayendo. Me obligo a salir, a despertar, a ver. Me obligo a olvidar y a dar otro paso, pero en este momento, no. Escucho a mi pareja revolviendo las sabanas, esperando en sueño a mi sueño, repaso mentalmente las cosas que tengo que hacer y las que quiero hacer, describo paisajes que no visualizo, escucho el sonido de la noche y compongo cuadros bajo reglas matemáticas inoperantes solo para aturdirme, y arrullarme, y dormir. No concilio el sueño.
Empático, planeo colores, sonidos, grandes líneas. Empalmo tiempo y tiempo y la resonancia es música tremenda que no puedo reproducir, este anhelo se alimenta de mis carencias, me muestra a mi mismo en estado hipnótico/somnoliente y hambriento a las dos de la mañana rayando las tres, y el ansia en vilo y las grandes líneas al olvido, y la carencia patente y la conciencia perenne, y el llamado de la cobija que promete momentáneo olvido y paz forzada y olvida eso, que el tiempo desperdiciado cuesta más que la renta de un campo fértil, mejor escribir, mejor hacer, mejor proyectar la ausencia, escribir la nostalgia y preservar esta sensación para no morirse de nausea y/o abulia, llamar a gritos o a putazos a la razón verdadera, salir a por todas y llevar la linterna, y la luz que no alcanza y la pretensión gráfica sin sustento económico ardiendo en mi deseo de acariciar una visión plena de todas estas cosas que no puedo describir por pericia oxidada y años atrás en pugna por un virtual presente. Es por eso que decido no dormir a marcha forzada e invitar a quien esto lee a compartir el insomnio o el anhelo de música tremenda en busca de espacio u alojo temporal que auspicie el deseo y alimente el alma de estas ganas de salir del desfase para encontrase de nuevo uno, tranquilo, y en correcta perspectiva.
Necio sumido en insomnio y cargando alegorías viejas y secas. A media noche caí en cuenta que estoy resbalando, que estoy cayendo. Me obligo a salir, a despertar, a ver. Me obligo a olvidar y a dar otro paso, pero en este momento, no. Escucho a mi pareja revolviendo las sabanas, esperando en sueño a mi sueño, repaso mentalmente las cosas que tengo que hacer y las que quiero hacer, describo paisajes que no visualizo, escucho el sonido de la noche y compongo cuadros bajo reglas matemáticas inoperantes solo para aturdirme, y arrullarme, y dormir. No concilio el sueño.
Empático, planeo colores, sonidos, grandes líneas. Empalmo tiempo y tiempo y la resonancia es música tremenda que no puedo reproducir, este anhelo se alimenta de mis carencias, me muestra a mi mismo en estado hipnótico/somnoliente y hambriento a las dos de la mañana rayando las tres, y el ansia en vilo y las grandes líneas al olvido, y la carencia patente y la conciencia perenne, y el llamado de la cobija que promete momentáneo olvido y paz forzada y olvida eso, que el tiempo desperdiciado cuesta más que la renta de un campo fértil, mejor escribir, mejor hacer, mejor proyectar la ausencia, escribir la nostalgia y preservar esta sensación para no morirse de nausea y/o abulia, llamar a gritos o a putazos a la razón verdadera, salir a por todas y llevar la linterna, y la luz que no alcanza y la pretensión gráfica sin sustento económico ardiendo en mi deseo de acariciar una visión plena de todas estas cosas que no puedo describir por pericia oxidada y años atrás en pugna por un virtual presente. Es por eso que decido no dormir a marcha forzada e invitar a quien esto lee a compartir el insomnio o el anhelo de música tremenda en busca de espacio u alojo temporal que auspicie el deseo y alimente el alma de estas ganas de salir del desfase para encontrase de nuevo uno, tranquilo, y en correcta perspectiva.
viernes, mayo 05, 2006
No me parezco a ninguno de mis padres...
No me parezco a ninguno de mis padres; nací en un día olvidado de mayo, en el año de 1978.
Mía fue la bendición de no haber visto mi rostro en el espejo durante mi corta inocencia; nuestro el siglo de los espacios pequeños atestados del prójimo.
Y así, con todos los ojos del mundo sobre mi cabeza, me abrí paso en calles que nadie recorría, o que andaban en un muy corto trecho; la costumbre de hablar de los demás se me antojaba insoportable y vana, y sin embargo, eran todas aquellas voces las que me mantenían tranquilo, sano, y cordialmente en silencio.
El silencio, que durante mucho tiempo precie como una propiedad exclusiva pronto se extendió.
Y las voces callaron.
Perdí mi sanidad el día que mire al mundo sosteniendo silenciosamente un espejo frente a mí. Mi rostro no era la máscara que todo hombre porta para enfrentar a otros hombres, mi cuerpo era una enorme ampula, diáfana e informe, terriblemente blanda y húmeda.
Entonces comprendí el porque de las voces, y los dueños de las voces comprendieron el porque de mi silencio; cuando quedamos todos frente a frente, y sin palabras en los labios, fue claro que no serían ellos quienes se disculparan del curso de las cosas que aún ahora resultan incomprensibles.
Escondí la horrible transparencia amarilla de mi cuerpo en el único lugar en donde las ideas cotidianas no me encontrarían, aspire una honda bocanada del aire gris de las ciudades que había conocido hasta entonces, y con mi último halito de inocencia, lloré.
No se esta más solo en soledad que en incomodo contacto, forzado, con el resto de la gente; y apenas formulado este pensamiento me convierto en el paradigma de la contradicción, pues solo deseo encontrarme una vez más entre aquellos que me desprecian; no por amor, si no por costumbre. La vida, mi existencia, se ha vuelto insoportable mi sola compañía, anhelo aquellas voces que antaño me mantenían tranquilo, sano, y cordialmente en silencio.
Así, la necesidad me obligó a adoptar las posturas enfermas que permiten ser parte de la sociedad de las ciudades tristes; mi disfraz tenía los bolsillos vacíos, pero fui recibido con una sonrisa.
Desde entonces no decepcioné a nadie, mi comportamiento para con los demás era el mas apropiado y siempre tuve la cordialidad de mis compañeros para sentirme en completa paz con la comunidad; nunca antes la historia había tenido entre sus paginas intrínsecas a nadie tan deleznablemente vulgar e hipócrita.
De esa manera, jamás el peso de la culpa doblo mis espaldas por completo pues compartía la carga con todos y cada uno de mis compañeros de juegos; juegos que nadie tomaba por perversos pues solo jugábamos con palabras, las torcimos siempre, deformando cada vez mas hasta que en su deformidad grotesca se tornaron algo mucho más insoportable que la cacofonía de la insana cordialidad: no decíamos mas que verdades escondidas en un dejo de zalamería.
El juego, antes el común entre nosotros, termino como la marcada diferencia que puso fin al juego mismo; nunca más pude encontrarme con mis amigos sin tener la imperiosa necesidad de sonreír como lo hacen los ahogados. Pero no por eso se convino un cambio en nuestras actitudes, por el contrario; la cordialidad es perpetua ante la relajante distancia que nos inventamos junto con el tiempo y las actividades cotidianas; se continúan, ininterrumpibles, las voces que me mantienen tranquilo, sano, y cordialmente en silencio.
Ahora una interminable rutina, la locura acaricia mis sienes pero yo no puedo atenderla, pues mis deberes gritan más fuerte.
Una noche, comparando nuestros niveles de éxito sentados alrededor de una mesa, emulando a los antiguos cazadores rodeando el fuego después de un día de presas, sangre y recompensa; tomamos una dama y la desnudamos sutil, enteramente, y sin piedad alguna, la violamos sobre nuestra mesa.
Maldita la resaca que al desvanecerse aclara la mente por momentos, maldito el sueño etílico que esconde las memorias, y las muestra de golpe en un instante de lucidez solo comparable con la iluminación divina, y maldita la condición del hombre y su irremediable rendición ante los sentimientos; pues al irse la gloria alcohólica la dama humillada se presento demandante ante mí, exigiendo a gritos muerte o consuelo, pero yo no puedo darle ninguna de ambas pues su drama me ha conmovido hasta la inutilidad, su pena me pertenece porque aquella dama es mi conciencia.
Lloré una vez mas, ambos lloramos. Llorando recorrimos calles que hacia tanto tiempo habíamos dejado de ver, pensando todo el tiempo cuan inútil resultaba el pensar cosas que ya no podían remediarse mas que con acciones; nadie puede tirar los dados y arrepentirse cuando los números han sido mostrados.
El andar sin animo de andar, nos devolvió a una comunidad que hacía algún tiempo había tachado de insignificante; la violada fue recibida sin prejuicios a condición de ser llevada, nuevamente, a la mesa redonda de los incautos... y acepte, ¡Oh! Acepte, ¿¡por qué!?, loco, loco estúpido, tu vanagloria ante la seducción de un cuerpo desnudo al otro lado de la puerta de la sanidad nunca fue mas fuerte que la locura misma, cruzaste el umbral y no te diste cuenta.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro, muy parecida a la sonrisa que esbozan los ahogados; pues la locura siempre estuvo conmigo y ahora mismo es la locura la que me hace sonreír, es tenaz y su persistencia despierta mi ternura, mas no puedo rendirme aún a sus caricias pues quiero disfrutar de lo que viene con toda la lucidez que me sea posible; quiero y necesito la condolencia de la comunidad antes de desfilar ante los colores vivos que se reflejan en el eterno espejo que las voces no han apartado de mí.
Tomo la lastima como un sucedáneo; regocijado ante la esperanza de tranquilidad, desnudo de nuevo a la violada y ella no se resiste, acepta el manoseo, la exploración, y la brusquedad del acto; la veo apretar ansiosa contra sí las acusaciones que la signan como una loca perdida, como una puta. Desesperanza ahora que el acto termina, la dama yace sobre la mesa con la mirada lánguida... no sirvió, nada sirvió; las condolencias no llenaron el hueco que debían llenar, vendí mi alma a un puñado de pordioseros y ahora debo dejar la última traza de humanidad que, como la inocencia, se pierde en el tiempo en llanto amargo... mi disfraz siempre tuvo los bolsillos rotos pero ahora ya no puedo disimular el estigma del fracasado.
Ya no quiero andar más, observo a mi dama acostada sobre su espalda esperando el momento en que la levante y nos marchemos, pero tal vez eso no suceda jamás: trato de cubrir su desnudes con mis manos pero cada persona que pasa insiste en mirarla y no puedo evitarlo.
