lunes, diciembre 19, 2005

Críptico/empático

No sabía, yo no sabía.
¿Cómo podía pretender, esperar siquiera por tener una mínima certeza de lo que es, o lo que se supone debería ser? No puedo detenerme, no puedo dejar de hacer las cosas simplemente por que de repente un haz de luz se cruza en mi camino y dice: “espera”. Una interrogante se materializa durante la breve duración de este momento... ¿sé?. No, aún no, apenas acabo de darme cuenta, no cabal, simplemente acabo de caer en cuenta y caer en cuenta de que he caído en cuenta, pero esta repentina comprensión no podría ser más inútil: no hallo nada firme a lo que asirme, nada en que apoyarme; no encuentro términos en los que sustentar mi reciente iluminación. Las palabras sobran o me hacen falta, tal ambivalencia no me deja dar paso adelante, uno que necesito para poder decir, para poder nombrar, para poder llamar a esto que de repente tengo entre los dedos y en la punta de la lengua y que sacude mi ser entero en busca de una salida. No sé como explicarlo, cada que eso pasa, cuando las palabras se agolpan en la garganta para dar forma a eso que se aparece en una especie de sueño y transfigura en idea, cuando una total claridad llega y ciega, cubre de blanco la visión y entorpece el camino más seguro, cuando un tipo de furor obliga a hablar, balbucear, gritar, o aullar por la mera necesidad de hacer algo como emitir un sonido no importa cuan absurdo parezca, pero que es trueque léxico, un vale por explicaciones no formuladas y/o listas para salir al mundo por mero derecho de existencia quizá, pero que esta ahí, nace, crece, da señas de vida para que con tales reacciones nos sintamos un poco menos impotentes ante la potencia del mundo y su transfiguración repentina; cada que eso pasa, cuando la emoción se subleva y la razón pelea por su lugar en el mundo, cada que los momentos adquieren matices diversos y signan lugares o escriben historia, cada que camino sin sentir que piso el suelo, cuando eso pasa, entonces todo esta perdido. El ridículo vendrá a hacer acto de presencia. Acaso es hora de dejar a un lado el verbo, basta de murmurar sinsentidos por saciar la extraña e improrrogable sensación de exteriorizar aquello que surge dentro; es hora de cambiar términos por acciones. Acaso es dable dejar que esta repentina conciencia, plena a penas y apenas un instante, se satisfaga a sí misma, dejarla pasar como un momento de euforia, que se pierda en los límites de la comprensión y la inmaterialidad de las ideas no expuestas, dejar que pase como un aire, como un segundo intrascendente y a la cuenta de ese tiempo que insiste en abarcar la totalidad de los espacios vacíos que suelen ser muchos, demasiados.
Esa suma de totalidad de espacios vacíos con la impotencia del lenguaje da como resultado mañanas en las que así, sin más, el peso del mundo se viene encima, ese peso que da paso a uno, al otro, a todo lo demás, a lo que la vista abarca, a lo que las palmas tientan o les esta vedado, a lo que el olfato percibe y a lo que se ignora, a la posibilidad de poder ser sin mayor problema que ser nombrado en un lugar cualquiera y para un momento cualquiera; aquel que da forma y sentido a los nombres, aquel que se anega en los hombros e imposibilita el canje acto / verbo. Para deshacerse de tal peso, es necesario desaprenderlo todo, comenzar de cero, prescindir de este yo tan vapuleado y de esta lengua insuficiente; desconozco otras formas de expresión. Quiero decir: “Me duele esta aciaga espera” pero las palabras se niegan a salir en forma de queja que son el lugar de unas alas que me fueron negadas; no lamento las limitantes imposiciones físicas pues estas me mantienen atado a los lares humanos y eso es justamente lo que necesito: quedarme para poder hallar el modo, la respuesta, las palabras que den paso a la aclaración, que den verdadera forma a esta repentina iluminación que se aparece tan oscura, tan borrosa y tan escurridiza, tan fugaz y tan aleatoria en contraposición a su claridad. Luz negra que no ilumina del todo, que no dibuja con nitidez las formas que la periferia de su haz alcanza. Creo que esto que he llamado iluminación no es más que simple alucinación –a veces, creo que alucino todo el tiempo; a veces, creo que no hago más que alucinar- Perdido en un limbo la mar de personal, ando dando tumbos entre tumbas y rosas, entre el sueño y su falta, entre la vivacidad del espíritu y la perdida de ánimo, entre deberes y bebidas amargos por igual, entre la ignorancia y la atención al llamado, llamado que en algún momento también se aparece, tan de repente y tan oscuro, que apenas unos cuantos alcanzan a percibirlo, y de esos cuantos son bien pocos los que pueden explicarlo. Yo, en un breve momento de lucidez, escucho acordes de piano, uno