domingo, enero 22, 2006

“Soy yo”…

Soy el primer rayo de luz que mis ojos perciben mientras duermo en el cuarto que fuera de mis padres, soy aquellas jóvenes ramas del árbol que aún crece afuera, que aún se mecen al ritmo del viento, que aún se erigen medida del tiempo y sentido de vida. Soy el viejo camino a la vieja escuela, el sabor casi medicinal de los desayunos del DIF y el vaso azul que solía llevar para tal efecto; soy la lonchera con Gene Simona impreso en ambos lados, soy aquella bebida en embase de oso panda que hace años salió del mercado; soy una multitud de niños uniformados de blanco para hacer honores a la bandera, soy el asta que sostiene el emblema, soy la bandera ondeando viejas glorias y sentimientos chovinistas, soy la fugacidad de la educación primaria, los baños sucios y repletos de leyendas urbanas, soy el azotador en la banca de madera, soy la fiebre de la inteligencia y las clases en la clínica de asistencia social, soy el viejo barrio de calles sin asfaltar, el gris de las colonias populares, soy la música de las aburridas fiestas de adultos, soy aquel baño donde me escondí la primera vez que una canción me conmovió al llanto, soy el listón azul en la bolsa del uniforme, soy los labios de la compañerita y el silencio subsiguiente; soy las grandes distancias, fragmentos de mi país en la soledad de la carretera, soy los brazos de mi padre maniobrando el enorme volante, soy las gafas con que cubre sus ojos mientras conduce el enorme armatoste, soy la casa donde mamá espera mi regreso, soy el patio testigo del cigarrillo vespertino de algunas veces, soy la risa/recuerdo de mi madre. Soy el deseo de hacer ruido, soy más pequeño que el mundo y soy potencia en el cuerpo de doce años que fui; soy el odio, el olor a quemado, la letra gastada, la garnacha de medio día, el anhelo de aire; soy el avión que brinda breve sombra durante el vuelo, soy el libro negro de los ovnis y el primer cigarro, soy la infinidad de posibilidades, soy la bastedad de la noche y su aire frío; soy la muerte esperando por mi mismo y soy la vida negándome; soy el olor a cerveza y el inodoro que lo recibe, soy el agua que se lleva el desecho y soy el descubrimiento de la mierda flotando en la atmósfera; y soy la furia pasajera, y soy la historia que desespera, y soy la conciencia en bruto de miles que como yo salen por la ventana a escaparse del abrazo de la cotidianidad. Soy los ojos que te miran, soy esa boca que te habla y soy tus oídos mientras me escuchas, soy tu primera sonrisa hacia mi, soy tus manos en las mías, soy el calor de tu cuerpo en tu rostro y soy yo entre tus piernas. Soy el largo olvido y el poco valor para resignarse. Soy esta ciudad por las madrugadas, soy esta ansia, este sístole y diástole echándote en falta, soy esta nueva búsqueda, soy cada desempleado, soy cada página en el periódico, soy la lágrima y la nueva música, soy el héroe infante que nunca fui. Soy tanto que no puedo verlo todo al mismo tiempo, soy todo y no puedo sentir la bastedad; soy vida y el ciclo volviendo a empezar, soy la promesa de compañía, el agua anegada en el baño, el suicidio de todos los días. Soy el tipo frente a la mujer, soy la charla omitida, soy el beso robado, las ropas arrebatadas, el espacio a solas. Soy el tipo enfrentando la desnudez de la mujer, soy la brevedad de roce, la amplia caricia, soy el pecho y esa boca que de él bebe, soy la cadera y aquello que la estremece, soy las lenguas tratando el milenario pacto, soy el sexo buscando el femenino abrazo, soy el suave calor de la tarde en declive, soy la perla de sudor abriéndome paso a través de la piel, soy el gesto del coito, soy el clímax inundando aquellos labios…

Soy nueva vida gestándose en tu interior…

jueves, enero 19, 2006

Me quede ante la promesa de compañía
Y dormí, mujer, el sueño de los condenados, me hundí en penumbras de anhelos enmohecidos para desaprenderlo todo, para aprender en ti, para vivir la fugacidad sin remordimientos, conocer la cartografía del cuerpo ajeno, sumirme en el otro y en su niebla encontrar una sombra que se adapte a la mía, para seguirla, como el eterno infante, y al atraparla verificar si puede pertenecerme, para pertenecerle, para poder hablar de mi y decir: "Soy yo"

miércoles, enero 18, 2006

Así que abrí la ventana de nuevo, y me lance, otra vez, a buscarte. Solo que esta vez olvide como había hecho la primera ocasión...

Regresé al hospital, mi amigo el doctor estaba contento de volver a verme. Yo tuve mucho tiempo para contemplar el techo largamente y dibujar en sus leves sombras escenas que había contemplado en mi cabeza, en alguna ocasión, en varios sueños perdidos. Para cuando mis huesos hubieron soldado y pude levantarme, el techo mostraba un rostro muy en el estilo de Munch, y una mujer de tacones muy, muy altos parada frente a un perro amenazado por un árbol que había crecido descomunalmente; sobre ese árbol, un hombre se había apostado a mirar por la ventana, un toro más bien tierno también andaba sobre las ramas y un poco más arriba, unas manos como repeliendo la escena entera y mi insistente mirar.
Fueron esas manos las que me empujaron fuera de la habitación, a mi recuperación. Fueron mis piernas dándome una dolorosa bienvenida, y fue el raro azul de los pasillos el que me tenía grabando en mi memoria las horas y el curso del rayo de luz incidiendo en cada barrote de cada ventanal del recinto. Y mi vida como estancada hasta que una mujer me alcanzo en uno de mis paseos por el largo corredor, la mire, ella sonreía debajo de los cabellos que le caían en el rostro.

-“Te amo por lo que eres, y no por lo que serás”- dijo

-… Yo no te amo.

-“Te amo en esta pausa, en esta posibilidad tan infinita”.

-… Así son las posibilidades todas; nunca te fíes de un hombre mirando a la ventana mientras se encuentra anclado a sus muletas.

-“Te amo aquí, en este momento que es mío y tuyo si quisieras”…

Y quise irme, pero cedí; me quede ante la promesa de compañía…

martes, enero 17, 2006

Soñé sueños de alas y viejos amigos a mi encuentro…

Soñé contigo, y me prometí que sería la última vez. Me obligue a despertar, regresé a casa. En la habitación me esperaba la muerte, que muy seria decía:

"Deberías quedarte conmigo"

Y la mire un rato antes de decirle:

-Mírame, ya no soy tan fuerte como antes, pero aún no voy a ceder, no estoy interesado, en lo más mínimo, en eso que ofreces. ¿Para qué tantos kilómetros en las plantas de mis pies? ¿Para qué tantas noches? ¿Para qué los días y esta memoria? Valen tanto la pena como para tomarte en cuenta, todavía no.

Así que abrí la ventana de nuevo, y me lance, otra vez, a buscarte. Solo que esta vez olvide como había hecho la primera ocasión...
Cerré la ventana, el aire frío se quedo a tomarse un café conmigo…

Y cuando la luz llego para iluminar de nuevo esta parte del mundo, yo ya me había ido. Mi alma se lanzo, desde la misma ventana, a buscar a aquella que había perdido. Yo no podía quedarme en aquel lugar, así que abrí por completo la ventana, y salí detrás de ellos.

Para aliviar la sensación de vacío.
Para salirme de ese cuarto tan frío.
Para gastar este furor que me acaba.
Para darle alcance a mi alma.
Para sentirme un poco más completo durante esta sensación de ingravidez, para sentir el mundo de otra forma, en el aire, como una palabra, como una frase completa, como un avión de papel en vuelo efímero; como una parte de una idea que busca refugio, como un destello en la oscuridad. Vuelo, y en mi vuelo te busco, te anhelo, te invento en el viento que recorre mi cuerpo. Te veo en todo lugar, eres la persistencia de mi memoria, el sabor que le falta a mi saliva; eres la sensación perdida en mis manos, el otro aroma de mi cuerpo; eres la herida en mi costado, la bomba hilarante en mi estomago, la fuerza de mis pies, cada paso dado en rededor y en aras de otro momento más de ti. Eres la larga ausencia, mi confrontación, mi deseo, mi descanso, mi vuelo efímero.

Una vez que hube bajado a la tierra, me encontré lo suficientemente lejos de casa como para pretender regresar a pie. Así que me senté a la sombra de una pared muy larga aunque no muy alta, y descanse ahí.
Soñé sueños con alas y viejos amigos a mi encuentro…

lunes, enero 16, 2006

Mis ojos descansaron el tiempo suficiente para verte claramente, cuando pasabas frente a mi…
Y me quede ahí, como clavado al suelo, pero mi alma fue detrás de ti, pregunto tu nombre a una transeúnte y no o supo, pero le recomendó seguir detrás de ti a preguntarte directamente: ¿Cómo podré llamarte, amor, sin que el aire se lleve mi aliento?
“Llámame amor, no temas, que en mi mar no naufragarás de noche”

Y al otro día me encontré a mi mismo, naufrago de tu cuerpo, de tu espíritu; naufrago de tu voz que alimentaba cada emoción mía y la hacía película gris en vilo y precario equilibrio en mis ojos. Naufrago de razón, pues perdí el sentido de las palabras y muchas cosas; naufrago de sentidos, ciego, sordo, completamente inútil para lo cotidiano, pero experimentando en mi el recuerdo tuyo hasta que se fue gastando. Tenías todos los rostros y ninguno, la medida de tus labios marcaban el ritmo de cada beso practicado en el aire y la promesa del rescate marcando distancias incognoscibles. Naufrago haciendo a vela, improvisando cada respiro, cada palabra, reaprendiendo todo y pretendiendo comenzar aquí una nueva civilización que rompa el flujo histórico, que consuma en llamas cada letra impresa sin motivo, que destruya cada página plena de gimoteos y llantos en tono agudo, y con ese tono beligerante regresar a este lado del mundo, un tanto solo, pero dispuesto a dar fiera pelea por la conquista de este espacio perdido, espacio mío, pero tuyo cuando, apenas abrir la puerta, me topo con tu recuerdo que abre la ventana –la misma por donde saltara la muerte hace tanto tiempo- y se despide para lanzarse al vació de neones y luces traseras y camiones de carga y velas rotas.
Cerré la ventana; el aire frío se quedo a beberse un café conmigo.
Así que me consiguieron un doctor –de asistencia social, claro- y bajo su techo me recostaba a esperar a que se hiciera de noche…
Pero el día insiste en su importancia mientras el doctor pone música suave en un reproductor de CD´s un tanto viejo, elige algo de Elliot Goldenthal, para después instalarse en algún lugar fuera de mi rango visual, y dice:

-Voy a darte vitaminas.