Los días se suceden y ya no nos queda carne para ser devorada por los curiosos.
Una mujer nos observó todo ese tiempo; a lo lejos, su silueta era lo único que no cambiaba en el paisaje. Un día se acerco y dijo: “ven conmigo”, y yo la seguí...
“Eres descuidado” -decía al andar- en toda tu vida lo único que has hecho es tratar de evitar la mirada de los otros, incluso creíste que su repulsión se debía a tu cuerpo mal nacido; ahora que ya no te queda mas que el huir de los que anhelas cerca, te mostrare la simpleza en que consiste ocultar la desnudez a la que te sientes ineludiblemente forzado”.
Y acto seguido, tomo mis manos y con ellas cubrió mi rostro, y las voces callaron una vez más.
No escucho nada.
“Que quieres escuchar y yo lo diré”.
No... necesito las voces.
“Para qué, no dicen nada de cualquier forma”.
El silencio me desespera.
“La desesperanza es parte de la condición humana, lo mismo que la tristeza”.
No, necesito la tristeza...
“La tristeza eres tú, solo eso, siempre has querido evitar la mirada de los otros pero insistes en escucharlos; escuchar permanentemente las voces que según tu, te mantienen tranquilo, sano, y cordialmente en silencio... tal es un engaño; nunca has estado más tranquilo como ahora que estas conmigo, ahora que estas loco; con el rostro cubierto trasciendes a tu desnudez, porque de esta maneras evitas definitivamente el espejo que interminablemente tienden ante ti. Tú no eres tu rostro”.
Y se fue, escuche sus pasos alejarse; cuando regreso estaba cubierta de sangre, el hedor la delataba como asesina y eso no me importo.
Anduvimos juntos durante largo tiempo como dos amantes aburridos de sí, ella delante de mí, yo delante de ella; la cercanía no fue parte de nuestros actos porque tal vez nunca quisimos, realmente, terminar como terminamos.
La ciencia se volvió tema habitual entre nosotros, y quienes nos escuchaban al pasar nos invitaban a ser parte de una especie de hermandad, y por diversión aceptamos. Devuelto a la comunidad, nadie puede dejar de notar que ese es el punto en el que el circulo empieza y termina. Un salir y entrar al aro, como los peces desearían poder salir y entrar de la red, solo para poder burlarse del pescador que insiste en un inútil oficio; como los hombres desearían tener un pescador del cual burlarse.
El gozo del elitismo fue efímero, todos aquellos supuestos hombres sabios pronto demostraron su falsedad; la comuna se torna una caricatura grotesca acerca de los conocimientos y la cultura. Nada sabíamos, y no nos dábamos cuenta de ello.
Entonces qué, a quién, por qué seguir un ideal si nadie sabe a ciencia cierta lo que cree que sabe, por qué seguir normas que nadie respeta; la admiración de los ídolos es nada cuando los fanáticos caen en cuenta de que sus adorados no flotan como juran que pueden hacer; he sido criado entre estúpidos y ahora no sé de que otra forma comportarme.
La mujer, endurecida por las costras de sangre seca, ahora desfila con todas las cosas a las que he decidido abandonar. Me mira sin expresión en su rostro y sabe que, ahora sé, de quien se trata. Aquella mujer y la dama violada son una y la misma; siempre supo que la abandonaría, pues ya lo había hecho en ocasiones pasadas.
Vuelto a la parte en la que camino sin rumbo; dos perros van detrás de mí, y hablan, hablan de estupideces que ya he escuchado antes –ahora todo me parece estúpido- me detengo para verlos pasar, y mirando la manera en que mueven la cola mientras charlan, río, como hace tanto tiempo no lo hago, la carcajada se parece a un ladrido que altera a los que se alejaban y dejan su charla para después, me ladran y no puedo dejar de burlarme de ellos; otros perros se unen a nuestra violenta risa que se prolonga hasta el amanecer y el próximo, y así hasta el siguiente día; y de esa forma, ladrando, muero.
Muerte.
Enloquece.
Muero.
Obligado.
Muerto.
Olvidado.
Muere.
Se feliz.
Una lagrima obligada por la risa se mantiene en precario equilibrio entre mi ojo y un abismo; mi otro ojo, empequeñecido por una batalla que no recuerdo, y en mi boca, al fin, se dibuja verdadera una sonrisa, como sólo el ahogado. Un ligero viento eleva mi cuerpo que ha dejado de tener peso; vuelo, cual hoja muerta al final de los días; un querubín me atrapa y me lleva consigo a un lugar que apesta a guayabas. Fui obligado a hablar con la verdad que los habitantes de aquel sitio anhelaban, y también fui tratado con la informalidad con la que se tratan los parientes lejanos.
Así es el infierno, una interminable sucesión de días inútiles.
Sin castigo o recompensa, no hay mas verdad que aquella que reza que todo es mentira, nada de lo que cualquiera pueda hacer o decir sirve para conocer el otro lado de una puerta que nos ha sido mostrada como inalcanzable; y es por eso que nos volvemos parias, por que todos, en algún momento de aquello que los demás llaman vida, tenemos la confusa certeza de saber que la puerta es inalcanzable porque no existe.
Abandonado sin la posibilidad de que aún muerto, pueda dejar de ser... solo un momento, la milésima parte de un segundo o menos que eso. Dejar de ser es todo el descanso que necesito y sin embargo me esta negado; solo puedo dejar de estar, y quiero estar solo.
Evitando, como me enseñara aquella mujer, la tonta mirada de los alados, corrí presto a cumplir mis deseos, encontré un agujero en el suelo y me escondí en el. Ahí había un gusano y su comuna; aquel gusano se acerco a querer hablar conmigo, ¡el colmo!, evadí preguntas y seguí corriendo agujero adentro hasta que definitivamente perdí de vista a todos, o mejor dicho, todos me perdieron de vista. No maldije, no grite, no llore; solo espere a que terminara aquel momento de soledad que me había construido –por que nunca duran cuanto quisiéramos- anduve un poco mas, y me encontré con Dios, que era alto y de una delgadez extrema, terriblemente blanco, indeciblemente triste; me miro por un momento a los ojos y no pude evitar el sonreír ante la ironía, un alma pagana frente al sueño de todo devoto, quise decírselo a él, que riera conmigo, pero no pude; pues de sus ojos me dio a beber del trago amargo que es la inmortalidad, del incomparable dolor de ver pasar interminables los días, dolor que se dibujo nítido en mi mente: tenía forma de mujer y de hombre, y de niño, y de anciano; del hastío aburrimiento de no ver nada nuevo en la insípida corriente de lo que han llamado tiempo; si no es posible oír la locura, si no es posible siquiera palparla, deben temer ahora que saben que se puede mirar, Después de comprender cual es la diferencia entre Cordero y León ya no queda en el universo mayor misterio que desentrañar.
Luego, fue él quien sonrío, y aferrándome del hombro dijo: “No creas nada de lo que dicen de mí”.
Diciendo esto, me comió. No sentí necesidad alguna de escapar de su vientre como quería escapar de su infierno.
Luego... fui excretado al mundo material, en un día que me signa como un Tauro.
Devuelto divinamente a las voces que me mantienen tranquilo, sano, y cordialmente en silencio...
Mía fue la bendición de no haber visto mi rostro en el espejo durante mi corta inocencia; nuestro el siglo de los espacios pequeños atestados del prójimo.
Y así, con todos los ojos del mundo sobre mi cabeza, me abrí paso en calles que nadie recorría, o que andaban en un muy corto trecho; la costumbre de hablar de los demás se me antojaba insoportable y vana, y sin embargo, eran todas aquellas voces las que me mantenían tranquilo, sano, y cordialmente en silencio.
El silencio, que durante mucho tiempo precie como una propiedad exclusiva pronto se extendió.
Y las voces callaron.
Perdí mi sanidad el día que mire al mundo sosteniendo silenciosamente un espejo frente a mí. Mi rostro no era la máscara que todo hombre porta para enfrentar a otros hombres, mi cuerpo era una enorme ampula, diáfana e informe, terriblemente blanda y húmeda.
Entonces comprendí el porque de las voces, y los dueños de las voces comprendieron el porque de mi silencio; cuando quedamos todos frente a frente, y sin palabras en los labios, fue claro que no serían ellos quienes se disculparan del curso de las cosas que aún ahora resultan incomprensibles.
Escondí la horrible transparencia amarilla de mi cuerpo en el único lugar en donde las ideas cotidianas no me encontrarían, aspire una honda bocanada del aire gris de las ciudades que había conocido hasta entonces, y con mi último halito de inocencia, lloré.
No se esta más solo en soledad que en incomodo contacto, forzado, con el resto de la gente; y apenas formulado este pensamiento me convierto en el paradigma de la contradicción, pues solo deseo encontrarme una vez más entre aquellos que me desprecian; no por amor, si no por costumbre. La vida, mi existencia, se ha vuelto insoportable mi sola compañía, anhelo aquellas voces que antaño me mantenían tranquilo, sano, y cordialmente en silencio.
Así, la necesidad me obligó a adoptar las posturas enfermas que permiten ser parte de la sociedad de las ciudades tristes; mi disfraz tenía los bolsillos vacíos, pero fui recibido con una sonrisa.
Desde entonces no decepcioné a nadie, mi comportamiento para con los demás era el mas apropiado y siempre tuve la cordialidad de mis compañeros para sentirme en completa paz con la comunidad; nunca antes la historia había tenido entre sus paginas intrínsecas a nadie tan deleznablemente vulgar e hipócrita.
De esa manera, jamás el peso de la culpa doblo mis espaldas por completo pues compartía la carga con todos y cada uno de mis compañeros de juegos; juegos que nadie tomaba por perversos pues solo jugábamos con palabras, las torcimos siempre, deformando cada vez mas hasta que en su deformidad grotesca se tornaron algo mucho más insoportable que la cacofonía de la insana cordialidad: no decíamos mas que verdades escondidas en un dejo de zalamería.
El juego, antes el común entre nosotros, termino como la marcada diferencia que puso fin al juego mismo; nunca más pude encontrarme con mis amigos sin tener la imperiosa necesidad de sonreír como lo hacen los ahogados. Pero no por eso se convino un cambio en nuestras actitudes, por el contrario; la cordialidad es perpetua ante la relajante distancia que nos inventamos junto con el tiempo y las actividades cotidianas; se continúan, ininterrumpibles, las voces que me mantienen tranquilo, sano, y cordialmente en silencio.