solo, repetido n veces, monótono como el autor y este momento que al no hallar pronta calma al fulgor de la repentina luz que llena el ambiente -que enerva el ánimo, tensa los músculos y hierve en el pecho buscando salida, una mínima salida, tal vez ya perdida, pero que es la razón inocua para dejarse llevar- se disipa, se queda en el límite de la comprensión y la inmaterialidad del vapor de agua en el aire; y la vida, esa continua practica que se ve mínima, pero incómodamente interrumpida, retoma el habitual curso de las horas y los días para olvidar ese lapso de tiempo en el que un éxtasis, ahora con las cuerdas ahogadas, tramaba vocablos rojos y negros, me colmaba de paciencia, de tolerancia, de todos y cada uno de esos valores considerados como salvoconductos de la convivencia. No hay de que preocuparse, esas cosas pasan, como las nubes surcando el cielo y los aviones arruinando tal paisaje; el reflejo de un edificio en otro y los conjuntos de bocinas sonando ante el tráfico; los murmullos en una biblioteca pública y el celular que de repente suena para convertirse en pequeño centro de atención; la luna brillando a plena luz de la tarde o el grito de una señora chaparrita que viene al frente de una manifestación: “o gritas o te quitas wey”. Todas esas cosas pasan bajo el sino de la condición de pasaenunmoemnto; esto, a veces, se torna la larga vida de un instante. Un momento basta para el acabose, un momento basta para dar marcha a un nuevo inicio, muestra fiel del efímero, de la naturaleza de esto que se ha llamado realidad. Por eso las palabras –otra especie de momento- a veces sobran, a veces faltan, pero no bastan. Una sola es carne de un instante, no importa la longitud de las frases compuestas o del tiempo –tan largo y relativamente tan corto- que transcurre entre pena y pena, una palabra y el momento se hace presente para transitar entre autos y semáforos, en lugares distintos y dispersos, en otros espacios, en otros tiempos, interminables como el efímero que se sucede –en contra de su significado- interminable, como la comprensión, como esta explicación, como el transcurso del tiempo mismo que hace patente el acto en forma de incertidumbre, malhadada ignorante de la vacuidad de los ritos y los protocolos que en ocasiones se me olvidan y que por ello se vuelven motivo de juicio: por que sucede, siempre y sin concesiones. Una tras otra, las omisiones a las buenas maneras van signando una forma de vida reprobada, olvidada por la sensatez y en nombre del continuo ir y venir de los días que van descontando horas y de horas que van acumulando paisajes y lugares comunes que refuercen la funcionalidad de esa estructura. No van a perdonarme el no compartir el ideal, el querer quedarme aquí, lejos de las ceremonias pero atento a los sucesos, renegando de lo que es bueno pero que sabe a vacío, a nausea, a comodidad, a olvido de amarguras presentes que son espina en la entraña y que en ocasiones se retuerce y provoca espasmos que son recuerdo, dolor que sacude los esquemas y provoca escalofríos de realidad a los que el soberano imbécil se atiene, se resguarda en la gastada piedra que da forma a un refugio de vicisitudes malsanas que lo elevan, lo llevan a sitios comunes para sentirse un poco seguro de lo que sucederá o de que su comportamiento será el adecuado, sitios que presiente que no deberían estar ahí, y que sin embargo permanecen a pesar de las ruinas. Sobre ellas se construyen nuevas mansiones, humildes chozas; se dividen taxonomicamente los dividendos y las perdidas, las formas de hablar y de vestir, de ser y de estar; se aprenden estas tablas y la persistencia de la memoria ayuda a la característica a prevalecer, a mantenerse, a volverse imperecedero, a continuar, y continuar, y continuar. De esta forma, con un ritmo establecido, con un dogma, con un ideal, se pone en marcha la máquina y no se detiene a pesar de las quejas que suenan a chiste viejo.
Un chiste: la cicatriz que deja un error, el estigma de un acierto incierto, una vivencia tergiversada por la rapidez de las habladurías y las inconciliables distancias, un intento fallido por poner las cartas sobre la mesa. Los chistes se propagan cual plaga y forman parte de la historia y el asentamiento sobre las ruinas, surgen más fácil que las explicaciones, por ser una forma –se dice- de hacer llevaderos los sucesos, las tragedias; que es una manera de subsanar el dolor de esta memoria que se esmera en retener aquello que no mata pero que hace daño, aquello que ayuda a la autocomplacencia y el sentimentalismo barato. Sucede, es la idiosincrasia, la educación, eso que sin aparente razón de ser trasciende, que es tomado en cuenta, que se considera útil, y que en su armoniosa conjunción hacen del mundo, a veces, un buen lugar para vivir.