A lo que respondo:

-Eso esta muy bien, pero la verdad es que sufro de insomnio…

Entonces el doctor dijo:

-Siendo así, voy a darte somníferos.

A lo que repliqué:

-Eso no suena bien, soy fácilmente adictible.

Y el doctor repuso:

-Ah, bueno, entonces puedo programar tu ingreso en nuestra clínica de desintoxicación.

Y yo declaré:

-Eso dañaría cualquier otra cosa en mi cabeza.

El galeano repuso:

-Entonces te mandamos a hacer unos encefalogramas.

Cosa que no me agrado, así que respondí:

-Suena maravilloso, pero de verdad que no estoy de humor.

El doctor, un poco intrigado por el nuevo mal, propuso:

-Entonces lo que te hace falta es un análisis de sangre para detectar la falta de sales minerales.

Yo, un tanto aburrido, declaré:

-Doctor, mirar su techo me deprime.

Y el doctor, tan infalible, dijo:

-Entonces te mandaré Transxene 90

A lo que respondí:

-Doctor, no puede darme drogas sin que me quede prendado de ellas.

Entonces, el doctor apareció frente a mi, y puntualizo:

-Entonces, de una vez por todas, te ingresamos en la clínica de desintoxicación mientras controlamos tu falta de hierro y de sueño y esas bajas de ánimo que suelen empeorar.

A lo que repuse:

-Doctor, lo que necesito es salir, cambiar de aire, velar con un objetivo. Necesito un tema nuevo, no esta hacinación de conceptos y prejuicios. Necesito irme de aquí.

Y el doctor finalizo:

-… Si, eso también serviría.

Y abrió la puerta, me palmeo la espalda, y una brisa refrescaba la tan retrasada tarde que –al fin- caía. El mundo había cambiado otra vez, yo mismo me sentía un tanto yo con algo de este nuevo Mi que ahora era.
Camine hasta la orilla del valle, la oscuridad comenzaba a llenar el paisaje.
Mis ojos descansaron el tiempo suficiente para verte claramente, cuando pasabas frente a mi…

jueves, enero 12, 2006

Crezco, y hecho un tanto de menos a aquel que era yo.
Aquella situación comenzaba a desesperarme, en verdad a de desesperarme, así que tomé los vocablos que había aprendido a hilar, y fui a hablar de esto con alguien...
Un hombre como de unos cien años dijo que eso era algo muy normal, que a veces pasaba.
Otro hombre, con la mitad de años que el anterior, dijo que aquello solo era ocio elevado a la falta de sueño, que mejor me buscara otra cosa mejor que hacer.
Una mujer me miro, largo rato, antes de mover la cabeza en negativa.
Mis hermanos me invitaron a jugar otra cosa
Mis amigos me hablaron de cosas que no tenían nada que ver
Un perro me escucho atentamente.
Y eso estuvo bien...
Sin embargo, siempre hay alguno que no esta muy de acuerdo con que convengas en hablar con los perros cuando tienes algo que decir, así que varias personas charlaron entre si y decidieron que era mejor no dejarme salir por un tiempo, por lo menos no mientras el sol brillara tan insistentemente. Así que me consiguieron un doctor –de asistencia social, claro- y bajo su techo me recostaba a esperar a que se hiciera de noche…

martes, enero 10, 2006

Y el vacío lloró lagrimas de cuenca entera.
Y la soledad se hizo tan grande que ya no era posible verla completa si no desde lejos, muy lejos.
Y mi fatal compañera dejó el cuarto saliendo por la misma ventana que diera paso al sueño verdadero……

Entonces el mundo cambió sobremanera y por largo tiempo, amaneció, la luz se abrió paso por entre las cortinas, la cotidianidad arrancaba para aparecerse como siempre, más sin embargo el sol no dejaba de brillar, todas las horas parecían ser la misma, los minutos se habían tornado imperceptibles. La pausa, el vivir en medio de un paréntesis de medio día con un mismo y recurrente tema. Estoy creciendo.

Crezco, angustia adolescente de jarras llenas, de palabras vacías, de fiestas sin sentido y sin rumbo definido; crezco, pregunta de varios días, crezco como la espuma y analógicamente al polvo en el quicio de la ventana. Crezco y veo un poco más lejos y no voy hacia allá, crezco y los pantalones empiezan a no quedarme igual y las miradas otro tanto; crezco y esta luz que no se apaga, este insomnio que no cede terreno, este caminar tanto y para nada, este día tan estancado y esta piel que no consiente que estos huesos se vuelvan tan pesados; crezco y pierdo sentido de la orientación y del dogma, crezco, y hecho un tanto de menos a aquel que era yo…

viernes, enero 06, 2006

Desde el final

La muerte llego de noche, traía consigo noticias para cambiarme el rumbo, dijo que me amaba, pero yo aún no estaba dispuesto a consentir su abrazo, así que le dije:

Amor de Uno en el frío de las dos de la mañana
Amor infertil y desde un principio condenado.

Y la ignoré lo más que pude.

La ignoré a los diez y siete años, a la puerta del templo y cada mañana, cuando salía a correr para deshacerme de la excesiva energía adolescente; la ignoraba en las tardes cuando se instalaba en el punto más alto de la biblioteca municipal, y conjuraba lecturas que me dejaban con el alma clavada en la silla, y la sangre hirviendo, consumiéndome, adelantándome años a mis cogeneracionales; la ignoré cuando, vestida de mujer, entro a mis sabanas, fría, anhelante hedonista orgullosa de su intrigante naturaleza. Entonces, un día, un soplo de verdad entró por la ventana, y las sabanas se llenaron de color, el primer recuerdo se hacia presente, mi infancia comenzó y terminaba en este momento, fuerza incognosible que estaba en mi y con ella llenar de luz la habitación, el edificio/hacinamiento que contiene este departamento donde vine a encontrar refugio, los caminos que son mi andar; aire que es esencia para la vida y vida en rededor. Mi fatal acompañante dijo:

-“Deberías quedarte conmigo”

A lo que respondí:

Amor de Uno en el frío de las dos de la mañana
Amor infertil, desde un principio condenado
Amor sin camino, sin lugar en el mundo.
Podrías quedarte conmigo,
Y morirte, muerte, a la espera del fruto mío.

Y el vacío lloró lagrimas de cuenca entera.
Y la soledad se hizo tan grande que ya no era posible verla completa si no desde lejos, muy lejos.
Y mi fatal compañera dejó el cuarto saliendo por la misma ventana que diera paso al sueño verdadero…

jueves, enero 05, 2006

Samuel/Dora

Dora conoció a Samuel en el baño de mujeres, él, ávido de anécdotas y furor etílico, había entrado para deshacerse de la cerveza que ya no necesitaba, ella, un tanto aburrida y un poco encantada, tomó su cámara fotográfica y se acerco al apartado donde Samuel orinaba, le tomo varias fotos mientras el se llenaba los ojos con las visiones femeninas acerca del sexo y cuestiones varias plasmadas con rotulador en la pared de aquel sitio.
Y desde entonces fue Dora y Samuel para todos lados y en todos lados encontrar un momento para el abrazo y el beso, para ser el Fulano y Mengana, rendirse a uno en el otro.
Entre las cosas que compartían, se encontraba la ilusión del videoasta, esa es la razón que los trajo a la tienda donde trabajo como vendedor de cámaras de video y demás artículos mientras trato de sacar avante una carrera como historiador. Era tarde, de finales de septiembre, ellos llegaron a la tienda, paro no entraron, se quedaron en el escaparate mirando los modelos que ahí se exhibían. Yo decidí esperarlos un poco, pues parecía que él sabía algo de cámaras, y le explicaba a ella cuál sería su mejor opción, después de un rato me acerqué, y comencé a trabajar, les vendí un modelo algo viejo, pero con funciones que ellos buscaban. Se retiraron pronto a probar la cámara, ellos actuaron, puesta la cámara en un trípode, los dos se entregaron al lenguaje de los cuerpos.
Regresaron unos días después, la bocina de la cámara fallaba, grababa sonido, pero no lo reproducía; buscaban cambiar la cámara, y yo estaba dispuesto, siempre y cuando comprobara que en verdad era la bocina, así que saque la cámara, ellos me dieron un videocassette –supuse que algo que habrían grabado, no me imaginaba qué- presione la tecla play, y miré…

-¿Son ustedes?- pregunté.

A él se le subió el color al rostro, sonrió nerviosamente y volteó a ver a ella, quien se dio media vuelta y salió de la tienda, Samuel salió detrás de ella, se escucharon algunos gritos, yo me quedé adentro, esperándolos. Saqué el cassette, guardé la cámara; Samuel regreso, bastante enojado, y me pidió otro modelo de cámara, pago la diferencia, y se fue.
Yo terminé mi papeleo, y cuando regresé al mostrador, una compañera que había visto todo me preguntó:
-¿Qué paso?
-No lo sé, pero me imagino
-¿Qué, qué?
-Creo que aquellos dos grabaron algo de porno casero…
-¡No mames! ¿Por eso estaba tan encabronado ese guey?
-Si, pero yo no ví nada
-¿No? ¿entonces?
-El cassette que me dieron para probar la bocina tenía a una mujer arrastrando a un hombre por la calle, pero estaban algo lejos y no se les veía el rostro, por eso pregunté: “¿Son ustedes?".
-¿Pero, ellos no vieron lo que estaba en el cassette?
-No, pero por como reaccionaron, estoy seguro de que se grabaron ellos mismos y pensaron que me habían dado ese cassette.
-Ay Memo…


Samuel y Dora llegaron a su departamento, comprobaron que su grabación porno casera continuaba donde la guardaron, abrieron la nueva cámara, y pusieron el cassette que le habían dado al dependiente.