Ahora una interminable rutina, la locura acaricia mis sienes pero yo no puedo atenderla, pues mis deberes gritan más fuerte.
Una noche, comparando nuestros niveles de éxito sentados alrededor de una mesa, emulando a los antiguos cazadores rodeando el fuego después de un día de presas, sangre y recompensa; tomamos una dama y la desnudamos sutil, enteramente, y sin piedad alguna, la violamos sobre nuestra mesa.
Maldita la resaca que al desvanecerse aclara la mente por momentos, maldito el sueño etílico que esconde las memorias, y las muestra de golpe en un instante de lucidez solo comparable con la iluminación divina, y maldita la condición del hombre y su irremediable rendición ante los sentimientos; pues al irse la gloria alcohólica la dama humillada se presento demandante ante mí, exigiendo a gritos muerte o consuelo, pero yo no puedo darle ninguna de ambas pues su drama me ha conmovido hasta la inutilidad, su pena me pertenece porque aquella dama es mi conciencia.
Lloré una vez mas, ambos lloramos. Llorando recorrimos calles que hacia tanto tiempo habíamos dejado de ver, pensando todo el tiempo cuan inútil resultaba el pensar cosas que ya no podían remediarse mas que con acciones; nadie puede tirar los dados y arrepentirse cuando los números han sido mostrados.
El andar sin animo de andar, nos devolvió a una comunidad que hacía algún tiempo había tachado de insignificante; la violada fue recibida sin prejuicios a condición de ser llevada, nuevamente, a la mesa redonda de los incautos... y acepte, ¡Oh! Acepte, ¿¡por qué!?, loco, loco estúpido, tu vanagloria ante la seducción de un cuerpo desnudo al otro lado de la puerta de la sanidad nunca fue mas fuerte que la locura misma, cruzaste el umbral y no te diste cuenta.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro, muy parecida a la sonrisa que esbozan los ahogados; pues la locura siempre estuvo conmigo y ahora mismo es la locura la que me hace sonreír, es tenaz y su persistencia despierta mi ternura, mas no puedo rendirme aún a sus caricias pues quiero disfrutar de lo que viene con toda la lucidez que me sea posible; quiero y necesito la condolencia de la comunidad antes de desfilar ante los colores vivos que se reflejan en el eterno espejo que las voces no han apartado de mí.
Tomo la lastima como un sucedáneo; regocijado ante la esperanza de tranquilidad, desnudo de nuevo a la violada y ella no se resiste, acepta el manoseo, la exploración, y la brusquedad del acto; la veo apretar ansiosa contra sí las acusaciones que la signan como una loca perdida, como una puta. Desesperanza ahora que el acto termina, la dama yace sobre la mesa con la mirada lánguida... no sirvió, nada sirvió; las condolencias no llenaron el hueco que debían llenar, vendí mi alma a un puñado de pordioseros y ahora debo dejar la última traza de humanidad que, como la inocencia, se pierde en el tiempo en llanto amargo... mi disfraz siempre tuvo los bolsillos rotos pero ahora ya no puedo disimular el estigma del fracasado.
Ya no quiero andar más, observo a mi dama acostada sobre su espalda esperando el momento en que la levante y nos marchemos, pero tal vez eso no suceda jamás: trato de cubrir su desnudes con mis manos pero cada persona que pasa insiste en mirarla y no puedo evitarlo.
Los días se suceden y ya no nos queda carne para ser devorada por los curiosos.
Una mujer nos observó todo ese tiempo; a lo lejos, su silueta era lo único que no cambiaba en el paisaje. Un día se acerco y dijo: “ven conmigo”, y yo la seguí...
“Eres descuidado” -decía al andar- en toda tu vida lo único que has hecho es tratar de evitar la mirada de los otros, incluso creíste que su repulsión se debía a tu cuerpo mal nacido; ahora que ya no te queda mas que el huir de los que anhelas cerca, te mostrare la simpleza en que consiste ocultar la desnudez a la que te sientes ineludiblemente forzado”.
Y acto seguido, tomo mis manos y con ellas cubrió mi rostro, y las voces callaron una vez más.
No escucho nada.
“Que quieres escuchar y yo lo diré”.
No... necesito las voces.
“Para qué, no dicen nada de cualquier forma”.
El silencio me desespera.
“La desesperanza es parte de la condición humana, lo mismo que la tristeza”.
No, necesito la tristeza...
“La tristeza eres tú, solo eso, siempre has querido evitar la mirada de los otros pero insistes en escucharlos; escuchar permanentemente las voces que según tu, te mantienen tranquilo, sano, y cordialmente en silencio... tal es un engaño; nunca has estado más tranquilo como ahora que estas conmigo, ahora que estas loco; con el rostro cubierto trasciendes a tu desnudez, porque de esta maneras evitas definitivamente el espejo que interminablemente tienden ante ti. Tú no eres tu rostro”.
Y se fue, escuche sus pasos alejarse; cuando regreso estaba cubierta de sangre, el hedor la delataba como asesina y eso no me importo.
Anduvimos juntos durante largo tiempo como dos amantes aburridos de sí, ella delante de mí, yo delante de ella; la cercanía no fue parte de nuestros actos porque tal vez nunca quisimos, realmente, terminar como terminamos.
La ciencia se volvió tema habitual entre nosotros, y quienes nos escuchaban al pasar nos invitaban a ser parte de una especie de hermandad, y por diversión aceptamos. Devuelto a la comunidad, nadie puede dejar de notar que ese es el punto en el que el circulo empieza y termina. Un salir y entrar al aro, como los peces desearían poder salir y entrar de la red, solo para poder burlarse del pescador que insiste en un inútil oficio; como los hombres desearían tener un pescador del cual burlarse.
El gozo del elitismo fue efímero, todos aquellos supuestos hombres sabios pronto demostraron su falsedad; la comuna se torna una caricatura grotesca acerca de los conocimientos y la cultura. Nada sabíamos, y no nos dábamos cuenta de ello.
Entonces qué, a quién, por qué seguir un ideal si nadie sabe a ciencia cierta lo que cree que sabe, por qué seguir normas que nadie respeta; la admiración de los ídolos es nada cuando los fanáticos caen en cuenta de que sus adorados no flotan como juran que pueden hacer; he sido criado entre estúpidos y ahora no sé de que otra forma comportarme.
La mujer, endurecida por las costras de sangre seca, ahora desfila con todas las cosas a las que he decidido abandonar. Me mira sin expresión en su rostro y sabe que, ahora sé, de quien se trata. Aquella mujer y la dama violada son una y la misma; siempre supo que la abandonaría, pues ya lo había hecho en ocasiones pasadas.
Vuelto a la parte en la que camino sin rumbo; dos perros van detrás de mí, y hablan, hablan de estupideces que ya he escuchado antes –ahora todo me parece estúpido- me detengo para verlos pasar, y mirando la manera en que mueven la cola mientras charlan, río, como hace tanto tiempo no lo hago, la carcajada se parece a un ladrido que altera a los que se alejaban y dejan su charla para después, me ladran y no puedo dejar de burlarme de ellos; otros perros se unen a nuestra violenta risa que se prolonga hasta el amanecer y el próximo, y así hasta el siguiente día; y de esa forma, ladrando, muero.
Muerte.
Enloquece.
Muero.
Obligado.
Muerto.
Olvidado.
Muere.
Se feliz.
Una lagrima obligada por la risa se mantiene en precario equilibrio entre mi ojo y un abismo; mi otro ojo, empequeñecido por una batalla que no recuerdo, y en mi boca, al fin, se dibuja verdadera una sonrisa, como sólo el ahogado. Un ligero viento eleva mi cuerpo que ha dejado de tener peso; vuelo, cual hoja muerta al final de los días; un querubín me atrapa y me lleva consigo a un lugar que apesta a guayabas. Fui obligado a hablar con la verdad que los habitantes de aquel sitio anhelaban, y también fui tratado con la informalidad con la que se tratan los parientes lejanos.
Así es el infierno, una interminable sucesión de días inútiles.
Sin castigo o recompensa, no hay mas verdad que aquella que reza que todo es mentira, nada de lo que cualquiera pueda hacer o decir sirve para conocer el otro lado de una puerta que nos ha sido mostrada como inalcanzable; y es por eso que nos volvemos parias, por que todos, en algún momento de aquello que los demás llaman vida, tenemos la confusa certeza de saber que la puerta es inalcanzable porque no existe.
Abandonado sin la posibilidad de que aún muerto, pueda dejar de ser... solo un momento, la milésima parte de un segundo o menos que eso. Dejar de ser es todo el descanso que necesito y sin embargo me esta negado; solo puedo dejar de estar, y quiero estar solo.
Evitando, como me enseñara aquella mujer, la tonta mirada de los alados, corrí presto a cumplir mis deseos, encontré un agujero en el suelo y me escondí en el. Ahí había un gusano y su comuna; aquel gusano se acerco a querer hablar conmigo, ¡el colmo!, evadí preguntas y seguí corriendo agujero adentro hasta que definitivamente perdí de vista a todos, o mejor dicho, todos me perdieron de vista. No maldije, no grite, no llore; solo espere a que terminara aquel momento de soledad que me había construido –por que nunca duran cuanto quisiéramos- anduve un poco mas, y me encontré con Dios, que era alto y de una delgadez extrema, terriblemente blanco, indeciblemente triste; me miro por un momento a los ojos y no pude evitar el sonreír ante la ironía, un alma pagana frente al sueño de todo devoto, quise decírselo a él, que riera conmigo, pero no pude; pues de sus ojos me dio a beber del trago amargo que es la inmortalidad, del incomparable dolor de ver pasar interminables los días, dolor que se dibujo nítido en mi mente: tenía forma de mujer y de hombre, y de niño, y de anciano; del hastío aburrimiento de no ver nada nuevo en la insípida corriente de lo que han llamado tiempo; si no es posible oír la locura, si no es posible siquiera palparla, deben temer ahora que saben que se puede mirar, Después de comprender cual es la diferencia entre Cordero y León ya no queda en el universo mayor misterio que desentrañar.
Luego, fue él quien sonrío, y aferrándome del hombro dijo: “No creas nada de lo que dicen de mí”.
Diciendo esto, me comió. No sentí necesidad alguna de escapar de su vientre como quería escapar de su infierno.