Sinceramente, eso no me importa.

Pero no puedo escaparme. El canon se erige enorme como tótem, y lejos de su bendición no se sabe a donde ir. Sucede, si sucede. El núcleo parece necesario, el canon permanece anclado a la memoria como una posesión bien preciada por el hombre; le pertenece tanto como el hombre pertenece al hombre; lo sé, apenas lo sé, apenas lo comprendo. Antes no lo sabia, o mejor dicho, no quería aceptarlo. No comprendía que nacido en un sistema me encontraba, ineludiblemente, atado a tal, sin posibilidad de rebelarme a no ser que aceptara tomar otro rol, uno inscrito en ese mismo sistema, su variante, su contra, sus revoluciones: otras vueltas de rueda. Me enaltecía de la soledad a la que yo mismo me había confinado, aunque esta tampoco fuera suficiente para estar lejos de esas formas que reprobaba vehementemente. Farsa, farsa de siempre, farsa que en espiral se eleva para mostrar que hay cosas que existen sin razón de ser, como el presente, ese tiempo que a veces se envuelve de nostalgias y deja de ser el aquí y el ahora para ser otro lugar, otras personas y un ahora distinto; que se instala detrás de la ventana, en la almohada, o en el mismo asiento que nosotros y nos hace sentir fuera de lugar y sin sustento, que nos lleva de la mano a dar largos paseos por los alrededores e insiste en señalar al ausente; uno más de los absurdos, uno que pesa, que esboza sonrisas, a veces lagrimas de añoranza; que nos aleja de la particular tangente de la actualidad, que pierde vigencia, fuerza, y razón de ser, pero que a la par adquiere ritmo de lectura lenta varada en una coma, en un estar entre paréntesis; este vago presente se magnifica, continua con su insistencia y señalando consigue su cometido: me obliga a volver la vista a otro lado, me obliga a buscarte, a encontrarte aunque sea así, en este otro tiempo donde el tiempo no transcurre como se supone debería hacerlo, aunque también se acaba. Y te encuentro, te encuentro en este instante que vive, respira, late en la soledad del ensueño y que muere en el sino de la vanguardia que no gusta de ser ignorada. Momentos van y vienen en arbitrario orden, estas presente en la ausencia, en todos los horarios, en el abandono de uno mismo, en el efímero momento que nunca dura un poco más de lo debido, estas presente como una nueva luz. Dame un momento nuevo, uno que me deje con ganas de más tiempo y de más espacio, que me lleve a parajes que no conozco, a otros pasados que se sustenten más firmemente que el presente; dame un beso en el pulgar de la mano diestra para tener la medida exacta de tu boca y llevarla conmigo siempre, pues te marcharás, con el instante, con la circunstancia, o con el tiempo que prosigue su curso habitual al haber hallado el cierre de este paréntesis. Triste certeza que no divaga, puntualiza, se instala detrás de la ventana, en la almohada, en el asiento que tomo como cuartel para guarecerme del habitual bombardeo apaciguador y desorbitante; que encuentro al final del pasillo, en el marco de cada puerta, en las páginas que comienzan a multiplicarse a pesar de la incapacidad de describir cada instante, cada segundo monstruosamente vivo. Triste certeza del presente que como tal abandonara su manto de nostalgias y volverá para abordar los mismos transportes, ver las mismas casas, repetir los mismos diálogos, sumirse en otros tiempos. Espero que pase todo esto, esta pasando, pasa; espero que pase sin detenerse demasiado a susurrarme al oído palabras de fácil consuelo.
Espero verte de nuevo, pronto, o más tarde. Las horas se suceden en continuo ir y venir de días y semanas que se tornan meses y meses que suman años; el tiempo reclama total atención y un oficio; reniego el signo del adulto, me niego a la aceptación, a la resignación. Acepto que no soy tan fuerte, acepto que tengo miedo a las costumbres, a las sintonías; mía es una completa y total anacronía, no me hallo de este lado del mundo, no sé bien que pasa cuando transcurre el tiempo. Se habla de días, de meses, de años y miles de minutos, pero sólo es una medida, una forma de sentir que se tiene bajo control eso que se nos escapa de la comprensión y de las manos; tenemos una extraña certeza de que algo pasa, no sólo el sol y la luna en constante debacle por la hegemonía de las alturas, no sólo las fechas y los acuerdos, no sólo las discordias, no sólo los fugaces encuentros. Algo pasa y no puedo saber que es eso, al menos no con certeza. Apenas un pequeño atisbo que también exige forma o explicación, no puedo dársela. No puedo ni explicar de que se trata esa iluminación que dejó caer su velo para mostrarme mi lugar: la no-pertenencia.
Nunca camine estos suelos.
El aroma, aunque lejano, es reconocible más no aceptado.
El tiempo transcurre incognoscible y los vientos gimen en el momento justo en que mis oídos no soportan más ruido que el que hace una oruga al andar. Sueño sueños de gloria etílica, de homicidios colectivos, de masacres premeditadas y redimidas por la historia; cierro los ojos y el peso del sueño se hunde en mi pecho, me asfixia. Prefiero el plomo del insomnio que la tortura del sueño, prefiero ser juzgado, prejuzgado, sojuzgado; prefiero estar lejos que tolerar el curso de tantos días y tan vacíos; prefiero ser condenado a la indiferencia del mundo que vivir una y otra vez los errores que me han traído de la cima al abismo, de lo oscuro a lo negro, de lo negro a la nada. Prefiero eso, prefiero mil veces perderme ahora que darme por vencido de una vez y aceptar las costumbres y las sintonías, prefiero escuchar risas que aburrirme eternamente con opiniones, comentarios que antes que otra cosa “espero no te ofendan”; prefiero saber de esta forma, no sabiendo, que sumirme en la pretensión de una ignorancia velada por miles de datos. No voy a dar explicaciones, no las tengo; sigo buscando y gastando fuerzas en ello que me obliga a continuar en esta labor. No tengo la más mínima intención de quedarme a contemplar los restos de mi propia caída, no podría, aunque estoy tentado a ello. Es que de alguna manera, el encontrarme en medio de la situación perdida que yo alenté a sumirse cada vez más y más en esa podredumbre, me ayuda a dar un sinuoso paso, a continuar de nuevo, a hurgar en el alma para sacar empuje y/o fuerza para terminar. No preguntes qué...
no tengo respuestas...

no voy a dar explicaciones...

no sé nada...

no tengo idea...

soy un necio...

un vago...
un vago...