Era una grabación para uno de los varios concursos de videoarte en los que pensaban participar.

lunes, enero 02, 2006

Antesala -el segundo antes del nuevo dia-

Y los sonidos comienzan a hacerse màs claros, y el frìo sube mientras por las rejas/protecciòn del ventanal se cuela una nueva luz. El aire contempla la vastedad de la distancia, el tiempo acaricia mi último sueño -el exilio- y mi cuerpo se prepara para el éxodo. Es la hora.

La benignidad de mi tierra mece mi andar en reflexiones de viajero, el camino es novedad antigua y calzada de profundidades ambivalentes, tanto huecas como plenas de significaciòn. Las memorias pueblan mi visiòn, mi corazón late al ritmo del de todos mis conocidos; soy todos ellos y un recuerdo, sueño soñandose en abismo de pensamiento innato, sangre de este padre Universo corre por mis venas, niega mi domesticaciòn, me lleva a todos lados y soy viento llevandom en mi camino cronicas de viaje y bagatelas de existencia, mismas que adornan estas páginas, que son información y otra parte de mi en los ojos de quines halgo de esto han leído. Gracias, a todos ustedes que han dejado un recuerdo en este hogar de muros binarios, gracias por hacerme parte de la visión y un mundo màs grande...

La claridad del nuevo día inunda la habitación, nueva luz para el nuevo comienzo. Feliz anó nuevo.

viernes, diciembre 30, 2005

Occidente -arritmia y otras fallas 3-

A pesar de todo, detrás de los pétalos cardinales esta el mundo.
Occidente, con toda su grandeza, no es más que un fragmento, una parte del todo que clama por todo. Unidad de frágil cohesión que cede al más mínimo roce o tensión. El fragmento se fragmenta pero el mundo conserva sus gigantes; estos fanfarronean, conspiran, se pisan la cola y se ofrecen disculpas; a veces mutuamente. Otras veces se juntan y se dividen los ideales; las creencias se llevan al paroxismo y los pechos se inflan a la par de las banderas, los puños en alto fuertemente apretados, y los pies firmemente plantados sobre los menos afortunados; cada quien de su lado o de lado y todos entonando similares himnos a la fraternidad. Los sentimientos afloran entonces y las patrias cobran importancia en relación directa con el número de sus muertos. No hay gloria para los vivos. Para ellos, en cambio, se componen las canciones y los festejos; un pequeño lapso de tiempo entre encuentro y encuentro. Se inventan las fiestas, ¿por qué no? cualquier motivo es bueno para dejarse llevar por el corazón. Cualquier causa es idónea para llevar los impulsos y los sentimentalismos, los pensamientos y las condescendencias, al más completo paroxismo. En verdad me gustaría saber: ¿dónde termina y donde comienza el circulo? La respuesta no se encuentra en los registros de ninguno, pues a pesar de las coincidencias –aquellas a las que se ha llamado conocimiento- no estoy seguro de que todas concuerden con todos.
Y otra vez las sentencias, otra vez los proverbios; otra vez los fatalismos, pero no te preocupes, hace apenas un momento acabo de caer en cuenta de que en verdad cada cabeza es un mundo. No sé si me entiendas... no tienes por que hacerlo; pero sucede que a mí el mundo se me aparece de diferente manera. Trato de hablar de occidente todo sin parar un momento en su más pequeña parte que es cada uno. Tratando de hacer comprender los catárticos versos solamente fui minando mis fuerzas. Ahora, arrastrado hasta este estado de casi desesperación, doy bruscos giros de cervicales para encontrar la luz que guíe mis pasos, la dirección a la cual enviar gritos o pequeñas muecas, agito mis manos y doy saltos tratando de dirigir la atención aunque fuese sólo un momento, cuando lo consigo no encuentro nada que decir, nada que hacer; y es que entre tantos y tantos ya no encuentro diferencia a pesar de su innegable presencia. ¿¡Es acaso que no pertenezco a este lugar!? No, no es eso, es el agobio de la irrepetible consecuencia. Es el caer en cuenta –de la misma forma que las piedras caen al río- que la diversidad acusa de presencia, ya sea que se tome en cuenta o no. Quiero decir con todo esto que en verdad todos somos diferentes, que la vida se sucede para todos de manera diferente aun que haya veces en que las coincidencias y las circunstancias nos lleven a conocernos unos a otros. Todos nacemos y todos morimos, los causes seguirán su marcha y los hombres continuaran su milenario curso sin poder evitarlo. La historia sigue y con ella todos los motes inventados en su transcurso, Oriente y su contrario; Occidente, Occidente, Occidente siempre presente. No sé si existe el destino, en verdad que no tengo la energía ni el deseo de tratar de averiguarlo. Sólo sé que aquellas idas y venidas, aquellas sorpresas que nos deparan las vueltas en la esquina pueden resultar agradables o no sin que podamos hacer nada por evitarlo, o casi. Por que entre todas aquellas cosas que podamos evitar no se encuentra la incomprensión de nuestros congéneres; tal es una utopía. Si alguna vez llegaste a pensar: “Es que no me entiende”, permíteme decir que esta de más el que te agobies por ello, lo que es más, te ahorrare el misterio: tienes razón. No te entienden, no me entienden, no nos entendemos, y no importa; por que siempre ha sido así, sólo que nadie lo admite de manera abierta. Diré entonces que nunca supe como sobrellevar la carga, no pude relacionarme con las personas, por que las personas no entendían el por que de los por que. Por ese entonces yo no caía en cuenta, no todavía... por lo que seguía tratando.
A pesar de la inútil lucha, a pesar de la rendición, a pesar de las penurias y del barro que tiene un gusto amargo en la boca, no pude relacionarme con la gente. Mía nunca fue la costumbre de hablar. Así es por que así siempre ha sido. No entiendo, no logro hacerme entender, no nos entendemos. Antiguamente, las palabras se escribían juntas, ello dificultaba la lectura, y ese estilo, ese problema, tenía un nombre: Koine, común; común del cual derivan comunidad y comunicación; del que proviene un sistema confuso y dable a mil interpretaciones y millones de interpretadores ¡Vaya con la ironía! El caso es que ahora las palabras se encuentran separadas entre sí, y ese espacio es suficiente para que un abismo se abra entre nosotros. Insoldable intersticio entre términos que forjan una cadena de comunicación incomunicable, ¡Que risa de sistema! Entre muros y palabras se encuentra la gente, no sé como describir el estar acorralado entre las palabras y las cosas. Ciertamente quedan los resquicios, aquellos por donde las narices apenas asoman y olfatean, tímidamente, tratando de adivinar que hay enfrente. Y estamos nosotros, imagina la escena: mirándonos y olfateándonos para poder nombrarnos después. Índice o breviario, pareciera que este es un mal necesario, que de hecho lo es. Lo es por que sin nombre nadie da constancia de los actos o de las omisiones, no queda registro y todo cuenta, todo cuenta; cuenta la intención y el olvido, la determinación o el descuido. En mi boleta llena de manchas y correcciones se puede leer un casi obituario. No existe la costumbre de mi timbre y así sigo, entre seña y tacto, voz y silencio; llenando los papeles con comas y puntos suspensivos...

Pero no importa, no importa cuanto pueda decir o gritar, cuantas páginas se llenen con las miles de quejas o reflexiones, con las múltiples descripciones o crónicas; difícilmente se encontrara eco en los millones de almas que conforman este mundo tan irracionalmente dividido, por lenguas o confines territoriales; por hegemonías o carencias; o por el lado por el que sale y/o se oculta el sol. El mundo no sólo es vasto sino también infinito, limitado por la necedad natural del hombre o tal vez por su instinto. Así, entre el mundo, sus direcciones, el hombre, la lengua y el instinto, ya no sé a donde dirigir mis pasos, ya no encuentro camino, y pensar que las brechas se abren interminables frente a mí. Son las sendas de las miles de interpretaciones marcadas por los millones de interpretadores; la mía parece una más. Ahora comprendo un poco la intolerancia, la contrariedad de las diversas opiniones, la disposición a la pelea por ideales que ni siquiera se conocen a ciencia cierta –por no esperar a que se diga que se comprenden cabalmente- Ahora sé que en verdad podría matar a cualquiera que llegara a tratar de contradecirme, que podría despedazar aquella visión que no abarque en alguna forma mi perspectiva de las sucesiones temporales que se suele llamar vida, pero no tengo derecho a ello, ninguno. No puedo afirmar los errores o los aciertos, no puedo clamar verdades o refutar afirmaciones, por que mi visión no es la misma que la tuya; o la de aquel hombre que se levanta temprano todos los días para luchar por la supervivencia; o la de aquella niña que se pinta la cara y sale a hacer malabares a mitad del viaducto; o la de aquel chico que nació al último y siempre hace lo que quiere por que es lo que siempre ha hecho, y que nunca le ha faltado nada por que nada hay que no pueda comprarse, y que cree que la vida es dulce por que no ha tenido que salir a lidiar con las miles de interpretaciones, o a hacer malabares en algún crucero esperando que las luces no cambien demasiado rápido, o a tratar de darse a entender por medio de términos demasiado usados y con un sistema supuestamente organizado... No puedo, no me alcanzan las palabras, no me basta el mundo. No me sobran energías para seguir tratando, pero ya no puedo detenerme. Que importa que el mundo sea tan chico y tan basto, que importan las declaraciones de los demás, no importa que como tu sólo exista una persona y sea la que miras todos los días al espejo. Alégrate, es cierto eso de que eres un ser único e irrepetible, que puedes reconocerte en tu reflejo y no salir corriendo cuando miras al espejo; que puedes – ahora al menos- salir a la calle a dejar de preocuparte por tratar de cambiar al mundo o de hacerte entender, poca gente lo hará realmente. Sin embargo, no es dable tratar de mantener una actitud de desenfado existencialista ante los otros –sean muchos, pocos, o el resto del mundo- esas no son más que mascaritas que la vicisitud se inventa y la idiosincrasia fomenta, meros productos de un hábitat; que estoy hablando de occidente a fin de cuentas, en su muy particular, y plural, y general forma.