Luego... fui excretado al mundo material, en un día que me signa como un Tauro.
Devuelto divinamente a las voces que me mantienen tranquilo, sano, y cordialmente en silencio...
jueves, mayo 04, 2006
La vacilacion ante la virtual hoja en blanco -o breves de estomagos vacios II-
Un vago hilar de fragmentos, como despertar en un sitio que no conoces, como abrir los ojos y encontrar que la cotidianidad se a marchado para hacerse notar. Las calles están llenas de ausencias.
..............................
Hoy es otro día. El desteñido cielo trae al ayer a acusar de presente, que dulce melancolía. Escucho un eco. El sonido de un teléfono sonando a la distancia es el simbolo que indica que no estoy solo, aún queda alguién. ¿Dónde estas?. Insisto y levanto la bocina solo para encontrarme con que la línea esta muerta, el tiempo inerte y mi espiritu flotando en las aguas, como el hipotético inicio. Mi recuerdo más lejano cruza mi mente y rescribe la brevedad de la historia... Es la parte del mundo que te pertenece, tan llena de signos que no entiendo y comparto. Como el gusto por el rayo del sol cuando quema el rostro. Como la tarde de brizna que se torno lluvia, o el chirrido de los limpiaparabrisas que se vuelven concierto de traseras luces rojas apagadas, o las largas charlas nocturnas esas donde se dicen las cosas que se callan a la luz del día,
luz que se cuela por la ventana y me trae de regreso al punto de partida.
Entonces me detengo un momento, Y recuerdo...
Y recuerdo.
El mismo miedo que sientes tú lo siento yo.
..............................
Hoy es otro día. El desteñido cielo trae al ayer a acusar de presente, que dulce melancolía. Escucho un eco. El sonido de un teléfono sonando a la distancia es el simbolo que indica que no estoy solo, aún queda alguién. ¿Dónde estas?. Insisto y levanto la bocina solo para encontrarme con que la línea esta muerta, el tiempo inerte y mi espiritu flotando en las aguas, como el hipotético inicio. Mi recuerdo más lejano cruza mi mente y rescribe la brevedad de la historia... Es la parte del mundo que te pertenece, tan llena de signos que no entiendo y comparto. Como el gusto por el rayo del sol cuando quema el rostro. Como la tarde de brizna que se torno lluvia, o el chirrido de los limpiaparabrisas que se vuelven concierto de traseras luces rojas apagadas, o las largas charlas nocturnas esas donde se dicen las cosas que se callan a la luz del día,
luz que se cuela por la ventana y me trae de regreso al punto de partida.
Entonces me detengo un momento, Y recuerdo...
Y recuerdo.
El mismo miedo que sientes tú lo siento yo.
viernes, abril 07, 2006
...
Un aislar de momentos
Un hilar de emociones
Un recordar anacrónico
Un salir en busca
Un encuentro furtivo y tan breve
que la pretensión
no alcanza para darle alcanze
Pues apenas doblar la esquina
ya la vida es otra.
Solo la ciudad permanece.
Ahora, despues de una larga transición del sueño a la vigilia, encuentro muchos de aquello que ayer llamaba mi vida, y la descubro como una parte de mi que reniega de mi presente, que borra mi nombre y me nombra por algún mote supuestamente más adecuado. Se instala en un charco de intemporal estado más necia apatía, se piensa impía cuando no es más que inocua...
Un hilar de emociones
Un recordar anacrónico
Un salir en busca
Un encuentro furtivo y tan breve
que la pretensión
no alcanza para darle alcanze
Pues apenas doblar la esquina
ya la vida es otra.
Solo la ciudad permanece.
Ahora, despues de una larga transición del sueño a la vigilia, encuentro muchos de aquello que ayer llamaba mi vida, y la descubro como una parte de mi que reniega de mi presente, que borra mi nombre y me nombra por algún mote supuestamente más adecuado. Se instala en un charco de intemporal estado más necia apatía, se piensa impía cuando no es más que inocua...
martes, febrero 14, 2006
Ahora yo era el padre.
Mil pensamientos recorren mi cabeza, pienso, simplemente, nada concreto se asienta en mi mente, simplicidad de millares de colores acompañando millones de imágenes, palabras van y vienen en sincronía con la música del generador eléctrico que hace las veces de grillo sustituto en esta orilla del valle. Ahora yo soy el padre; hijo, no sé cómo explicarte lo que acontece, sucede que haz sido engendrado por uno que en vida no ha sido nunca individuo ejemplar, tu padre no tiene un quinto "ni donde caérse muerto", tu padre nunca se a comportado "como Dios manda", quizá porque nunca habló con Dios -al menos no hasta ahora- quizá porque no puso atención mientras le educaban, quizá por que una vez, patinando, cayo tan aparatosamente que el golpe le haya acomodado algo y el resultado es este hombre que ahora te habla por que... por que estas aqui, por que eres mi nueva vida, tan llena de incertidumbre como la anterior, pero con nuevo significado, pues tu llegada signa el encuentro, por fin me será dado el conocer el amor, incondicionalemente, por que te amo, hijo, te amo ahora mientras espero a que tu promesa se vea cumplida, y pueda mirarte, tocarte, sentir la nueva piel que es continuación de la mía; te amo ahora, motor de la nueva infancia, línea de infinitas sensaciones, dulce ansia de comprensión, esto que cosquillea mi garaganta, este pulsar de dedos, este martillear de lágrimas, esta palabra que no basta para escribir, y que, sin embargo, me tiene insistente frente a esta máquina escribiendo por ti, para ti, y esperando, todavía, y todavía, a verte, solo a verte para entregarte de mi algo más que la semilla de vida, entregarte estas líneas y ninguna, y esperar a verte, solo a verte, durante el resto de mi vida...
Mil pensamientos recorren mi cabeza, pienso, simplemente, nada concreto se asienta en mi mente, simplicidad de millares de colores acompañando millones de imágenes, palabras van y vienen en sincronía con la música del generador eléctrico que hace las veces de grillo sustituto en esta orilla del valle. Ahora yo soy el padre; hijo, no sé cómo explicarte lo que acontece, sucede que haz sido engendrado por uno que en vida no ha sido nunca individuo ejemplar, tu padre no tiene un quinto "ni donde caérse muerto", tu padre nunca se a comportado "como Dios manda", quizá porque nunca habló con Dios -al menos no hasta ahora- quizá porque no puso atención mientras le educaban, quizá por que una vez, patinando, cayo tan aparatosamente que el golpe le haya acomodado algo y el resultado es este hombre que ahora te habla por que... por que estas aqui, por que eres mi nueva vida, tan llena de incertidumbre como la anterior, pero con nuevo significado, pues tu llegada signa el encuentro, por fin me será dado el conocer el amor, incondicionalemente, por que te amo, hijo, te amo ahora mientras espero a que tu promesa se vea cumplida, y pueda mirarte, tocarte, sentir la nueva piel que es continuación de la mía; te amo ahora, motor de la nueva infancia, línea de infinitas sensaciones, dulce ansia de comprensión, esto que cosquillea mi garaganta, este pulsar de dedos, este martillear de lágrimas, esta palabra que no basta para escribir, y que, sin embargo, me tiene insistente frente a esta máquina escribiendo por ti, para ti, y esperando, todavía, y todavía, a verte, solo a verte para entregarte de mi algo más que la semilla de vida, entregarte estas líneas y ninguna, y esperar a verte, solo a verte, durante el resto de mi vida...
Soy nueva vida gestándose en tu interior.
Soy un minuto de sobra, un respiro; lapso muerto que en su incognosible existencia encierra infinidad de momentos igualmente indescifrables, Ahora, de vuelta a este lado del mundo, miro de frente la posibilidad de hacer carne aquel anhelo, tan humano, de aferrarse a esa diminuta posibilidad que signa tu compañia, esa que contradice todos los pronosticos y destruye la rutina...esa infima esperanza que siempre guardamos y mantenemos viva para que, vivir, sea mas que un intento con baja probabilidad de dejarnos satisfechos. Ahora, despues de ceder tanto y tanto, tenemos algo en común, algo... tan demasiado y tan poco que a sido necesario respirar por cada poro, miles de veces, para recuperar el aliento. ¡Que sensación tan adolescente! en un instante, las perspectivas se perdieron, crecieron, se tornaron muy otra cosa; la fuerza abandonó mis brazos para que mis piernas pudieran llevarme, mis ojos se nublaron para que mis oídos pudieran escuchar, mi sangre hervía, los sentidos restantes se me embotaban, y la negación golpeaba mi columna vertebral mientras la vida susurraba, dulcemente, Oh mio Babbino caro, para que una ligera sensación de abandono engrandeciera rededor mientras un aplauso levantaba la multitud de ficciones que se habían citado en mi cabeza para hacer de ese momento, el lapso muerto, el minuto de más, más largo de mi inçcognosible existencia.
Al minuto siguiente, se había terminado mi condición de hijo.
Ahora yo era el padre...
Soy un minuto de sobra, un respiro; lapso muerto que en su incognosible existencia encierra infinidad de momentos igualmente indescifrables, Ahora, de vuelta a este lado del mundo, miro de frente la posibilidad de hacer carne aquel anhelo, tan humano, de aferrarse a esa diminuta posibilidad que signa tu compañia, esa que contradice todos los pronosticos y destruye la rutina...esa infima esperanza que siempre guardamos y mantenemos viva para que, vivir, sea mas que un intento con baja probabilidad de dejarnos satisfechos. Ahora, despues de ceder tanto y tanto, tenemos algo en común, algo... tan demasiado y tan poco que a sido necesario respirar por cada poro, miles de veces, para recuperar el aliento. ¡Que sensación tan adolescente! en un instante, las perspectivas se perdieron, crecieron, se tornaron muy otra cosa; la fuerza abandonó mis brazos para que mis piernas pudieran llevarme, mis ojos se nublaron para que mis oídos pudieran escuchar, mi sangre hervía, los sentidos restantes se me embotaban, y la negación golpeaba mi columna vertebral mientras la vida susurraba, dulcemente, Oh mio Babbino caro, para que una ligera sensación de abandono engrandeciera rededor mientras un aplauso levantaba la multitud de ficciones que se habían citado en mi cabeza para hacer de ese momento, el lapso muerto, el minuto de más, más largo de mi inçcognosible existencia.
Al minuto siguiente, se había terminado mi condición de hijo.