...Y sin embargo, sé que me esta prohibido el desesperar o el abandonar la ruta: “hay que pertenecer siempre”, no saber por qué –quizá esa sea la razón de mi falta de respuestas o esmero- la circunstancia, a veces, no orilla, empuja a continuar a pesar del deseo de detenerse/ desasirse/ desahogarse/ desprenderse/ deshacerse/ despertarse/ desgranarse/ deshausiarse... convencerse a uno mismo que todo esta bien.

miércoles, diciembre 14, 2005

... y cochina circunstancia

Y sin elección alguna
Luz se expande en rededor,
Tengo un acta,
Tengo un nombre,
Tengo frío
Y la obligación
De esperar a que esta aciaga espera
Se termine
Y que por fin Cristo se mueva
Que la niebla no me alcance
Que la nausea no me roce
Que no me aburra la vanguardia
Que la línea no me agobie
Que no me mate la memoria.

Envuelto en pornografía
Entre odio y cotidiano
Miro la sal en la herida
Solo la ignoro y continúo
Esperando a que esta aciaga espera
Se termine
Y que por fin Cristo se mueva
Que la niebla no me alcance
Que la nausea no me roce
Que no me aburra la vanguardia
Que la línea no me agobie
Que no me mate la memoria.

Carne cruda y/o ceniza
Necedad del título,
Por la puerta de salida
Luz se expande en rededor
El pasillo se ilumina
Y conduce a un cuarto
Donde Cristo sigue inmóvil
Y la nausea inunda todo
Se respiran los fractales
Se pierde peso en la conciencia;
Quiero de vuelta mi prepucio
Mi transparencia y circunstancia
Para escupir la aciaga espera
Y dormir en el abismo
Sin aplausos ni rechiflas.
Que me olvide la vanguardia,
Regresar al otro día
Y morirme de otra cosa
No por la sal en la herida.

lunes, diciembre 12, 2005

De aciaga espera...

En espiral, se eleva la farsa
Para mostrar que existe sin razón de ser,
Como el presente
Que se instala e insiste en señalar al ausente.

No sé bien que es lo que pasa
Cuando transcurre el tiempo,
Prefiero el plomo del insomnio
Que el tormento del sueño
Prefiero estar lejos que tolerar
El curso de tantos días y tan vacíos,
Prefiero eso que rendirme
De una vez.

No tengo la más mínima intención
De quedarme a contemplar
Los restos de mi propia caída;
Me conmueve lo inútil que es saber que pasa cuando pasa el tiempo
No preguntes, yo aún espero respuesta.
De cierto sé, me esta prohibido
Desesperar; pertenecer siempre,
Atenerse al margen y no saber porque
La circunstancia empuja a seguir,
Continuar a pesar del deseo de apartarse,
Detenerse y de alguna manera
Creer que todo esta bien.

En espiral, se eleva la farsa,
Para mostrar que todo esta dicho
Que ya sólo es cuestión
De esperar
Desde ya sé bien
Que no podré.

viernes, diciembre 09, 2005

De espíritu (fragmentos de momentos pasados número 3)