Por lo que, a pesar de la capacidad integrativa de la comunidad –hablo de esta parte del mundo- no quedas regida por las pautas de comportamiento, y no te atienes a la actitud comunicativa de los grupos, y el sistema no funciona para ti, entonces no juzgues; no sermonees; no prediques con verdades sustentadas en un absolutismo fácilmente abolible por la relativa verdad de los demás; no culpes –carga tu propio saco- tampoco pretendas ser diferente, es obvio que no somos iguales. Créeme, no teorices o lamentes perdidas que tal vez eran inevitables, no reniegues de tu situación en el mundo ni te aferres tanto a algo cuando de hecho lo has perdido; y jamás, jamás pienses que tus palabras son dogma, pues la razón te acompaña en la misma medida en la que estas equivocada.

Créeme, así pasa siempre en Occidente... y en el resto del mundo.

Créeme.
Y no me creas.

jueves, diciembre 29, 2005

Occidente -arritmia y otras fallas 2-

A la espera de nuevas cosas se encuentran cosas que esperan el momento en que se les considere nuevas; la paradoja no es tangente, sin embargo, es y fue impuesta hace ya tanto tiempo que cualquier otro estado parece fuera de lugar. Los manifiestos se transfiguran y aparecen como nuevos dogmas sin la calidad divina de estos. Nueva exégesis, introito decano, simple desencanto ante las formas que de tan vistas han perdido forma y han dado figura característica a este lado del mundo. Este lado es el resultado de las evasiones o las ilusiones, y la arrogancia, presuntuoso ideal por formar algo nuevo cuando antaño se advierte: “no hay nada nuevo bajo el sol”. ¡Que hilaridad! No es nueva la certeza de que existen quienes se consideran cultos o enterados milenarios; son aquellos que con unos cuantos proverbios en mente lanzan concepciones definitorias y colectivas del mundo sin dejar nada en claro, y, adaptando las palabras a la genialidad de su filosofía y sus supuestos, van inventando rutas a las llanuras o al centro de la luna para obligarse a vivir una vida mejor.
Más les hubiese valido encontrar dichas rutas, hallar el camino hacia el centro y una mejor vida; más les hubiese valido, a fuerza de necedades, convencer al resto del mundo que en verdad el mundo no basta, que siempre se hallan rutas catárticas para deshacerse del hastío y salvarse de la condena por accidia, pero la historia, entendida como tal, no deja de proyectarse ilimitada e indefinidamente. Los conceptos fallan y se señalan culpables que la misma historia no ha sabido redimir, y los sabios -unos cuantos- desdeñan las rutas y las orillas, desdeñan los sueños, las esperanzas; y lanzan proverbios que se vuelven la bandera ondeante a la derecha de la cruz: “no hay nada nuevo bajo el sol”.
Entonces, ¿no hay culpables? No lo sé, a veces parece que simplemente se señalan direcciones para hacer menos pesada la carga, pues en verdad el mundo, a veces, no basta. Este mundo, a veces, se aparece claustrofóbicamente muy pequeño.
Ante estos limites se trazan las fronteras y se dividen los botines, junto con ellos las expectativas; tal ves los ancianos simplemente están amargados, tal ves la visión que les dejó la negra luz de cierto mediodía mancho su lengua y marco nuestro estigma, impuso la imagen y con ella, el insulso respeto, pero, pragmáticos a fin de cuentas, rendidos a los insultos, a las reglas, a las obligaciones, tomamos como verdades a medias o mentiras completas todas aquellas expresiones -ya sea que formen parte del folclor o no- que se hayan repetido las veces suficientes para ser tomadas en cuenta y catalogarlas como conocimiento. Es la semejanza, la casualidad que hace surcos; la repetición intermitente e inminente indica –tal vez- que aquello que ha sucedido antes puede volver a pasar, entonces, los observadores enfrascados en la comprensión del mundo, fatalistas empedernidos y de basto vocabulario dictan pequeñas y simplistas frases que envuelven y conmueven a la comunidad por su perenne contundencia.

Así, con la frase acuñada y colocada sobre un pedestal se fraguan los métodos y las rutas a seguir para “comprender el presente y proyectar el futuro”; el pasado visita al nuevo pasado –que es nuevo a pesar de las apariencias- para dar prueba del peso de las sentencias, para, con ayuda de estas, crear sentencias nuevas que den fiel muestra del interminable circulo de memorias hacinadas que resulta esta historia. Sabios, fríos por causa del entendimiento o del miedo, sin sorpresas no tiene caso recorrer la finísima senda de plata que separa a los cuerpos tangibles de los que no lo son, o al menos eso se dice comúnmente. Comúnmente también se mezclan los roces entre el prójimo para no enfermar de misantropía, pero no es común aceptar que no haya nada nuevo bajo el sol. Cuan triste es el mundo si las cosas sólo suceden una vez y suceden para siempre, cuan vacío; cuan terrible es mirar la situación actual y caer en cuenta que es la misma que hace dos o tres milenios, o cuanto tiempo tenga este hermano sobre la tierra. No digan: “así siempre ha sido” que se me pudren los oídos de tanta blasfemia, no lo digan. No reafirmen la animalidad del hombre en frases vanas y de tan vacíos vocablos, no concatenen palabras con hechos; no me pidan que baje la cabeza y siga mi camino, pues lo más seguro es que a la vuelta de la esquina me encuentre con algún caníbal o abominable engendro exitoso ricamente ataviado en el ir y venir del furor citadino –enteramente occidental- con el trasero orgullosamente erguido y descolado, andando aprisa por que se le acaba el tiempo más no el ciclo, ciclo de bestias dispuestas a armarse antes de consolar a las famélicas madres que se mueren de hambre y fe.
Las yugas son terriblemente largas y la comprensión tan pequeña. Unos pocos se agremian y comparten ideales, forman pequeñas islitas elitistas, celosos de su lugar y su mote, que luchan por permanecer en la memoria colectiva más como aquellos que aguantan castigos con entereza que como los que hacen la diferencia; de nada sirve el drama, o la información, o todas las riquezas materiales o cognoscitivas si no bastan para desarmar esta máquina tan perfectamente anclada, tan amarrada al sistema, enterrada a profundidades que sobrepasan las de nuestras raíces. “Y es la historia” me vienen a decir, “es resultado del proceso histórico” ¡Patrañas! Entre la historia y las inexistentes novedades bajo el sol se van juntando “las piedritas en el costal” El peso lo llevamos todos, y de esa manera, el mundo –ya no digamos occidente- se sume en confusiones que sólo desatan la ira de la colectividad. Mundo sumido en depresión y dudas existenciales, vaya mundo tan subdesarrollado.

Triste ironía, sin más remedio que seguir el rumbo de la historia estamos apartados de la historia, y pensar que somos parte de occidente y sus maneras... Casi todas ellas. A pesar de la pobre modernidad a la que nos hallamos condenados, sobrevivimos mimetizados, adaptados al clima y sus inclemencias, haciendo gala de la educación y la facilidad de la palabra, de la sonrisa y del mutismo. El ingenio nos lleva al pináculo, nos adora, nos vuelve invencibles; pero cualquier giro basta para caer rodando de esa efímera cima; al final de la cuesta nos aguarda la comodidad de alturas inventadas por el ingenio de otros que temen a las verdaderas alturas, lamentablemente ahí nos refugiamos –y nos refugiaremos, quien sabe cuanto tiempo- Esa fútil trinchera nos manda aún mas lejos del flujo del tiempo pero no nos resguarda de sus efectos; esta tierra se hace vieja, tanto como las costumbres y la lengua, muy a pesar del continuo surgimiento de neologismos. Esta tierra se hace vieja y a pesar de ello los más viejos insisten en mantenerla apartada del lo que cómodamente se ha llamado modernidad, rechazada por algunos, adoptada por otros, pero que por encima de las concepciones se ha convertido en el salvo conducto del absurdo y la manutención de la paz. Ahora el ideal se conserva bellamente enfrascado. La paz, imperecedera, ya no es aquel inocente deseo de fraternidad tan acusado en el siglo pasado, ya no; de ella sólo se conservan las flagrantes faltas al gusto de unos pocos que antaño sentaron las bases para construir esta naturaleza tecnológica y malsana, esta modernidad. La paz ahora es el viático, el motivo, sustento de la razón caucásica, nada lejos del elitismo y el sentido de pertenencia. Una y otra vez son expulsados vapores que dejan en el aire el aroma a herrumbre de la pólvora y deja en claro que la razón se estrecha entre continentes y que la paz, tan en boga, sólo se encontrara una vez que se abandone cualquier noción de esta... la verdad no ayuda a nadie a comprender, pues existen tantas verdades como cabezas en este mundo.