Ahora yo era el padre...
domingo, enero 22, 2006
“Soy yo”…
Soy el primer rayo de luz que mis ojos perciben mientras duermo en el cuarto que fuera de mis padres, soy aquellas jóvenes ramas del árbol que aún crece afuera, que aún se mecen al ritmo del viento, que aún se erigen medida del tiempo y sentido de vida. Soy el viejo camino a la vieja escuela, el sabor casi medicinal de los desayunos del DIF y el vaso azul que solía llevar para tal efecto; soy la lonchera con Gene Simona impreso en ambos lados, soy aquella bebida en embase de oso panda que hace años salió del mercado; soy una multitud de niños uniformados de blanco para hacer honores a la bandera, soy el asta que sostiene el emblema, soy la bandera ondeando viejas glorias y sentimientos chovinistas, soy la fugacidad de la educación primaria, los baños sucios y repletos de leyendas urbanas, soy el azotador en la banca de madera, soy la fiebre de la inteligencia y las clases en la clínica de asistencia social, soy el viejo barrio de calles sin asfaltar, el gris de las colonias populares, soy la música de las aburridas fiestas de adultos, soy aquel baño donde me escondí la primera vez que una canción me conmovió al llanto, soy el listón azul en la bolsa del uniforme, soy los labios de la compañerita y el silencio subsiguiente; soy las grandes distancias, fragmentos de mi país en la soledad de la carretera, soy los brazos de mi padre maniobrando el enorme volante, soy las gafas con que cubre sus ojos mientras conduce el enorme armatoste, soy la casa donde mamá espera mi regreso, soy el patio testigo del cigarrillo vespertino de algunas veces, soy la risa/recuerdo de mi madre. Soy el deseo de hacer ruido, soy más pequeño que el mundo y soy potencia en el cuerpo de doce años que fui; soy el odio, el olor a quemado, la letra gastada, la garnacha de medio día, el anhelo de aire; soy el avión que brinda breve sombra durante el vuelo, soy el libro negro de los ovnis y el primer cigarro, soy la infinidad de posibilidades, soy la bastedad de la noche y su aire frío; soy la muerte esperando por mi mismo y soy la vida negándome; soy el olor a cerveza y el inodoro que lo recibe, soy el agua que se lleva el desecho y soy el descubrimiento de la mierda flotando en la atmósfera; y soy la furia pasajera, y soy la historia que desespera, y soy la conciencia en bruto de miles que como yo salen por la ventana a escaparse del abrazo de la cotidianidad. Soy los ojos que te miran, soy esa boca que te habla y soy tus oídos mientras me escuchas, soy tu primera sonrisa hacia mi, soy tus manos en las mías, soy el calor de tu cuerpo en tu rostro y soy yo entre tus piernas. Soy el largo olvido y el poco valor para resignarse. Soy esta ciudad por las madrugadas, soy esta ansia, este sístole y diástole echándote en falta, soy esta nueva búsqueda, soy cada desempleado, soy cada página en el periódico, soy la lágrima y la nueva música, soy el héroe infante que nunca fui. Soy tanto que no puedo verlo todo al mismo tiempo, soy todo y no puedo sentir la bastedad; soy vida y el ciclo volviendo a empezar, soy la promesa de compañía, el agua anegada en el baño, el suicidio de todos los días. Soy el tipo frente a la mujer, soy la charla omitida, soy el beso robado, las ropas arrebatadas, el espacio a solas. Soy el tipo enfrentando la desnudez de la mujer, soy la brevedad de roce, la amplia caricia, soy el pecho y esa boca que de él bebe, soy la cadera y aquello que la estremece, soy las lenguas tratando el milenario pacto, soy el sexo buscando el femenino abrazo, soy el suave calor de la tarde en declive, soy la perla de sudor abriéndome paso a través de la piel, soy el gesto del coito, soy el clímax inundando aquellos labios…
Soy nueva vida gestándose en tu interior…
Soy el primer rayo de luz que mis ojos perciben mientras duermo en el cuarto que fuera de mis padres, soy aquellas jóvenes ramas del árbol que aún crece afuera, que aún se mecen al ritmo del viento, que aún se erigen medida del tiempo y sentido de vida. Soy el viejo camino a la vieja escuela, el sabor casi medicinal de los desayunos del DIF y el vaso azul que solía llevar para tal efecto; soy la lonchera con Gene Simona impreso en ambos lados, soy aquella bebida en embase de oso panda que hace años salió del mercado; soy una multitud de niños uniformados de blanco para hacer honores a la bandera, soy el asta que sostiene el emblema, soy la bandera ondeando viejas glorias y sentimientos chovinistas, soy la fugacidad de la educación primaria, los baños sucios y repletos de leyendas urbanas, soy el azotador en la banca de madera, soy la fiebre de la inteligencia y las clases en la clínica de asistencia social, soy el viejo barrio de calles sin asfaltar, el gris de las colonias populares, soy la música de las aburridas fiestas de adultos, soy aquel baño donde me escondí la primera vez que una canción me conmovió al llanto, soy el listón azul en la bolsa del uniforme, soy los labios de la compañerita y el silencio subsiguiente; soy las grandes distancias, fragmentos de mi país en la soledad de la carretera, soy los brazos de mi padre maniobrando el enorme volante, soy las gafas con que cubre sus ojos mientras conduce el enorme armatoste, soy la casa donde mamá espera mi regreso, soy el patio testigo del cigarrillo vespertino de algunas veces, soy la risa/recuerdo de mi madre. Soy el deseo de hacer ruido, soy más pequeño que el mundo y soy potencia en el cuerpo de doce años que fui; soy el odio, el olor a quemado, la letra gastada, la garnacha de medio día, el anhelo de aire; soy el avión que brinda breve sombra durante el vuelo, soy el libro negro de los ovnis y el primer cigarro, soy la infinidad de posibilidades, soy la bastedad de la noche y su aire frío; soy la muerte esperando por mi mismo y soy la vida negándome; soy el olor a cerveza y el inodoro que lo recibe, soy el agua que se lleva el desecho y soy el descubrimiento de la mierda flotando en la atmósfera; y soy la furia pasajera, y soy la historia que desespera, y soy la conciencia en bruto de miles que como yo salen por la ventana a escaparse del abrazo de la cotidianidad. Soy los ojos que te miran, soy esa boca que te habla y soy tus oídos mientras me escuchas, soy tu primera sonrisa hacia mi, soy tus manos en las mías, soy el calor de tu cuerpo en tu rostro y soy yo entre tus piernas. Soy el largo olvido y el poco valor para resignarse. Soy esta ciudad por las madrugadas, soy esta ansia, este sístole y diástole echándote en falta, soy esta nueva búsqueda, soy cada desempleado, soy cada página en el periódico, soy la lágrima y la nueva música, soy el héroe infante que nunca fui. Soy tanto que no puedo verlo todo al mismo tiempo, soy todo y no puedo sentir la bastedad; soy vida y el ciclo volviendo a empezar, soy la promesa de compañía, el agua anegada en el baño, el suicidio de todos los días. Soy el tipo frente a la mujer, soy la charla omitida, soy el beso robado, las ropas arrebatadas, el espacio a solas. Soy el tipo enfrentando la desnudez de la mujer, soy la brevedad de roce, la amplia caricia, soy el pecho y esa boca que de él bebe, soy la cadera y aquello que la estremece, soy las lenguas tratando el milenario pacto, soy el sexo buscando el femenino abrazo, soy el suave calor de la tarde en declive, soy la perla de sudor abriéndome paso a través de la piel, soy el gesto del coito, soy el clímax inundando aquellos labios…
Soy nueva vida gestándose en tu interior…
jueves, enero 19, 2006
Me quede ante la promesa de compañía
Y dormí, mujer, el sueño de los condenados, me hundí en penumbras de anhelos enmohecidos para desaprenderlo todo, para aprender en ti, para vivir la fugacidad sin remordimientos, conocer la cartografía del cuerpo ajeno, sumirme en el otro y en su niebla encontrar una sombra que se adapte a la mía, para seguirla, como el eterno infante, y al atraparla verificar si puede pertenecerme, para pertenecerle, para poder hablar de mi y decir: "Soy yo"
Y dormí, mujer, el sueño de los condenados, me hundí en penumbras de anhelos enmohecidos para desaprenderlo todo, para aprender en ti, para vivir la fugacidad sin remordimientos, conocer la cartografía del cuerpo ajeno, sumirme en el otro y en su niebla encontrar una sombra que se adapte a la mía, para seguirla, como el eterno infante, y al atraparla verificar si puede pertenecerme, para pertenecerle, para poder hablar de mi y decir: "Soy yo"
miércoles, enero 18, 2006
Así que abrí la ventana de nuevo, y me lance, otra vez, a buscarte. Solo que esta vez olvide como había hecho la primera ocasión...
Regresé al hospital, mi amigo el doctor estaba contento de volver a verme. Yo tuve mucho tiempo para contemplar el techo largamente y dibujar en sus leves sombras escenas que había contemplado en mi cabeza, en alguna ocasión, en varios sueños perdidos. Para cuando mis huesos hubieron soldado y pude levantarme, el techo mostraba un rostro muy en el estilo de Munch, y una mujer de tacones muy, muy altos parada frente a un perro amenazado por un árbol que había crecido descomunalmente; sobre ese árbol, un hombre se había apostado a mirar por la ventana, un toro más bien tierno también andaba sobre las ramas y un poco más arriba, unas manos como repeliendo la escena entera y mi insistente mirar.
Fueron esas manos las que me empujaron fuera de la habitación, a mi recuperación. Fueron mis piernas dándome una dolorosa bienvenida, y fue el raro azul de los pasillos el que me tenía grabando en mi memoria las horas y el curso del rayo de luz incidiendo en cada barrote de cada ventanal del recinto. Y mi vida como estancada hasta que una mujer me alcanzo en uno de mis paseos por el largo corredor, la mire, ella sonreía debajo de los cabellos que le caían en el rostro.
-“Te amo por lo que eres, y no por lo que serás”- dijo
-… Yo no te amo.
-“Te amo en esta pausa, en esta posibilidad tan infinita”.
-… Así son las posibilidades todas; nunca te fíes de un hombre mirando a la ventana mientras se encuentra anclado a sus muletas.