He recibido una carta escrita con caligrafía infantil, llena de errores tachados con la premura de aquel que no quiere dejar ver aquello que brota puro –como el suspiro- y esconde su faz bajo la condescendencia.
En ella pueden leerse líneas como: “no pude llegar a la cima, por eso he decidido compartir mi culpa contigo”; y yo, me resigno al castigo por haber decidido que la magnitud de la culpa lo merece, muy a pesar de que se desconozcan las pruebas.
Sin jueces en el estrado, brinco y bailo como un mono, como pretendiendo que la timidez no existe; altos hombres, de largas capaz negras aplauden al ritmo de la danza loca que destilo por los poros, todos los agujeros de mi cuerpo gritan, callan, y gritan de nuevo, impacientes por saber la condena. “Es lo que tu quieras” susurran mis huesos cansados, y entonces las cadenas caen. Me vuelvo ligero, bailo ahora por las paredes y el techo, no hay limites para el condenado, aquel que se atreva siquiera a nombrar alguna regla será prontamente despedido. En este juzgado sólo hay espacio para espectadores; ¡Miren! Me he ensuciado la planta de los pies con el polvo del cielo raso. Al sacudirme, polvo de ángel brilla y cubre el espacio. ¡Inhalen todos! Siéntanse como en casa: sin complejos. ¡Bailen conmigo! Que el eterno tome su tiempo, nuestro será el mundo y sus porvenires, aunque sea sólo un momento. El más hermoso de mis espectadores sube, y nos fundimos en un abrazo –creo que nunca antes había abrazado a un hombre- resulta extraño, no puedo zafarme a pesar de mis esfuerzos. Estoy de vuelta en el suelo, ya no hay polvo en el aire pero sus efectos se sienten en el ambiente. La sensación de gravidez se torna incomoda, el pecho se siente hueco y las copas pesan, estoy vestido de nuevo –sin remedio- soy llevado afuera del recinto. Infinidad de columnas adornan los pasillos de aquel palacio de justicia y yo, miro el recorrido en el reflejo que de mí encuentro en el suelo y en los lustrosos pies de mis chaperones; altos son los grises en aquella naturaleza invertida, inconexa. No podría asegurar que aquello en el suelo sea sólo un reflejo, puesto que las formas se aparecen como manifestaciones de sueño en forma conciente, hay que aprovecharlas todas. Describo entonces la planta de los pies de mis guardias, cuyos surcos son caminos antiguos marcados por mucho más antiguos viajeros; andando sobre aquel suelo ajedrezado, la noche y el día se suceden a la velocidad de un paso y otro, la premura obliga a los habitantes de aquellos caminos a vivir mucho más aprisa que los hombres comunes. En apenas una docena de pasos he visto nacimientos, bodas, y funerales por centenares. Vidas que se acaban en un limitadísimo espacio, ninguno se da cuenta que el mundo es más grande que la colonia en que se nace, mucho más vasto que los imaginaros, bestiarios, prontuarios y demás arios interiores. Tristemente el mundo se acaba, y los pasos se vuelven más pronunciados, Andamos más aprisa con cada vuelta de esquina abusando de la juventud de mi cuerpo, puedo seguir el paso siempre y cuando no se me pida que sonría a la par que camino.
La trayectoria termina. Tomado por los brazos, la actitud punitiva de la pequeña pléyade que me condujo hasta la salida se suaviza, las vidas que antes vivían en un constante ir y venir de apenas unas cuantas horas disminuidas en pasos han quedado en temporal suspensión; creo que ese choque entre la velocidad y la imposibilidad física de un súbito detenerse ha vuelto loco a todo el mundo allá abajo; quisiera estar con ellos, pero antes debo cumplir mi castigo. Así que me paro derechito, bien erguido, presto a seguir el buen ejemplo del buen cristiano; más mi sorpresa es doble al encontrar que los golpes han sido cambiados por repentinas caricias; me arropan, espero un beso en la frente, en cambio, recibo una lagrima que quema mi rostro, lo deforma. Soy lanzado fuera, no sin antes recibir simplistas recomendaciones acerca del mundo. Busco agua para aliviar el escozor, los insultos me llevan por mal camino; para algunos ha de parecer divertidísimo el ver que en mi primer día como ser humano tome el camino equivocado, ya verán aquellos canallas, inventare los artilugios para trascender a las taxonomías.

¡Si tan sólo pudiera aliviar el ardor del rostro! ¿Es este el castigo esperado?: “Es lo que tu quieras” responden mis huesos cansados, comienzo a hartarme de ese necio parlotear.

Entre quimeras y maldiciones, aprendí el uso incorrecto del lenguaje. Nadie pensaría que yo soy aquel que alguna vez fue noble y fiel patriota de poderosos pulmones. Mis cantos ahora los guardo para las ocasiones en que pequeños coros formados de borrachos y otras gentes despreciables se junten para disfrutar del malestar bendito de los licores sin tasar. Los Dioses y los Demonios de los que días antes me había atrevido a hablar ahora vienen seguido a realizar orgías de lagrimas y letras; “ahora comprendo”, digo en cuando los veo llegar, “son en verdad los hombres los que deben respetar los motes para no caer del pequeño pedestal que es la condición humana” ellos asienten y, sonriendo, me dejan ver los músculos endurecidos que el peso de los motes humanos han dejado en su ser divino. No me equivoque del todo, eso me alegra un poco. Saber que lo largo del tiempo añejado en las barricas de la memoria tiene un incierto sabor de certeza que me llena de un confuso orgullo es rendirse a la mediocridad, alimentada mil veces por el humo que las deidades han venido a expirar. Ineludible dolor de cabeza, y del alma, y del gastado corazón. Los clichés se pintan de rojo y envuelven al anfitrión. La visión cromática de mí mismo me aterra, sin embargo, cambiarla resultaría contraproducente, los jueces pegarían de gritos por la falta de respeto a mis respectivos motes.
La experiencia orgiástica, aunada a lo gastado de mis pulmones, me deja rendido. No puedo dar más paso adelante sabiéndome dueño de una mascara tan horrible: mi rostro jamás sanó. Sin embargo, la costumbre impuso su orden y no me dio más alternativa que ser reconocido como el hombre de la eterna tristeza. Maldita sea la moda del molde, cambiar un poco de expresión significa la supresión de los viáticos, no quiero vivir con una eterna dosis de prozac para el alma.
Estoy decidido, me lanzare de cabeza al abismo que el jardinero dejó en la parte no cultivada del mundo. En mitad del descenso, recuerdo el vuelo, limitado, en la corte de justicia, la sensación de ingravidez se parece, lo mismo que la seguridad de que tendré que llegar al suelo alguna vez. Lo acepto, por tanto, seguro que me darán -esta vez- un poco más de tiempo en el aire.
Una vez en el fondo, recuerdo la carta que dio comienzo a todo esto, la letra sigue pareciéndome desconocida. Ahora ya no importa, ahora la gravedad comienza a hacer su trabajo, y el Universo -este mismo- continua, y me lleva consigo...