De repente hay un descanso, es el fin del tiempo. Una noche sin más característica que ser la última de las noches pactada por el concilio del meridiano. Esa oscuridad transcurre llena de recuentos de daños y sensacionalismos... nada nuevo. La sensación de enfilarse inevitablemente a la nueva vuelta de rueda trae consigo la nostalgia por los días de juego, al alma acude entonces una triste palabra: nenemjliztli.
Apostado en la punta del cerro puedo ver todo el valle y sus alrededores; las sombras, nítidas a pesar de la oscuridad, dibujan un paisaje que de no ser por el adorno que confieren las miles de luces en tierra y cielo seria tan seco y burdo como el plúmbeo valle de todos los días, a veces ornamentado por una luz lechosa que dista mucho de ser natural. Esta noche es noche de fiesta; mi festejo es la retrospectiva. Ahí, de pie ante el frío correr del viento y del tiempo, me despojo de todas las memorias que puedan causar la apostatica repetición de sucesos que den lugar a algún proverbio; me despojo de lo que es ajeno y de lo que creí mío; veo cuan profundo puede entrar la imagen y cuan vacío puede estar uno; veo, inevitablemente, cuanta vida puede albergar el duro concreto y la tosca bombilla, si es que platicando con las paredes o los focos estos se pueden llenar, de alguna manera, de vida. Las fronteras persisten, las esquinas no tienen más historia que contar que aquella lucha o luchas que se libraron en sus alrededores. Las páginas, los números, los lugares están llenos de sangre y la incredulidad impera a pesar del hedor. Un jardín de rojos fulgores se vislumbra en el horizonte, un violáceo color lo ilumina y el silencio se rompe por cientos de truenos en rededor, es la guerra o el furor festivo... da igual; una nueva ráfaga de aire cala mis huesos y me obliga a contraerme, minimizarme, llevarme a la cada vez más pequeña expresión de la materia para, con ello, saber a donde me conducen las silabas de esta antigua y desusada palabra, entonces voy más atrás del castellano, un paso antes de la joven muerte de un imperio pretenciosamente universal, sólo para ver que efectivamente hay un abismo en el espíritu y una incesante caída. “Es la historia, hijo” Si, y es también el hombre, el hombre y sus costumbres, sus ideales, y sus errores que llenan este momento de por sí lleno de muerte. El horizonte antes descrito es marco del fin y también testigo del nuevo día, del nacimiento, y del conglomerado de muertes que edifican y sostienen esta modernidad, que han escrito esta historia. La noche de año nuevo marca la ineludible ruta de destrucción que ha de seguirse sólo por que la naturaleza se aparece tan artificial y manipulable ante el humano. El mundo se ha convertido en campo de un sádico juego, y la rueda que no deja de girar. El círculo vicioso encuentra el punto en el que la historia termina y empieza; vivir es a morir como la paz es a la guerra. Maldita relación, la proporción deja en sus diagonales una vacua sensación de cansancio. Mi mente, rendida, acude al abrigo de autores muertos y lanza gritos de auxilio, sólo uno responde al llamado: Apollinaire, sus palabras llegan heladas y dan comienzo a una muerte que se parece al sueño:

“Al fin estas cansado de este viejo mundo”

Si, estoy cansado, sin embargo, quiero quedarme un poco más. Quiero ver con mis propios ojos la renuncia a las cosas del hombre; quiero quedarme a superar el miedo a los nuevos monstruos, tan naturales como el amor o la moral; quiero poder apostarme de nuevo en esta cima y no experimentar cada amanecer como un sinsentido sinfín del curso histórico; quiero poder decir, cuando llegue el momento, que he vivido y no que sólo fui partícipe del flujo del tiempo y de las circunstancias. A mi alma llega de nuevo esta palabra y por fin comprendo su sentido:
Nenemjliztli es vivir en vano.

Y aquí estoy, a pesar de mis esfuerzos, desnudo, temblando de frío y de rabia en la cima del mundo, contemplando los despojos del tiempo... y del hombre.

martes, diciembre 27, 2005

Occidente -arritmia y otras fallas 1-

De la noche a la mañana, los reflejos cambian aún cuando parezca que la imagen persiste. Es ese el instante del instante en que la conciencia crece durante aproximadamente un segundo o menos que eso. Idos, las formas se presentan tal cual son, los brillos de los ojos dejan ver la manera en la que se ha sido retratado; y justo cuando la comprensión comienza su trabajo de desengaño, el instante se acaba. Entonces vuelve a ser el reflejo simple reflejo del cascaron. El alma se vacía en el ritual de la presentación, el exceso de bello en el rostro no funciona para los tópicos. Así entonces, hay que salir a mostrar un rostro más no el cuerpo desnudo. Los atavíos siguen reglas no escritas, los comensales siguen reglas no escritas, los consumidores siguen reglas no escritas, los predicadores siguen reglas no escritas, y de esa forma, nos hemos inventado una tierra de nadie. Bienvenidos a Occidente.

Sin ninguna conciencia de los asuntos legales de los que no lo son, los pueblos se encuentran en eterna disputa por lo que debe considerarse como propiedad privada. Mío, tuyo, suyo o de ellos. Como quiera verse, todo sentido de pertenencia es el comienzo de los malos entendidos. Alguien debería pregonar que existe una regla no escrita acerca de la propiedad, aún que eso signifique la confirmación de la tierra donde manda una moral inexistente, o tal vez, una moral como los pasos del baile de moda: una simpleza de ritmos y compases que cambian más rápido que la dirección del viento. Irremediablemente sumidos en este estilo de vida nos veremos inevitablemente adaptados a los nuevos climas; con los vientos del sur nos volveremos toscos, irritables; el invierno será época de perdición, y al chocar con las grandes urbes, con sus innumerables esquinas, la dirección cambiara y se llevara a los que vayan más alto en la corriente a más altos niveles de intolerancia; quienes con algo de suerte corran en las corrientes más bajas pueden encontrar fugaces momentos de parsimonia; y, los que se hallan lejos de las esquinas, seguirán como meros espectadores de la política del dios Futon. Que fácil es encontrar pretextos para dejarse llevar por el corazón, los clichés se imponen de nuevo y presentan la forma del sentimiento ridículamente curvo y trazado en una hoja de papel. Ahí, en los papeles, en esa mínima parte de la materia, existimos, en ellos esta escrita y certificada nuestra existencia o no-existencia. Por eso volamos con el viento, por que a algún listillo se le ocurrió que los papeles daban fiel seña de las pertenencias y los sentidos del mundo. Cuan frágil es la estructura que nos sostiene, un poco de fuerza en el sentido correcto basta para partir en dos, o en cuatro, o en seis, todas las expectativas que de manera ilusa se han levantado. De este lado del mar no existe más deidad que la que tiene más almas entre sus manos.
Los nuevos dioses se encuentran en pugna, su mundo es campo de prueba para la supuesta voluntad del hombre. A casi dos mil años de historia tergiversada las corazonadas no han cambiado en absoluto y quienes se encuentran entre las respetuosas y siempre conformes mayorías cumplen a la perfección el papel de espectadores que la antología de memorias filogenéticas –llamada historia- les a asignado. Esta situación de numerosos actores delega a la vida al papel de una película de serie B; no conozco a los directores, o a los productores –o mejor dicho, no me gustaría reconocerlos- pero debo continuar con el continuo rodaje amarillista que marca mi contrato. Siendo un extra estoy a disposición de los cambios que el guión amerita, puedo fingir ser un patriota, que soy un mendigo; puedo tomar el papel de ingeniero o arquitecto, o el de un simple obrero; puedo fingir que soy tan sólo un analfabeta de los llamados funcionales; puedo fingir que soy una mujer, o un homosexual; puedo reír o llorar sin diferencia ante las cámaras más no puedo fingirme feliz; puedo simular que estoy vivo, pero, por favor, no me pidan, jamás me pidan que finja que muero. Pues una vez que esta cámara registra una muerte no se le permite al actor volver a escena. Sin risas, es bastante saber que el tiempo tiene verdaderos limites si los dioses se ponen a jugar con los finos hilos que representan el ir y venir de los días, para –además- saberse burlado; las paradojas de la persona se hacen tangibles, un incomprensible temor a la muerte se matiza y envuelve en negras nubes el paisaje de este lado del mar. Occidente se muere y no puedo evitar seguirle.
Occidente se muere.