-“Te amo aquí, en este momento que es mío y tuyo si quisieras”…
Y quise irme, pero cedí; me quede ante la promesa de compañía…
Regresé al hospital, mi amigo el doctor estaba contento de volver a verme. Yo tuve mucho tiempo para contemplar el techo largamente y dibujar en sus leves sombras escenas que había contemplado en mi cabeza, en alguna ocasión, en varios sueños perdidos. Para cuando mis huesos hubieron soldado y pude levantarme, el techo mostraba un rostro muy en el estilo de Munch, y una mujer de tacones muy, muy altos parada frente a un perro amenazado por un árbol que había crecido descomunalmente; sobre ese árbol, un hombre se había apostado a mirar por la ventana, un toro más bien tierno también andaba sobre las ramas y un poco más arriba, unas manos como repeliendo la escena entera y mi insistente mirar.
Fueron esas manos las que me empujaron fuera de la habitación, a mi recuperación. Fueron mis piernas dándome una dolorosa bienvenida, y fue el raro azul de los pasillos el que me tenía grabando en mi memoria las horas y el curso del rayo de luz incidiendo en cada barrote de cada ventanal del recinto. Y mi vida como estancada hasta que una mujer me alcanzo en uno de mis paseos por el largo corredor, la mire, ella sonreía debajo de los cabellos que le caían en el rostro.
-“Te amo por lo que eres, y no por lo que serás”- dijo
-… Yo no te amo.
-“Te amo en esta pausa, en esta posibilidad tan infinita”.
-… Así son las posibilidades todas; nunca te fíes de un hombre mirando a la ventana mientras se encuentra anclado a sus muletas.
-“Te amo aquí, en este momento que es mío y tuyo si quisieras”…
Y quise irme, pero cedí; me quede ante la promesa de compañía…
martes, enero 17, 2006
Soñé sueños de alas y viejos amigos a mi encuentro…
Soñé contigo, y me prometí que sería la última vez. Me obligue a despertar, regresé a casa. En la habitación me esperaba la muerte, que muy seria decía:
"Deberías quedarte conmigo"
Y la mire un rato antes de decirle:
-Mírame, ya no soy tan fuerte como antes, pero aún no voy a ceder, no estoy interesado, en lo más mínimo, en eso que ofreces. ¿Para qué tantos kilómetros en las plantas de mis pies? ¿Para qué tantas noches? ¿Para qué los días y esta memoria? Valen tanto la pena como para tomarte en cuenta, todavía no.
Así que abrí la ventana de nuevo, y me lance, otra vez, a buscarte. Solo que esta vez olvide como había hecho la primera ocasión...
Soñé contigo, y me prometí que sería la última vez. Me obligue a despertar, regresé a casa. En la habitación me esperaba la muerte, que muy seria decía:
"Deberías quedarte conmigo"
Y la mire un rato antes de decirle:
-Mírame, ya no soy tan fuerte como antes, pero aún no voy a ceder, no estoy interesado, en lo más mínimo, en eso que ofreces. ¿Para qué tantos kilómetros en las plantas de mis pies? ¿Para qué tantas noches? ¿Para qué los días y esta memoria? Valen tanto la pena como para tomarte en cuenta, todavía no.
Así que abrí la ventana de nuevo, y me lance, otra vez, a buscarte. Solo que esta vez olvide como había hecho la primera ocasión...
Cerré la ventana, el aire frío se quedo a tomarse un café conmigo…
Y cuando la luz llego para iluminar de nuevo esta parte del mundo, yo ya me había ido. Mi alma se lanzo, desde la misma ventana, a buscar a aquella que había perdido. Yo no podía quedarme en aquel lugar, así que abrí por completo la ventana, y salí detrás de ellos.
Para aliviar la sensación de vacío.
Para salirme de ese cuarto tan frío.
Para gastar este furor que me acaba.
Para darle alcance a mi alma.
Para sentirme un poco más completo durante esta sensación de ingravidez, para sentir el mundo de otra forma, en el aire, como una palabra, como una frase completa, como un avión de papel en vuelo efímero; como una parte de una idea que busca refugio, como un destello en la oscuridad. Vuelo, y en mi vuelo te busco, te anhelo, te invento en el viento que recorre mi cuerpo. Te veo en todo lugar, eres la persistencia de mi memoria, el sabor que le falta a mi saliva; eres la sensación perdida en mis manos, el otro aroma de mi cuerpo; eres la herida en mi costado, la bomba hilarante en mi estomago, la fuerza de mis pies, cada paso dado en rededor y en aras de otro momento más de ti. Eres la larga ausencia, mi confrontación, mi deseo, mi descanso, mi vuelo efímero.
Una vez que hube bajado a la tierra, me encontré lo suficientemente lejos de casa como para pretender regresar a pie. Así que me senté a la sombra de una pared muy larga aunque no muy alta, y descanse ahí.
Soñé sueños con alas y viejos amigos a mi encuentro…
Y cuando la luz llego para iluminar de nuevo esta parte del mundo, yo ya me había ido. Mi alma se lanzo, desde la misma ventana, a buscar a aquella que había perdido. Yo no podía quedarme en aquel lugar, así que abrí por completo la ventana, y salí detrás de ellos.
Para aliviar la sensación de vacío.
Para salirme de ese cuarto tan frío.
Para gastar este furor que me acaba.
Para darle alcance a mi alma.
Para sentirme un poco más completo durante esta sensación de ingravidez, para sentir el mundo de otra forma, en el aire, como una palabra, como una frase completa, como un avión de papel en vuelo efímero; como una parte de una idea que busca refugio, como un destello en la oscuridad. Vuelo, y en mi vuelo te busco, te anhelo, te invento en el viento que recorre mi cuerpo. Te veo en todo lugar, eres la persistencia de mi memoria, el sabor que le falta a mi saliva; eres la sensación perdida en mis manos, el otro aroma de mi cuerpo; eres la herida en mi costado, la bomba hilarante en mi estomago, la fuerza de mis pies, cada paso dado en rededor y en aras de otro momento más de ti. Eres la larga ausencia, mi confrontación, mi deseo, mi descanso, mi vuelo efímero.
Una vez que hube bajado a la tierra, me encontré lo suficientemente lejos de casa como para pretender regresar a pie. Así que me senté a la sombra de una pared muy larga aunque no muy alta, y descanse ahí.
Soñé sueños con alas y viejos amigos a mi encuentro…
lunes, enero 16, 2006
Mis ojos descansaron el tiempo suficiente para verte claramente, cuando pasabas frente a mi…
Y me quede ahí, como clavado al suelo, pero mi alma fue detrás de ti, pregunto tu nombre a una transeúnte y no o supo, pero le recomendó seguir detrás de ti a preguntarte directamente: ¿Cómo podré llamarte, amor, sin que el aire se lleve mi aliento?
“Llámame amor, no temas, que en mi mar no naufragarás de noche”
Y al otro día me encontré a mi mismo, naufrago de tu cuerpo, de tu espíritu; naufrago de tu voz que alimentaba cada emoción mía y la hacía película gris en vilo y precario equilibrio en mis ojos. Naufrago de razón, pues perdí el sentido de las palabras y muchas cosas; naufrago de sentidos, ciego, sordo, completamente inútil para lo cotidiano, pero experimentando en mi el recuerdo tuyo hasta que se fue gastando. Tenías todos los rostros y ninguno, la medida de tus labios marcaban el ritmo de cada beso practicado en el aire y la promesa del rescate marcando distancias incognoscibles. Naufrago haciendo a vela, improvisando cada respiro, cada palabra, reaprendiendo todo y pretendiendo comenzar aquí una nueva civilización que rompa el flujo histórico, que consuma en llamas cada letra impresa sin motivo, que destruya cada página plena de gimoteos y llantos en tono agudo, y con ese tono beligerante regresar a este lado del mundo, un tanto solo, pero dispuesto a dar fiera pelea por la conquista de este espacio perdido, espacio mío, pero tuyo cuando, apenas abrir la puerta, me topo con tu recuerdo que abre la ventana –la misma por donde saltara la muerte hace tanto tiempo- y se despide para lanzarse al vació de neones y luces traseras y camiones de carga y velas rotas.
Cerré la ventana; el aire frío se quedo a beberse un café conmigo.
Y me quede ahí, como clavado al suelo, pero mi alma fue detrás de ti, pregunto tu nombre a una transeúnte y no o supo, pero le recomendó seguir detrás de ti a preguntarte directamente: ¿Cómo podré llamarte, amor, sin que el aire se lleve mi aliento?
“Llámame amor, no temas, que en mi mar no naufragarás de noche”
Y al otro día me encontré a mi mismo, naufrago de tu cuerpo, de tu espíritu; naufrago de tu voz que alimentaba cada emoción mía y la hacía película gris en vilo y precario equilibrio en mis ojos. Naufrago de razón, pues perdí el sentido de las palabras y muchas cosas; naufrago de sentidos, ciego, sordo, completamente inútil para lo cotidiano, pero experimentando en mi el recuerdo tuyo hasta que se fue gastando. Tenías todos los rostros y ninguno, la medida de tus labios marcaban el ritmo de cada beso practicado en el aire y la promesa del rescate marcando distancias incognoscibles. Naufrago haciendo a vela, improvisando cada respiro, cada palabra, reaprendiendo todo y pretendiendo comenzar aquí una nueva civilización que rompa el flujo histórico, que consuma en llamas cada letra impresa sin motivo, que destruya cada página plena de gimoteos y llantos en tono agudo, y con ese tono beligerante regresar a este lado del mundo, un tanto solo, pero dispuesto a dar fiera pelea por la conquista de este espacio perdido, espacio mío, pero tuyo cuando, apenas abrir la puerta, me topo con tu recuerdo que abre la ventana –la misma por donde saltara la muerte hace tanto tiempo- y se despide para lanzarse al vació de neones y luces traseras y camiones de carga y velas rotas.
Cerré la ventana; el aire frío se quedo a beberse un café conmigo.
Así que me consiguieron un doctor –de asistencia social, claro- y bajo su techo me recostaba a esperar a que se hiciera de noche…
Pero el día insiste en su importancia mientras el doctor pone música suave en un reproductor de CD´s un tanto viejo, elige algo de Elliot Goldenthal, para después instalarse en algún lugar fuera de mi rango visual, y dice:
-Voy a darte vitaminas.
A lo que respondo:
-Eso esta muy bien, pero la verdad es que sufro de insomnio…
Entonces el doctor dijo:
-Siendo así, voy a darte somníferos.
A lo que repliqué:
-Eso no suena bien, soy fácilmente adictible.