jueves, diciembre 01, 2005

Estos dias (tres)

Es de día, la luz se filtra por entre las ramas de los árboles, su palidez anuncia la llegada de festividades que de este lado del mar distan de ser solemnes. Es de día, y el frío, inusual, aunque no del todo sorpresivo, dicta quedamente las primeras odas a la muerta, la insulsa, la eterna olvidada, aquella que a gritos se hace presente, a gritos se desnuda, a gritos es olvidada; una muerta de todos y por todos negada en formas peculiarisimas.
La muerta se me ha quedado entre los ojos, a veces la siento en el pecho y otras en las piernas, los brazos pesan, es que llevo a la muerta en mi regazo, y si camino encorvado es por que arrastro muertos a mis espaldas, y a las espaldas del mundo, paseo con la vista perdida, como muerta; gris es mi espectro y, contagiado de la mediocridad del cromático/apático/carismático compañero, salgo a dar una vuelta a los pasillos so pena de no ser reconocido.
Aquella muerta –espectro gris- es la vida: la insulsa. Puedo saltar de alegría/ y llorar entonando ciertas canciones/ más no puedo seguir en la vía/ que trae herrumbre a los corazones. Puedo, seguir adelante –no sin cierto esfuerzo- salir avante en las cosas que la cotidianeidad signa como importantes. Puedo tomar arcilla fabricada con barro y sangre –ya lo he hecho antes- y construirme una máscara, puesto que son máscaras las expresiones que circundan el mundo y sus habitantes. A pesar de los detractores, todos ellos saben –puesto que todos hemos tenido la suerte de encontrarnos al menos uno- que siempre hay alguien esperando en la vuelta de una esquina para salir al paso y sonreír de la manera en que solo las máscaras sonríen, pero somos educados, y nos tratamos con la cordialidad que las relaciones pro vida exigen. Así se suceden las amabilidades, sólo unos cuantos detienen el curso de las hostilidades brillantes, sólo unos pocos para aclarar las cosas y saber, ¿qué? Como saberlo, lo único que queda en claro es que no podemos llevarnos bien con todo el mundo, lo acepto –no soy el único y sin embargo, ya tengo mi propia logia de seguidores- y el mundo brilla de nuevo ante las afirmaciones: cierto, utópico es pensar que seremos eternos entes sociables sólo por que a algún tipo se le ocurrió decir, hace ya mucho tiempo, que el hombre es un ente social por naturaleza.
Naturaleza. Natural es la tierra, el aire, el agua, el fuego. Natural es la luz que anuncia la llegada de un nuevo día. Natural es el hombre más no la materia sintética que le cubre del aire, le aísla los pies de la tierra, lo transporta a través del agua y le permite controlar el fuego, natural no es la línea metálica que le corrige los dientes o la otra línea, también metálica, que le corrige los modales. Natural es la curiosidad no así el morbo, que se invento cuando a alguien no le pareció simpático que alguien más le mirara el cuerpo desnudo por mucho tiempo; y creo la moral, y los tabúes, y la dependencia totémica... por meros gustos/fobias personales.
Natural es el hombre, si, pero no su entorno. La naturaleza –sagrada, inimitable- del hombre se parece más a un circulo incompleto que a una fiesta a la que todos están invitados. Pues el hombre –el genero, no adjetivo- debe ser, y no es; debe tener, y no tiene; debe estar, y siempre se encuentra en otro lado; en mayor o menor medida unos de otros, unos de los mismos, unos de aquellos, unos de los que están más lejos, y siempre, interminablemente, reunidos en pequeños gremios que no avanzan, no salen de sí más que un momento para olvidar aquel miasma fétido, para olvidar, aunque sea sólo un momento, la terrible naturaleza del ser incompleto que somos –todos- nosotros.
Eso puede explicar por que se dice que en la vida vamos “dando vueltas”, tumbos: todos somos círculos, incompletos, cierto, pero nuestra circunferencia es la suficiente para permitirnos rodar. Por eso la Decepción, por eso las Transfiguraciones, ambas son muestra fehaciente de la naturaleza humana, es ese inevitable ir y venir entre el ser y el no-ser particularizado, personalísimo. Es una muestra de carne viva deformada, puesta al fuego en un momento en el que el no-ser se matiza y forma lagunas particularmente difíciles de llenar; lagunas que siempre han estado ahí, y que sin embargo, permanecen en el anonimato hasta que el hombre se mira a sí mismo y se pregunta: “¿qué?, ¿por qué?”. Es entonces cuando, herramienta en mano, se lanza a una búsqueda interna de respuestas que, por lo regular, tienen mal formuladas las preguntas. Ello, de manera jocosa, me ha dado otro título, otra etiqueta, el de “la neta”, cuando la neta, es que nunca quise andar por ahí lanzando netas dogmáticas. Pero quién puede controlar el flujo de las circunstancias. Quién entre todos los aquí presentes podría adelantarse un paso –uno sólo- y arrojar la piedra, refutar lo dicho, admitir que el de las alucinaciones no es el camino correcto. Sé que habrá muchos detractores –la gente bonita- y que muchos de esos muchos se aventuraran al debate y entre sus razones se encontrara la razón como argumento: “la razón pura, o pura razón, decide si quieres más o ya´stuvo” Así que una ves más, me quedo solo, con mis razones, enjuiciado -¡por sobre todas las cosas!- pero la verdad, no importa, no mucho, puesto que desde hace algún tiempo las cosas me habían quedado “tan claras como el agua” y tan de golpe como “las piedras cuando caen al río”: Soy protagonista de la masa anónima, lo sé –y siempre solo- sólo que a veces se me olvida.