Si bien hace poco me jactaba de ser amante de la muerte, en la antesala a Xibalba no puedo más que arrepentirme de los términos que presuntuosamente articulé en el duodeno. Las palabras me pueden dar fama mortuoria más no pueden salvarme. Gustoso cambiaria todas las cosas que los demás envidian por la oportunidad de escapar de este continente, de este rostro, de esta vida que más parece una representación que una vida; escribo pequeñas novelas rosas eclipsadas por los deseos de posesión de los nuevos señores. Las noches se suceden igual que no pasara nada y el sueño me remonta a los primeros años; recuerdo el miedo... el miedo entonces era simple, era puro. Era el miedo infantil –ancestral- a la oscuridad, miedo de cerrar los ojos y no volver a abrirlos, miedo de cerrar los ojos y que un mal sueño se prolongase hasta más allá de la inconciencia, el otro estado de conciencia, tercero de un trío de estados en los que el hombre, por ser hombre, se reconoce: estar consciente, estar inconsciente, y estar conciente de la propia muerte.
La propia muerte... en el mismo sentido de las manecillas del reloj las sombras van dando tumbos, crecen centímetro a centímetro en horizontal agonía para romper en las aristas y dar valor a las cosas que no lo tienen; el interés surge entonces, y el horizonte, junto con las sombras y las manecillas del reloj; y el sentido que les da sentido, parlotean incesantes incoherencias y recorren el críptico camino que va del descubrimiento, al reconocimiento, al conocimiento, sin dejar nunca al sentimiento de lado –campamento base- sin jamás ir de una en una.. Inevitable conglomerado cartográfico en la epidermis que es fiel muestra del trayecto de las sombras, ya cansadas, ya curtidas; la luz entonces –el sentido de las manecillas- pierde intensidad para dar paso a otra luz: el sentido contrario, irreverente, despreciable admirado y temido por los fanáticos de las correctas actitudes; las causas nobles insisten en mantener el curso en franco abatimiento de sombras que se pierden en la oscuridad. Entre penumbras, la propia muerte se torna tópico común, basta tan sólo que pase el tiempo o un simple instante para la mecanización de las generalidades correspondientes, tergiversada por la carencia de entornos comunes y la supuesta falta de correspondientes fronteras; de esa forma los extranjeros se vuelven famosos, por historias de un momento que en un momento se vuelven historias; y este viento, este frío viento que recorre las gastadas orillas y va dejando en cada palmo de su recorrido el tenso ritmo que es sístole y diástole de esta nueva vida. Esta centuria no deja de ser circular, este sentido no trae sombras distintas, esta muerte ha relegado los signos de la paloma en suelos diferentes; y la voz, ese canto indeleble que crece de repente –como la chispa que da paso a la llama- enardece los ánimos en direcciones contrarias, y del llanto a la algarabía, el canto cesa; de aquella llama sólo quedan blancuzcas estelas de humo que se elevan al cielo, y en las alturas se pierden, con ellas se va el ahínco de las próximas fiestas. Un aroma parecido al copal se respira en el ambiente. La propia muerte se vuelve masiva y el sentido del tiempo se anega, pero ya es tarde, muy tarde, para lamentos o dudas.
Ida sin retorno de la reflexión al sentimiento. Las viseras opinan y los malos aires inspiran la orquestal música de fondo que acompaña a las acciones; pero las sombras se han perdido, el interés es mínimo, las almas no encuentran eco; es el desencanto, el desencanto como término no tiene la sensualidad deseada, así que se imponen nombres como mella de la década pasada y/o espíritu generacional para impresionar y justificar esta falta de luz, esta incomoda ceguera.
Ceguera temporal, temporal de cegueras. Con las pupilas dilatadas se pretende imitar las voces de aquellos que no se encuentran; la falta de visión no limita las intenciones. A lo lejos ya se escucha el retumbar del tambor, los compases son presagios de los truenos, los rayos, y el terremoto por venir. Es la exégesis, la nueva moda; prueba de ello son los best-sellers y las líneas anteriores, las viejas intrigas encuentran escuela, nuevas vertientes, nuevos concilios; eso indica que el mundo esta en orden, el instante de parálisis fue tan sólo un dejar de respirar para después tomar una honda bocanada de aire, el aire metálico cosmopolita característico del siglo pasado; no ha habido cambios, todo marcha como debiera, ¡brindo por ello! Brindo por la pausa, por la intriga; brindo por la ciencia y el sentido de pertenencia; brindo por la incertidumbre y por el sino de lesa humanidad; brindo por todos nosotros, por este espíritu errante, beligerante sin pretensiones y de flojos ideales, por esta no-pertenencia que acompaña a las cada vez más mediocres y grises albas que iluminan los ánimos de esta comunión; brindo por esta rueda perdida “en aras de la libertad”; brindo por esta nueva torre, erigida en el único lugar donde el tamaño de las señales magnifica las significaciones y siempre halla respuesta: Es la tierra, destinada/malograda a dar asilo a la razón y a encontrar en cada pueblo el centro de la luna, su ombligo, el principio; principio inspirador de la lengua y de esta torre, y de su antecesora, y del sinfín de palabras que se han sucedido en el transcurso del tiempo o de la historia; inspirador también de este brindis, motor de la agónica melancolía que llena hasta los bordes el cáliz que ha sido presentado a esta mesa fastuosamente adornada.
Graciosamente ahora no hay voces, nadie decide dar el primer trago, así que levanto la copa, la miro como si tratara de ver a través de ella, la acerco a los labios y el dulzón aroma que impregna mis fosas nasales deja adivinar lo amargo del trago... tan sólo puedo ofrecer mil disculpas por no saber perdonar; por no poder entender de una vez y para siempre que en verdad cada uno termina perteneciendo a los lugares como un bocado a quien lo engulle.

Entre el miedo y la tristeza lanzo fugaces vistazos alrededor, la copa en mano; nadie brindara. Una mínima parte de confusión por el resto de abandono y se entenderá por que nadie permanece en las vías de la educación, tan trabajosamente implantada por los antepasados. En verdad los tiempos cambian, o tal vez sólo se deterioran; como sea, este conflicto no terminará hasta que no quede claro que Occidente no se encuentra al Norte



jueves, diciembre 22, 2005

Todavía tú

y la precisión de tu gesto siempre a medio camino del mundo y tu entraña; todavía tú y esa llama que deja tu recuerdo en sucedaneo a tu presencia, y este presente tuyo como promesa de días verdaderamente nuevos. Todavía tú, y es ayer transcurriendo a un rítmo caótico y lento, donde la pausa se termina muy pronto y pronto alcanzamos los días de las grandes fugas y los largos olvidos que se terminan hoy, con tu encuentro, con el poco tiempo, con la circunstancia y el devenir tan en su papel, llevandonos por rumbos totalmente opuestos.

miércoles, diciembre 21, 2005

Movimiento -sentido del tiempo-

Después del deceso el movimiento, sigue, es hacia arriba. La lluvia en el asfalto se evapora –su olor llega a mi nariz- el mundo se perla, las plegarias suben y también algunas otras cosas como el precio de la canasta básica, pero no es de ello de lo que quiero hablar, si no del movimiento, del ascenso presente, luz nueva de todos los días, vida manifiesta viva entre la orilla del camino y la persistencia de la memoria.


Memoria que te trae de vuelta, que me lleva lejos, que hace que doble una esquina para encontrarme, hallarme niño en pugna por su lugar en el mundo, reprochando los dimes sociales y los estatutos acanémicos. Aquel niño se a marchado, pero me ha dejado, en una bolsa de plástico, las memorias necesarias para entender y reemprender el camino; no sé si allá pueda encontrarte.

Me gustaría mucho que fuese así.



La foto se titula: Acanémia, de la serie "Decepción y transfiguraciones" la tomé en 2001