Y el doctor repuso:
-Ah, bueno, entonces puedo programar tu ingreso en nuestra clínica de desintoxicación.
Y yo declaré:
-Eso dañaría cualquier otra cosa en mi cabeza.
El galeano repuso:
-Entonces te mandamos a hacer unos encefalogramas.
Cosa que no me agrado, así que respondí:
-Suena maravilloso, pero de verdad que no estoy de humor.
El doctor, un poco intrigado por el nuevo mal, propuso:
-Entonces lo que te hace falta es un análisis de sangre para detectar la falta de sales minerales.
Yo, un tanto aburrido, declaré:
-Doctor, mirar su techo me deprime.
Y el doctor, tan infalible, dijo:
-Entonces te mandaré Transxene 90
A lo que respondí:
-Doctor, no puede darme drogas sin que me quede prendado de ellas.
Entonces, el doctor apareció frente a mi, y puntualizo:
-Entonces, de una vez por todas, te ingresamos en la clínica de desintoxicación mientras controlamos tu falta de hierro y de sueño y esas bajas de ánimo que suelen empeorar.
A lo que repuse:
-Doctor, lo que necesito es salir, cambiar de aire, velar con un objetivo. Necesito un tema nuevo, no esta hacinación de conceptos y prejuicios. Necesito irme de aquí.
Y el doctor finalizo:
-… Si, eso también serviría.
Y abrió la puerta, me palmeo la espalda, y una brisa refrescaba la tan retrasada tarde que –al fin- caía. El mundo había cambiado otra vez, yo mismo me sentía un tanto yo con algo de este nuevo Mi que ahora era.
Camine hasta la orilla del valle, la oscuridad comenzaba a llenar el paisaje.
Mis ojos descansaron el tiempo suficiente para verte claramente, cuando pasabas frente a mi…
Pero el día insiste en su importancia mientras el doctor pone música suave en un reproductor de CD´s un tanto viejo, elige algo de Elliot Goldenthal, para después instalarse en algún lugar fuera de mi rango visual, y dice:
-Voy a darte vitaminas.
A lo que respondo:
-Eso esta muy bien, pero la verdad es que sufro de insomnio…
Entonces el doctor dijo:
-Siendo así, voy a darte somníferos.
A lo que repliqué:
-Eso no suena bien, soy fácilmente adictible.
Y el doctor repuso:
-Ah, bueno, entonces puedo programar tu ingreso en nuestra clínica de desintoxicación.
Y yo declaré:
-Eso dañaría cualquier otra cosa en mi cabeza.
El galeano repuso:
-Entonces te mandamos a hacer unos encefalogramas.
Cosa que no me agrado, así que respondí:
-Suena maravilloso, pero de verdad que no estoy de humor.
El doctor, un poco intrigado por el nuevo mal, propuso:
-Entonces lo que te hace falta es un análisis de sangre para detectar la falta de sales minerales.
Yo, un tanto aburrido, declaré:
-Doctor, mirar su techo me deprime.
Y el doctor, tan infalible, dijo:
-Entonces te mandaré Transxene 90
A lo que respondí:
-Doctor, no puede darme drogas sin que me quede prendado de ellas.
Entonces, el doctor apareció frente a mi, y puntualizo:
-Entonces, de una vez por todas, te ingresamos en la clínica de desintoxicación mientras controlamos tu falta de hierro y de sueño y esas bajas de ánimo que suelen empeorar.
A lo que repuse:
-Doctor, lo que necesito es salir, cambiar de aire, velar con un objetivo. Necesito un tema nuevo, no esta hacinación de conceptos y prejuicios. Necesito irme de aquí.
Y el doctor finalizo:
-… Si, eso también serviría.
Y abrió la puerta, me palmeo la espalda, y una brisa refrescaba la tan retrasada tarde que –al fin- caía. El mundo había cambiado otra vez, yo mismo me sentía un tanto yo con algo de este nuevo Mi que ahora era.
Camine hasta la orilla del valle, la oscuridad comenzaba a llenar el paisaje.
Mis ojos descansaron el tiempo suficiente para verte claramente, cuando pasabas frente a mi…
jueves, enero 12, 2006
Crezco, y hecho un tanto de menos a aquel que era yo.
Aquella situación comenzaba a desesperarme, en verdad a de desesperarme, así que tomé los vocablos que había aprendido a hilar, y fui a hablar de esto con alguien...
Un hombre como de unos cien años dijo que eso era algo muy normal, que a veces pasaba.
Otro hombre, con la mitad de años que el anterior, dijo que aquello solo era ocio elevado a la falta de sueño, que mejor me buscara otra cosa mejor que hacer.
Una mujer me miro, largo rato, antes de mover la cabeza en negativa.
Mis hermanos me invitaron a jugar otra cosa
Mis amigos me hablaron de cosas que no tenían nada que ver
Un perro me escucho atentamente.
Y eso estuvo bien...
Sin embargo, siempre hay alguno que no esta muy de acuerdo con que convengas en hablar con los perros cuando tienes algo que decir, así que varias personas charlaron entre si y decidieron que era mejor no dejarme salir por un tiempo, por lo menos no mientras el sol brillara tan insistentemente. Así que me consiguieron un doctor –de asistencia social, claro- y bajo su techo me recostaba a esperar a que se hiciera de noche…
Aquella situación comenzaba a desesperarme, en verdad a de desesperarme, así que tomé los vocablos que había aprendido a hilar, y fui a hablar de esto con alguien...
Un hombre como de unos cien años dijo que eso era algo muy normal, que a veces pasaba.
Otro hombre, con la mitad de años que el anterior, dijo que aquello solo era ocio elevado a la falta de sueño, que mejor me buscara otra cosa mejor que hacer.
Una mujer me miro, largo rato, antes de mover la cabeza en negativa.
Mis hermanos me invitaron a jugar otra cosa
Mis amigos me hablaron de cosas que no tenían nada que ver
Un perro me escucho atentamente.
Y eso estuvo bien...
Sin embargo, siempre hay alguno que no esta muy de acuerdo con que convengas en hablar con los perros cuando tienes algo que decir, así que varias personas charlaron entre si y decidieron que era mejor no dejarme salir por un tiempo, por lo menos no mientras el sol brillara tan insistentemente. Así que me consiguieron un doctor –de asistencia social, claro- y bajo su techo me recostaba a esperar a que se hiciera de noche…
martes, enero 10, 2006
Y el vacío lloró lagrimas de cuenca entera.
Y la soledad se hizo tan grande que ya no era posible verla completa si no desde lejos, muy lejos.
Y mi fatal compañera dejó el cuarto saliendo por la misma ventana que diera paso al sueño verdadero……
Entonces el mundo cambió sobremanera y por largo tiempo, amaneció, la luz se abrió paso por entre las cortinas, la cotidianidad arrancaba para aparecerse como siempre, más sin embargo el sol no dejaba de brillar, todas las horas parecían ser la misma, los minutos se habían tornado imperceptibles. La pausa, el vivir en medio de un paréntesis de medio día con un mismo y recurrente tema. Estoy creciendo.
Crezco, angustia adolescente de jarras llenas, de palabras vacías, de fiestas sin sentido y sin rumbo definido; crezco, pregunta de varios días, crezco como la espuma y analógicamente al polvo en el quicio de la ventana. Crezco y veo un poco más lejos y no voy hacia allá, crezco y los pantalones empiezan a no quedarme igual y las miradas otro tanto; crezco y esta luz que no se apaga, este insomnio que no cede terreno, este caminar tanto y para nada, este día tan estancado y esta piel que no consiente que estos huesos se vuelvan tan pesados; crezco y pierdo sentido de la orientación y del dogma, crezco, y hecho un tanto de menos a aquel que era yo…
Y la soledad se hizo tan grande que ya no era posible verla completa si no desde lejos, muy lejos.
Y mi fatal compañera dejó el cuarto saliendo por la misma ventana que diera paso al sueño verdadero……
Entonces el mundo cambió sobremanera y por largo tiempo, amaneció, la luz se abrió paso por entre las cortinas, la cotidianidad arrancaba para aparecerse como siempre, más sin embargo el sol no dejaba de brillar, todas las horas parecían ser la misma, los minutos se habían tornado imperceptibles. La pausa, el vivir en medio de un paréntesis de medio día con un mismo y recurrente tema. Estoy creciendo.
Crezco, angustia adolescente de jarras llenas, de palabras vacías, de fiestas sin sentido y sin rumbo definido; crezco, pregunta de varios días, crezco como la espuma y analógicamente al polvo en el quicio de la ventana. Crezco y veo un poco más lejos y no voy hacia allá, crezco y los pantalones empiezan a no quedarme igual y las miradas otro tanto; crezco y esta luz que no se apaga, este insomnio que no cede terreno, este caminar tanto y para nada, este día tan estancado y esta piel que no consiente que estos huesos se vuelvan tan pesados; crezco y pierdo sentido de la orientación y del dogma, crezco, y hecho un tanto de menos a aquel que era yo…
viernes, enero 06, 2006
Desde el final
La muerte llego de noche, traía consigo noticias para cambiarme el rumbo, dijo que me amaba, pero yo aún no estaba dispuesto a consentir su abrazo, así que le dije:
Amor de Uno en el frío de las dos de la mañana
Amor infertil y desde un principio condenado.
Y la ignoré lo más que pude.
La ignoré a los diez y siete años, a la puerta del templo y cada mañana, cuando salía a correr para deshacerme de la excesiva energía adolescente; la ignoraba en las tardes cuando se instalaba en el punto más alto de la biblioteca municipal, y conjuraba lecturas que me dejaban con el alma clavada en la silla, y la sangre hirviendo, consumiéndome, adelantándome años a mis cogeneracionales; la ignoré cuando, vestida de mujer, entro a mis sabanas, fría, anhelante hedonista orgullosa de su intrigante naturaleza. Entonces, un día, un soplo de verdad entró por la ventana, y las sabanas se llenaron de color, el primer recuerdo se hacia presente, mi infancia comenzó y terminaba en este momento, fuerza incognosible que estaba en mi y con ella llenar de luz la habitación, el edificio/hacinamiento que contiene este departamento donde vine a encontrar refugio, los caminos que son mi andar; aire que es esencia para la vida y vida en rededor. Mi fatal acompañante dijo:
-“Deberías quedarte conmigo”
A lo que respondí:
Amor de Uno en el frío de las dos de la mañana
Amor infertil, desde un principio condenado
Amor sin camino, sin lugar en el mundo.