Tantas palabras para decir nada o para no conseguir nada; tal ves después de la muerte –la verdadera muerte- Mientras tanto, tratar de encontrar el sentido a esta muerta es el sentido que rige mis días, estos días. Estos días se terminan y comienzan en un pestañeo, un instante, “es el eterno retorno” diría un alemán, uno muy famoso, de esos que el tiempo abriga y los hace imperecederos. Así, de esa naturaleza, son los momentos, los instantes. Es en el preciso instante del instante en que recuerdo la voz, el grito que enmarca tu eterno mutismo, ese instante que nos construimos a partir de melancolías, y te mandaba al encuentro de Dios, para que pudieras pedir por aquello que en aquellos días considerabas importante –¿recuerdas?- antes de eso tu ya acostumbrabas construir momentos en los que envuelta en silencios gritabas:

Hay un silencio
Que nosotros hablamos

Y sin dejar de lado los silencios, dejamos que los instantes “se prolonguen o no duren” nos inventamos “respetuosas distancias” para no transformarnos o que nos transformen, para no ser moldes, sino de la desesperanza, moldes del nombre, o del hombre. Todo esto es simple replica a los juicios, a las necedades. Es cierto, la vida es un eterno circulo, los cambios suceden y en un instante se vuelve al punto de inicio. Basta de la alegría de estar alegre, he vuelto.
He vuelto, y conmigo traigo los prejuicios que pude recoger en mi loca cabalgata para dejarlos caer -peso muerto- sobre la cabeza de aquel que apenas se atreva a cuestionar mis acciones, inocuo acto, beligerancia escrita en pergamino; temo que jamás podré sublevarme a las taxonomias; que jamás escuchare palabras de aliento en los días de buen humor; mucho me temo que estos días deban volver como las parvadas en la primavera. Es el invierno, al fin el invierno.
Es invierno, los días llegan al termino del ciclo, Ditra yuga. Es invierno, los grises del ambiente me cobijan, me hacen parte de ellos. El frío y la noche se tornan el lugar menos inhóspito; a veces brilla el sol, tal vez por eso mi corazón, mi inescrutable corazón, sea como el clima del país que le vio crecer. Es invierno, tiempo de muerte, y sin idea de las proximidades, ya sean reales o no, del equinoccio, viviré esta muerte sin contar los pasos que faltan para cruzar la puesta que conduce a otro pasillo que lleva a otra puerta... sin pretender que las etiquetas se amolden a la persona que la gente –así se le dice en abstracto- se ha inventado, tomare los instantes –cada uno- y dependiendo de su valor o su nulidad, los atesorare o los despreciare, para construirme un pequeño lugar de descanso, una casa, un lugar donde “pueda descansar la cabeza”, sin moldes, sin juicios, pero siempre atento a las voces –eternas, bellísimas- sin sonido, tan sólo para sentir menos el abandono.

Y entre tantas voces, una sonara por encima de ellas, aquella que en blanco de pulpa dice:

Hay un silencio
Que nosotros hablamos,
Donde hay una comunión de sentidos,
Y los ojos no son necesarios
Para ver.
La angustia que sientes tu la siento yo,
El temor a la ceguera ajena,
Y las ganas de gritar:
¡aquí estoy!





México.
Marzo - Noviembre de 2001

miércoles, noviembre 30, 2005

Estos días (dos)

La sabiduría popular se hace presente y dicta: “El tiempo no perdona”. El tiempo entonces abre los ojos ante la afirmación y ríe con sorna, y sigue su marcha bailando a un lento y pausado compás.

Tic, tac, tic, tac...