Críptico/empático IV

Debe ser como ayer, como esa intransigencia que no es más que el continuo desgaste de la roca en la que fue labrado mi nombre; no es nada grave, es simple y sencillamente la forma en que sucede lo que sucede; un segundo perdido en el cielo, un saludo sin eco que respira el vacío del mutismo, una espalda plena alejándose paso a paso mientras pequeñas decisiones capaces de cambiar el rumbo de historias personales salen tarde, más o menos un segundo perdido en el cielo, un pestañeo, un giro de cuello, un comenzar a mover las piernas, un salir corriendo entre las masas, un cambiar de rumbo para encontrar el camino equivocado, un encontrar escaleras tan largas y tan llenas de almas tan en pena como aquella que sube los peldaños de tres en tres, de dos en dos, de uno en uno, en uno, en uno; un hallar un cambio de opinión, un cambio en el rumbo, un cambio en el trayecto que se traduce como desilusión y convencimiento de la lentitud de esta generación de la velocidad que no sabe ir rápido cuando la situación lo amerita.
En verdad debe ser como ayer, para tener cierta certeza, tomar precauciones antes de salir cada mañana a enfrentar a los pormenores, típicos de camino de ida cuando parece que la esperanza se diluye en la espera de los armatostes que han de conducir a esta ciudad a su respectivo sitio en respectivos tiempos y con sus breves respectivas historias con fundamentos tan lejanos como ese ayer tan añorado y pleno de esperas y esperanzas varias que dieron forma a un sentirse seguro durante unos minutos días guardados ahora aunque latentes. Debe ser como hoy, otredad en vilo para dar paso adelante, secundar coros, asimilar disímiles por mera convención, y continuar, regresar una vez más y todas las noches, anhelar, un ratito, pero anhelo a flor de piel y rosado por mezclilla deslavada vapuleda por piedras y detergentes y gentes en grandes grupos prestos a unirse a grupos mucho más grandes y mucho más distantes que ese vago aire que apenas respirarse intoxica, atosiga, devasta. Debe ser como el hambre de tierra y fe, esa famélica necesidad de estar seguros por un momento aunque sea sólo en nuestra cabeza; mira, todavía, y todavía, estoy aquí, permanezco presente a pesar de que se me escapa la esencia, a pesar de que ya no sé como hablar ni articular más palabra que esta voz sin sonido y esta vista sin ojos que me manda a otros lares, a otras frecuencias, a otros espacios sin tiempo real pero tangibles en su muy peculiar instante naturaleza que exige tanta atención y destreza como atravesar de lado a lado cualquier avenida altamente transitada, eso por que de ambos lados de la analogía es posible –y demasiado frecuente- terminar arrollado. Espero al rezagado, necesito compañía, no estoy blindado a la soledad. Mi cuerpo pide el roce, el contacto de ese cuerpo convenientemente hecho a la medida de mi cuerpo, pero no más, no de momento, no por quien sabe cuanto tiempo. Tratase de ese continuo curso, de esa línea que atosiga y marcha largas travesías con grandes pilas de cuerpos a cuestas; grandes discursos suenan una y otra vez y de nuevo a forma de burla, no parece haber más opción que la de ver el tiempo fluir sin poder hacer algo para remediarlo, ¡vaya problema! Las cosas ya no pueden ser si no de esa manera, no hay escapes o senderos de caminos que se bifurcan a menos que se inventen, salgan de debajo de las rocas o detrás de las páginas en blanco y sin labrar; por un día, por uno solo, quiero saber lo que es no tener nombre, ni edad, no tener más que a mí en mi mismo, quiero saber que sentido tiene el infinito, el eterno; quiero saber, sentir esa abulia que emerge natural como el musgo en las paredes; que mis huesos se cimbren ante el bostezo de esa vida que me esta vedada y que sin embargo, sale siempre a flote para hacer patente mi condición de ahogado/perdido/sumido en el regreso, en otra partida a otra jornada de otro día y otras gentes con otras formas de ver las cosas y con otros discursos, escritos o hablados o aprendidos de memoria pero que difieren o a veces se encuentran con los anteriormente conocidos, masticados, digeridos, excretados e involucrados en la cadena alimenticia y de correcta formación de la cual, eslabón oxidado, he perdido. Debe ser como ayer –anhelo patente- para poder zafarse de las obligaciones que hacen mella, calan hondo, y mandan al traste la idea de vacío que inunda y llena corazones de un júbilo poco usual y sin estrategia de mercado. Debe ser como hoy, un día más a la cuenta, uno menos en la espera; horizonte de fuego y precipitando intermitentemente un día en que así, sin más, despierte sin esa ansiedad y/o deseo de sorpresa de recién nacido. Estoy seco, no huelo a galletas o a leche materna, mío es un olor de caporal y de tiempo encerrado y de dolor de espalda; de negación dogmática y de alusión cinematográfica; de trabajo pendiente y de convenciones en espera; de ansiedad de ver y de temor de perder en un momento; de quizá, también después a pesar del orden de las cosas. Presiento que vendrá una espina, otro dolor en la espalda, un malestar en el hombro, un sentirse intranquilo sin razón aparente que traerán quejas acerca del sinsentido que reina y pregna las razones y los argumentos que se han escrito para fortuna de muchos pasajeros. Estoy atento a cada momento, espero sin entusiasmo la llegada de los sinsabores, espero no tener que hacerles frente por mucho tiempo. Madre, madre, lo lograron, me han roto, me estoy perdiendo; estoy cansado y sin un hueso sano, no puedo ver más allá como me gustaba hacer antes. Nieblas cubren el paisaje, nieblas de progreso, de avance, de orgullo colectivo y de parafernalia. Madre, me siento mal, seré señalado de nuevo –no me juzgues- por el canon, la idiosincrasia y los conceptos malsanos; madre, voy a esconderme, no podrás verme, no me busques, no estoy ahí, no puedo quedarme. Un silencio inunda el grito de un montón de niños que juegan a vivir; ese silencio, tan sordo y tan claro, es el mismo que hace tambalear la poca claridad de una vela que encendí para poder llenarme de sombras a manera de ritual, me estoy iniciando en practicas de paganos y ermitaños, estoy buscando ser devorado por la media luz para no tener que dar respuesta a la pregunta de siempre: ¿para qué?. Para qué seguir si no aprendí las reglas, para qué seguir si no aprendí a hablar; no soy inocente, conozco el sentimiento, he visto demasiado pero sin aprender gran cosa: sé como jugar, sé como programar el cuerpo para levantarse cada mañana a sentir el tibio y efímero abrazo de un rápido baño para, después, salir de prisa a recibir otro abrazo, uno frío y lleno de gente emulando ríos de corriente beligerante o indiferente. Sé callar, pero no sé hablar; sé cual es el rumbo, pero no tengo sentido de la orientación, voy a perderme. Lo tengo presente, voy a perderme.
Me miro a veces sin espejo, salgo de mí para observar sin velo físico, todas esas cosas que en rededor pasan y trascienden, o que existen para llenar espacios y ser humo, polvo asentado en la cornisa de la ventana, mero desecho de las páginas que no admiten adorno sin complejidad. Miro, busco, cuestiono; reflejos abundan e inundan empresas obstinadas en abarcar una totalidad que no entienden, que se escapa de las redes que conforman el plano, que avaza sin cesar, deteniéndose apenas el tiempo justo para no parecer despectiva, y continua, continua, continua. Fragmento soy, fragmentado avanzo, continuo, veo. Para abarcar un poco más es necesario olvidar lo aprendido, hacer de lado las limitantes físicas. Comprendo, tengo manos para ver, una extensión de los ojos que ayudan a comprender un poquito mejor la naturaleza de esas cosas que circulan diariamente pero que pueden llegar a ser total engaño; la tierra, el agua, el fuego, el aire, ninguno es como lo mismo visto así, simplemente; las casas, los muebles, las personas, ninguno es ajeno a la naturaleza de esta visión, integra, sin tapujos impuestos por una extraña costumbre. Tiemblo ante el reflejo, no soy duro ni frío al tacto, esa es ilusión invertida, innumerablemente repetida y aceptada; trato de escapar de eso; me faltan piernas, no puedo correr.
A veces tengo oídos, a veces oigo el ruido. A veces, un murmullo se deja sentir en plenitud chocante con la parsimoniosa estabilidad del diario acontecer, sorprende la claridad inusual de ese sonido que suavemente se cuela de entre los otros, que me obliga a dar media vuelta para buscar su procedencia, que no deja nada en claro sino la presencia eterea de un algo que esta aquí, ahora, murmullo envuelto en contundente intangibilidad, atisbo de verdad olvidada: es mi sangre que fluye despacio, son mis huesos que pesan y rechinan, son mis viseras tratando de adaptarse al ambiente, es mi corazón que late y dice: “Hola, cómo me detengo, voy muy rápido, tengo tapofobia, me estrello, pierdo el control, me estrello, cómo me detengo”.
Si, a veces estoy vivo; camino sobre suelo uniforme, plano, consistente. Respiro, aroma a copal flota en el aire, ritos de uno tras otro en la misma forma en que los días y las noches se suceden; buscan una forma de ser sin tramar intrigas o deserciones a un establecido incomodo pero encallado irremediablemente en la bahía de concreto cuarteado por la inclemencia de eso que han llamado tiempo. Veo, las hojas caen de la copa de los árboles, desnudez que habla del mundo y sus incoherencias actuales, reproche al abandono, a la indiferencia, al despego que me ha fracturado la espalda, me ha lisiado el entendimiento, me ha botado en una esquina sin nombre y sin iluminación, mendigo, avaro, enfermo, desahuciado. Pruebo sinsabores, amargas esperas, dulces encuentros. Escucho silencios ansiados desde antaño, ruidos podridos y enterrados a profundidad. Siento texturas de cadenas, de robles, de cenizas; de asfalto a cuarenta grados a la sombra, de metales cubiertos de escarcha; de maderas descuidadas, de pieles mancilladas, de cuerpos curtidos por el trabajo, de almas mandadas al olvido; siento corrientes de aire que aúlla en las encrucijadas, siento la presencia ausente de tu cuerpo junto al mío, estando así, sin más, juntos y hechos a medida el uno del otro; siento correr los días pasados una y otra vez, y de nuevo, y quizá siempre.

Si, a veces estoy vivo, sólo que a veces lo olvido.

He olvidado, me siento vacío; campanas eléctricas retumban en un tañir sintético; amanece, el mundo también ha olvidado, los últimos fragmentos del sueño se diluyen, la infancia se queda atrás, la adolescencia gime sus últimos rastros, la madurez promete un nuevo olvido, incomprensible: café, licor, agua serenada, horarios, tendencias, vanguardia compulsiva, otras vueltas de rueda, aparadores, semáforos en pugna por el orden junto con los hombres que van y vienen, se pierden un momento y al volver son los mismos pero atrasados de noticias, como ayer, como hoy, también después.
Tal vez después.

Críptico/empático III

A la espera de que las palmas choquen y al fin sea concedido tan deleznable deseo, hago resumen de lo sucedido. Diré entonces que nunca supe como sobrellevar la carga, no pude relacionarme con las personas. A pesar de la inútil lucha, a pesar de la rendición, a pesar de las penurias y del barro que tiene un gusto amargo en mi boca, no pude relacionarme con la gente.

Mía nunca fue la costumbre de hablar.

Y sin embargo, a mí vienen las verdades como la lluvia en la selva, me encuentro empapado de frases, de dimes y diretes, pero no soy un sabio, yo no sé hablar. De nada sirve saber que los elefantes barritan, los grillos cantan, y las aves, en general, claman. Que las palomas arrullan; las aves parlanchinas parlotean, aunque las cotorras y los loros carretean. Que las gallinas cacarean, y cuando están culecas, cloquean. Que los cuervos y los gansos graznan. Que los patos parpan y algunos pájaros silban, pero si están desafinados chirrían. Que las tórtolas arrullan y las crías de las aves pían. Que las serpientes silban. Que los caballos relinchan o resoplan, y los asnos rebuznan o gruñen. Que los becerros berrean, los borregos balan, los toros mugen y resoplan y, junto con los búfalos, braman o bufan. Que las vacas mugen y los cerdos gruñen –cuando son lechones guañen; cuando son verracos verraquean o churritan- Que los conejos y las liebres chillan, los chacales aúllan y los felinos en general ronronean, si bien los gatos domésticos maúllan, los leones y los tigres rugen, y las panteras implan. Los perros ladran y gruñen, y junto con los lobos, cuando entristecen, aúllan y gimen. Que las ranas croan y entre los insectos los mosquitos y las moscas zumban... De nada. Inútil el conocer tantos nombres si no se tiene uno para la voz de los hombres.

martes, diciembre 20, 2005

Críptico/empático II

Antes.

Ahora mismo.