Podrías quedarte conmigo,
Y morirte, muerte, a la espera del fruto mío.
Y el vacío lloró lagrimas de cuenca entera.
Y la soledad se hizo tan grande que ya no era posible verla completa si no desde lejos, muy lejos.
Y mi fatal compañera dejó el cuarto saliendo por la misma ventana que diera paso al sueño verdadero…
Amor de Uno en el frío de las dos de la mañana
Amor infertil y desde un principio condenado.
Y la ignoré lo más que pude.
La ignoré a los diez y siete años, a la puerta del templo y cada mañana, cuando salía a correr para deshacerme de la excesiva energía adolescente; la ignoraba en las tardes cuando se instalaba en el punto más alto de la biblioteca municipal, y conjuraba lecturas que me dejaban con el alma clavada en la silla, y la sangre hirviendo, consumiéndome, adelantándome años a mis cogeneracionales; la ignoré cuando, vestida de mujer, entro a mis sabanas, fría, anhelante hedonista orgullosa de su intrigante naturaleza. Entonces, un día, un soplo de verdad entró por la ventana, y las sabanas se llenaron de color, el primer recuerdo se hacia presente, mi infancia comenzó y terminaba en este momento, fuerza incognosible que estaba en mi y con ella llenar de luz la habitación, el edificio/hacinamiento que contiene este departamento donde vine a encontrar refugio, los caminos que son mi andar; aire que es esencia para la vida y vida en rededor. Mi fatal acompañante dijo:
-“Deberías quedarte conmigo”
A lo que respondí:
Amor de Uno en el frío de las dos de la mañana
Amor infertil, desde un principio condenado
Amor sin camino, sin lugar en el mundo.
Podrías quedarte conmigo,
Y morirte, muerte, a la espera del fruto mío.
Y el vacío lloró lagrimas de cuenca entera.
Y la soledad se hizo tan grande que ya no era posible verla completa si no desde lejos, muy lejos.
Y mi fatal compañera dejó el cuarto saliendo por la misma ventana que diera paso al sueño verdadero…
jueves, enero 05, 2006
Samuel/Dora
Dora conoció a Samuel en el baño de mujeres, él, ávido de anécdotas y furor etílico, había entrado para deshacerse de la cerveza que ya no necesitaba, ella, un tanto aburrida y un poco encantada, tomó su cámara fotográfica y se acerco al apartado donde Samuel orinaba, le tomo varias fotos mientras el se llenaba los ojos con las visiones femeninas acerca del sexo y cuestiones varias plasmadas con rotulador en la pared de aquel sitio.
Y desde entonces fue Dora y Samuel para todos lados y en todos lados encontrar un momento para el abrazo y el beso, para ser el Fulano y Mengana, rendirse a uno en el otro.
Entre las cosas que compartían, se encontraba la ilusión del videoasta, esa es la razón que los trajo a la tienda donde trabajo como vendedor de cámaras de video y demás artículos mientras trato de sacar avante una carrera como historiador. Era tarde, de finales de septiembre, ellos llegaron a la tienda, paro no entraron, se quedaron en el escaparate mirando los modelos que ahí se exhibían. Yo decidí esperarlos un poco, pues parecía que él sabía algo de cámaras, y le explicaba a ella cuál sería su mejor opción, después de un rato me acerqué, y comencé a trabajar, les vendí un modelo algo viejo, pero con funciones que ellos buscaban. Se retiraron pronto a probar la cámara, ellos actuaron, puesta la cámara en un trípode, los dos se entregaron al lenguaje de los cuerpos.
Regresaron unos días después, la bocina de la cámara fallaba, grababa sonido, pero no lo reproducía; buscaban cambiar la cámara, y yo estaba dispuesto, siempre y cuando comprobara que en verdad era la bocina, así que saque la cámara, ellos me dieron un videocassette –supuse que algo que habrían grabado, no me imaginaba qué- presione la tecla play, y miré…
-¿Son ustedes?- pregunté.
A él se le subió el color al rostro, sonrió nerviosamente y volteó a ver a ella, quien se dio media vuelta y salió de la tienda, Samuel salió detrás de ella, se escucharon algunos gritos, yo me quedé adentro, esperándolos. Saqué el cassette, guardé la cámara; Samuel regreso, bastante enojado, y me pidió otro modelo de cámara, pago la diferencia, y se fue.
Yo terminé mi papeleo, y cuando regresé al mostrador, una compañera que había visto todo me preguntó:
-¿Qué paso?
-No lo sé, pero me imagino
-¿Qué, qué?
-Creo que aquellos dos grabaron algo de porno casero…
-¡No mames! ¿Por eso estaba tan encabronado ese guey?
-Si, pero yo no ví nada
-¿No? ¿entonces?
-El cassette que me dieron para probar la bocina tenía a una mujer arrastrando a un hombre por la calle, pero estaban algo lejos y no se les veía el rostro, por eso pregunté: “¿Son ustedes?".
-¿Pero, ellos no vieron lo que estaba en el cassette?
-No, pero por como reaccionaron, estoy seguro de que se grabaron ellos mismos y pensaron que me habían dado ese cassette.
-Ay Memo…
Samuel y Dora llegaron a su departamento, comprobaron que su grabación porno casera continuaba donde la guardaron, abrieron la nueva cámara, y pusieron el cassette que le habían dado al dependiente.
Era una grabación para uno de los varios concursos de videoarte en los que pensaban participar.
Y desde entonces fue Dora y Samuel para todos lados y en todos lados encontrar un momento para el abrazo y el beso, para ser el Fulano y Mengana, rendirse a uno en el otro.
Entre las cosas que compartían, se encontraba la ilusión del videoasta, esa es la razón que los trajo a la tienda donde trabajo como vendedor de cámaras de video y demás artículos mientras trato de sacar avante una carrera como historiador. Era tarde, de finales de septiembre, ellos llegaron a la tienda, paro no entraron, se quedaron en el escaparate mirando los modelos que ahí se exhibían. Yo decidí esperarlos un poco, pues parecía que él sabía algo de cámaras, y le explicaba a ella cuál sería su mejor opción, después de un rato me acerqué, y comencé a trabajar, les vendí un modelo algo viejo, pero con funciones que ellos buscaban. Se retiraron pronto a probar la cámara, ellos actuaron, puesta la cámara en un trípode, los dos se entregaron al lenguaje de los cuerpos.
Regresaron unos días después, la bocina de la cámara fallaba, grababa sonido, pero no lo reproducía; buscaban cambiar la cámara, y yo estaba dispuesto, siempre y cuando comprobara que en verdad era la bocina, así que saque la cámara, ellos me dieron un videocassette –supuse que algo que habrían grabado, no me imaginaba qué- presione la tecla play, y miré…
-¿Son ustedes?- pregunté.
A él se le subió el color al rostro, sonrió nerviosamente y volteó a ver a ella, quien se dio media vuelta y salió de la tienda, Samuel salió detrás de ella, se escucharon algunos gritos, yo me quedé adentro, esperándolos. Saqué el cassette, guardé la cámara; Samuel regreso, bastante enojado, y me pidió otro modelo de cámara, pago la diferencia, y se fue.
Yo terminé mi papeleo, y cuando regresé al mostrador, una compañera que había visto todo me preguntó:
-¿Qué paso?
-No lo sé, pero me imagino
-¿Qué, qué?
-Creo que aquellos dos grabaron algo de porno casero…
-¡No mames! ¿Por eso estaba tan encabronado ese guey?
-Si, pero yo no ví nada
-¿No? ¿entonces?
-El cassette que me dieron para probar la bocina tenía a una mujer arrastrando a un hombre por la calle, pero estaban algo lejos y no se les veía el rostro, por eso pregunté: “¿Son ustedes?".
-¿Pero, ellos no vieron lo que estaba en el cassette?
-No, pero por como reaccionaron, estoy seguro de que se grabaron ellos mismos y pensaron que me habían dado ese cassette.
-Ay Memo…
Samuel y Dora llegaron a su departamento, comprobaron que su grabación porno casera continuaba donde la guardaron, abrieron la nueva cámara, y pusieron el cassette que le habían dado al dependiente.
Era una grabación para uno de los varios concursos de videoarte en los que pensaban participar.
lunes, enero 02, 2006
Antesala -el segundo antes del nuevo dia-
Y los sonidos comienzan a hacerse màs claros, y el frìo sube mientras por las rejas/protecciòn del ventanal se cuela una nueva luz. El aire contempla la vastedad de la distancia, el tiempo acaricia mi último sueño -el exilio- y mi cuerpo se prepara para el éxodo. Es la hora.
La benignidad de mi tierra mece mi andar en reflexiones de viajero, el camino es novedad antigua y calzada de profundidades ambivalentes, tanto huecas como plenas de significaciòn. Las memorias pueblan mi visiòn, mi corazón late al ritmo del de todos mis conocidos; soy todos ellos y un recuerdo, sueño soñandose en abismo de pensamiento innato, sangre de este padre Universo corre por mis venas, niega mi domesticaciòn, me lleva a todos lados y soy viento llevandom en mi camino cronicas de viaje y bagatelas de existencia, mismas que adornan estas páginas, que son información y otra parte de mi en los ojos de quines halgo de esto han leído. Gracias, a todos ustedes que han dejado un recuerdo en este hogar de muros binarios, gracias por hacerme parte de la visión y un mundo màs grande...
La claridad del nuevo día inunda la habitación, nueva luz para el nuevo comienzo. Feliz anó nuevo.
La benignidad de mi tierra mece mi andar en reflexiones de viajero, el camino es novedad antigua y calzada de profundidades ambivalentes, tanto huecas como plenas de significaciòn. Las memorias pueblan mi visiòn, mi corazón late al ritmo del de todos mis conocidos; soy todos ellos y un recuerdo, sueño soñandose en abismo de pensamiento innato, sangre de este padre Universo corre por mis venas, niega mi domesticaciòn, me lleva a todos lados y soy viento llevandom en mi camino cronicas de viaje y bagatelas de existencia, mismas que adornan estas páginas, que son información y otra parte de mi en los ojos de quines halgo de esto han leído. Gracias, a todos ustedes que han dejado un recuerdo en este hogar de muros binarios, gracias por hacerme parte de la visión y un mundo màs grande...
La claridad del nuevo día inunda la habitación, nueva luz para el nuevo comienzo. Feliz anó nuevo.
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