El oficio reclama la atención de los aprendices, antes me negaba a la aceptación, ahora me niego a la resignación, pues no soy tan fuerte.
Ahora en el mundo, un fugaz vistazo parece suficiente para justificar el miedo. Miedo a las costumbres, a las sintonías: mía es una completa y total anacronía; este lugar es un palmo lejos de mis andares. La pretendida no-pertenencia dejó caer su velo; sin elección alguna, la luz se expande en rededor, punto que crece, se extiende y trama abarcar actas y nombres a los cuales estoy inscrito por antonomasia costumbrista; me doy cuenta de que efectivamente nunca camine estos suelos, pero es el riesgo, el riesgoso placer por el riesgo el que me obliga a quedarme, a tragarme todas las quejas y aprender a andar por los obtusos rumbos de esta comuna indolente llena de gente insolente, gente insumisa, y también gente bonita; gente irreverente, gente irrelevante, y también gente bonita; gente pretenciosa, gente que no pretende más que gastar tiempo y energía, gente que no parece gente por su animadversión a la demás gente... y también gente bonita. Y yo, yo encajo un poco en cada uno de esos grupos y me da igual.
Y eso no lo sabía; no sabía que entre tantos caracteres pudiera encontrar tantos canales, tantos caminos. No veía el vasto cúmulo de posibilidades, la infinidad de círculos concéntricos. No imaginaba la locura empotrada en la eterna pared blanca que se eleva al cielo, baja, y se eleva otra vez; nunca me vi entre tantos y tantos hombres. Cada grupo, y cada miembro representaba una senda, las direcciones, aunque disímbolas, están conectadas en un punto común que también se expande, da saltos de cabeza en cabeza, y que tiene el encanto suficiente como para dejarse llevar por ella, y de esa forma, arrastrado, me encuentro un momento que no es más que la representación generalizada de aquello a lo que alguna vez demostré asco, y me doy asco. Por creer que no soy diferente a ninguno cuando ninguno no existe; por pensarme inmerso en letanías de las actas y los nombres; por creerme sumido en la baba de la obligación de esperar a que esta aciaga espera se termine y que por fin Cristo se mueva; que la niebla no me alcance, que la nausea no me roce, que la línea no me agobie, que no me aburra la vanguardia, que no me mate esta memoria anclada a su lugar en el mundo –pues por alguna razón, las cosas y las personas se encuentran ocupando un lugar que se supone les corresponde.
Tal como una orden, las cosas truenan durante la noche para acomodarse en su sitio. Entre sueños nos ubicamos en el plano al que pertenecemos, no hablando de rutinas o un rumbo establecido como cualquier lugar que se torna imagen y los hombres imagen de aquel lugar, aquí no, aquí están las mañanas pintadas de sepia y dorados y alejadas de convenciones en las que la lluvia se abre paso a través de las hojas de un árbol enorme, sauce llorón que cubre la periferia con destellos de una grandeza en violetas y amarillos translucidos, y que resguarda a una y a todas las parejas en este lugar del mundo. Un momento, un minuto, un chasquido de dedos, un clamor de ventana cerrada, un hilito dorado y un súbito frío que marca el fin de el tronar del cuerpo, despierto, caigo en cuenta, o eso creo, exaspero, prolifero, desespero en determinados días, a determinadas horas, el panorama cambia. Las cosas pasan a una velocidad tan cansadamente monótona, que su única ventaja es la posibilidad de ver pasar cada segundo monstruosamente vivo: cada lugar, cada objeto esta adiestrado, rodeado de un haz de luz al que me he vuelto sensible, así veo el rastro que deja la gente y las manecillas al andar, la breve aura de los vegetales, el pequeño resplandor de los gestos y sus múltiplos y submúltiplos; las probabilidades engañan, los gestos se resumen en décimas que son eternidades, más nunca infinitos. Me explico: cada mirada al exterior es un círculo que se abre y se cierra, en el se dibujan los campos y las probabilidades, se abre el espacio. Este círculo dura tanto en apariencia que sobra el tiempo para ver todo el rededor, y el fondo es interminable, interminable... pero no infinito. Simple variante del absurdo que se repite a lapsos aleatorios, la arbitrariedad se expande en los límites de cada uno y los hace propios; esto, por supuesto, tiene un nombre: desencanto, y este, a su vez, da paso a una siléptica y oportunamente brillante analogía que me permite mover. Me muevo. Doy delicados pasos en los límites de mí que todos conocen –o al menos son tan marcados que todos pueden mirarlos; es como andar sobre la orla de un tatami. Este lugar en el mundo sólo puede encontrarse en el momento y el espacio que un servidor ocupe: este lugar soy yo. Este mundo se aparece tan vasto en el texto y tan pequeño en el aire que resulta fácilmente olvidable, eclipsado por el banal carisma de las formulas tan comprobadas del mundillo externo. El desprecio esta sobrado; la física es cierta: el universo se expande, hace tanto que es infinito, más no el gestos, ¡ah!, el gesto; este merece un aplauso por haber perdurado tanto tiempo en la memoria de la mundial generalidad. El engaño, la estafa, el cuatro más perdurable, el ejemplo de la mentira que, de ser contada millones de veces, se torna verdad. El gesto y su precisión que da clara faz a la presencia innegable, omnipresente, de un con-texto ad-junto a un sitio en determinados días, a determinadas horas; nombrado hace ya tanto tiempo que sin memoria de donde ya conocemos el gesto antes de que alguien le nombre. Seres empáticos a fin de cuentas, poca importancia damos a la mínima cantidad de gestos necesarios para conocer, o para tan sólo dar un vistazo al mundo contiguo. Sobran las personas, faltan gestos, faltan interpretaciones. O acaso el orden esta mal. Posiblemente sobren los gestos y las interpretaciones; o falten personas para interpretar los gestos; o las personas que interpretan los gestos están de sobra; o falta una interpretación para el gesto de la persona crípticamente triste, aquella que viste de un vivo color rojo, o amarillo, que anda exageradamente erguida, exageradamente seria, exageradamente hierática, exageradamente triste; que alza los hombros a la par que sonríe, y que no sonríe cuando bromea; que no llora; que la noche se le ha echado encima en los ojos; que protesta con energía y que con la misma energía es juzgada, y la primera persona en hacerlo es ella misma, generalmente. A este cuadro, tan conocido ya, ¿qué le sobra? ¿Qué le falta al escenario? Dónde están las interpretaciones; dónde los rostros de los interpretadores; y dónde sus gestos. Todos ellos se ocultan en la seguridad de la intemporalidad. Nada falta y nada sobra. Todo está como debiera. Y sólo por eso me atrevo a descomponer, a faltar a la orden. A la persona alegre la vestiré de negro y le daré una garganta capaz de beber largos tragos de amargo licor, para que inmediatamente después de eso puedan proferir la más feroz de las carcajadas; junto a ella, pondré a la crípticamente triste a mostrar como la viveza de sus colores brillan de muerte entre los negros ideáticos de grandes grupos de supuestos misántropos. Y sus gestos serán los más discordes, inexpugnables. No habrá identidad. Los concilios se mostraran incómodos, quizá hasta profieran injurias, no importa, pues la tendencia natural de las cosas se mostrara cuan grande es. Todo en el futuro y a futuro que se muestre presente como el medio envuelto en pornografía y odio cotidiano; como esa espera que no culmina y sigue en espera de que esta aciaga espera se termine; carne cruda y/o ceniza de re-nombre y recuerdo patente, necesidad de títulos taxonómicos y/o mobiliarios que desprenden clasificaciones y no acepta divergencias ni delirios. El orden pone nuevo orden y manda los términos a un archivo fácilmente identificable. Identidad entonces es lo mismo, pero también lo que me hace diferente. Identidad es: el conjunto de características que hacen identificables a una persona de otra. Y lo dicho, lo mismo y lo otro se unen en un punto común y dan sustento a una estructura sin desorden; estoy en medio del fugaz vistazo y cayendo en cuenta de la identidad, y del carácter, me encuentro enfilando mis pasos a un pasillo que conduce a un cuarto donde Cristo sigue inmóvil y la nausea inunda todo; donde el carácter es la identidad –de cada uno- y no la habilidad –de cada quien- de pelear con medio mundo; donde puedo exigir a grito pelado que me sea devuelto mi prepucio sin tener que escuchar argumentos teológico/sanitarios acerca de la asepsia de la mutilación; donde puedo sentarme a descansar debajo de ese árbol enorme de hojas color violeta y amarillo traslucido que dejan al descubierto mi propia transparencia sin temor a ser juzgado, donde la circunstancia es mía y mía es la elección de quedarme a dar vueltas en el abismo que el jardinero dejó en la parte no cultivada del mundo, y poder dormir ahí dentro y despertar sin recibir aplausos o rechiflas; que me olvide la vanguardia, que cada radio y televisor chillen el fin de sus transmisiones, que cada libro sea reescrito y releído y revivido; que esta catarsis suceda, quiero sacarlo todo, quiero olvidarlo todo, aprenderlo todo, vivir de nuevo, morirme de otra cosa, no por la sal en la herida.

Es gracioso, justo ahora, rodeado de almas que dan gritos apelando a la vida y su capacidad de vivirla, quedo convencido de que estos serían capaces de marchar hombro con hombro, pasando encima de quien fuese necesario sólo para hacer saber al mundo que a ellos: les causan gracia las reglas, aún a pesar de estar tan apegados a ellas; ellos, que son capaces de “vivir al máximo” sólo por que algún día van a morir o por que no saben que otra cosa hacer con su vida, además de demostrar, a punta de sombrerazos, claro está, que son personas de carácter. A estos los contemplaran los más pasivos, quienes estarán hombro con hombro, marchando detrás y observando, sonriendo ante las acciones que les resultan hilarantes; y yo, ídem. Porque no pude hacerlo, aún no puedo sublevarme. Las categorías juegan un papel que envuelve y signa, y nadie sale librado de las etiquetas. En los grupos hay cupo, es el modo de vida, el camino al olvido. Las vacantes son inevitablemente ocupadas por la simple y sencilla razón de que hay vacantes, y hay hombres, y mujeres; todos danzan dibujando trayectorias en zigzag entre una línea de árboles que es frontera entre la asepsia y la maldad, todos andan buscando espejos/reflejos que son las maneras más fáciles y más cómodas de terminar la danza. El reflejo es la categoría, la falsa identidad. Entre tantos, la trascendencia se niega y el tiempo se anega. Entre tantos lo común se vuelve necesario. Entre tantos el único se pierde y lo irrepetible aparece como el chiste sádico de algún distinguido amargado, y el grupo crece, engrosa sus filas con pobres adeptos, ignorantes de su destino. Y así encontramos a estos o aquellos, y a los demás, ¡y somos tantos!. ¡Me estanco en un mote!, ¡me ahogo!. Trato de huir o esconderme, trato de no salir desilusionado y de no desilusionar a nadie; los demás están conmigo, comparten mi misma suerte; unos conciente de ello, otros simplemente están. Están por que no saben hacer otra cosa; el ocio no fue para ellos motivo de observación, si no de tortura, el ocio fue castigo inocuo en una sociedad punitiva, acostumbrada al miedo, agachada por causa del cansancio y conformista por el abandono. Las condolencias son comunes por aquí, las condolencias son costumbre y fama –o tal es su objetivo- forman historias, clisés, y cualquier cantidad de lugares comunes.

El más desgraciado se lleva las palmas.