Eso no es el tiempo, o una campana. Es un demonio que no pertenece a la naturaleza divina y nos mira desde su pedestal de supuesta importancia, y sonríe imbécil a cada hora. Nadie escapa a su influjo.
Sonrisa multiplicada por millones en una rutina programa por quiensabequién que ahora es nuestro dogma. Lento tic, tac que no es alcanzable o equiparable a los atletas cotidianos que dan saltos furiosos, corren como gacelas olímpicas y sudan para tratar de ganar a las doce horas que tienen por contrincante y nunca lo logran; y yo, yo que no soy persona obsesionada con el tiempo tengo tres relojes a los que atender. Tres relojes, aquellos que me signan como persona: uno, el reloj de las obligaciones auto impuestas, es el reloj que todos tenemos en casa, el que nos hace levantar cada mañana y nos obliga a correr entre los autos, esquivando a las personas que tienen menos prisa que nosotros, el que nos dice la hora para comer, para llegar, para irnos, el que nos dice que día es idóneo para salir a pasear, para organizar una fiesta o simplemente salir con las amistades, el que nos manda a la cama por que es tarde y al otro día hay que levantarse temprano para llegar a tiempo, aunque para eso siempre se tenga que salir corriendo a esquivar autos y personas que tienen menos prisa que nosotros y así cada día de cada semana, de cada mes, de cada año... Tic, tac, tic, tac.
Otro reloj, que parece ser igual que el anterior, marca las horas de las festividades cuando estas llegan, y cuando se repiten. Las nueve, las once, las doce, las tres; noche, mañana o tarde; a.m., p.m.. antes de la muerte o post mortem; debo disculparme por las nomenclaturas inventadas, es solo el animo que me causa el celebrar una fiesta que en otros años fue la misma, el mismo día y a la misma hora; y si, acepto que es el orden el que nos trae libertad, pero ese mismo orden ahora me parece perverso pues el tiempo corre y sin embargo las fiestas siempre se repiten y en la última en la que estuve presente tuve que partir, pues la sensación de círculos temporales me hartaron ad nauseam. Y tuve que gritar para saber que estoy equivocado; grito y no encuentro ecos, no de inmediato; y entonces la certeza de que alguien esta mal, yo o los demás. Tal vez sea yo quien este equivocado, tal vez el tiempo –lo que en estos días llaman el tiempo- de verdad sea circular, y solo sea alguna especie de psicosis la que me ataca y me hace ver el tiempo como una línea recta, deformada por la necesidad humana de aferrarse a algo vivo. Sí, tal vez sea yo el equivocado, autor de errores –y horrores- que cree que algo anda mal por tener que celebrar una fiesta que aparentemente es la misma y sin embargo, su reflejo en el espejo le dice que tal vez, y solo tal vez, algo en verdad esta mal, pues el reflejo diario muestra siempre la misma imagen, siempre, inevitablemente yo, y a pesar de ello, nunca el mismo... Tic, tac, tic, tac.
La cotidianeidad y sus reglas, los pasos del baile que todos sabemos, la fiesta a la que todos estamos invitados, la única reunión en la que todos estamos presentes; la cotidianeidad es la promesa de que las utopías tal vez puedan hallar un modo de ser realidades, pues es la cotidianeidad la reguladora mas efectiva del hombre y sus congéneres –todos ellos- porque en el andar cotidiano nadie es mejor que nadie, a todos nos asiste la razón, o podemos estar equivocados en la misma medida. Sí, ahora estoy convencido; yo estoy mal pero tu también lo estas, todos nosotros. De nada nos sirve saber, o tener conciencia de todos los amos a los que debemos servir –por que nadie escapa a ello- si pensamos que el acatar las reglas nos mantendrá a salvo, o cuerdos, o vivos. No es perversa aquella máxima optimista que dice: “hay que vivir la vida” por que lo único sensato que podemos hacer es vivir con ahínco o sin el, pero vivir, vivir y jamás perder la perspectiva de que se vive para morir. Por eso la imagen en el espejo parece engañosa, cada día que pasa, cada hora; cada momento vivido me acerca un poco más a mi muerte; la imagen parece siempre la misma pero dejo de ser quien era en el instante mismo en que creo ser. Este es mi tercer reloj, el que sin ser lo que demás llaman vida regula la vida –o la muerte. No, sería un error tratar de asignarle un nombre como “reloj de la vida”, o “de la muerte”, o que sé yo. Pues tal sería querer separarlos y eso es imposible por que vida y muerte son una misma cosa. Lo que quita la vida trae vida, lo que invita a la muerte no es la muerte. Ahora estoy un poco más tranquilo; la posibilidad de morir no me asusta más, sin embargo, me inquieta. Por que entre tantas reflexiones siempre atraviesa tu imagen cualquier campo en que me este moviendo, y bailas. Bailas a aquel pausado compás del tic-tac, y en tus labios una sonrisa. Sé que te burlas de la cotidianeidad, o acaso de aquellos que en ella se pasean y se rinden al impulso de seguir el ritmo del reloj, y bailan por que no saben que más hacer; sé que sabes que sé que te burlas, y tal vez también te burles de mí, por cualquier cosa, cualquier nimiedad que no es más que un fragmento de mí, de ti, o de cualquiera de nosotros, los convidados a la fiestadediario. Te burlas por que te escapas de la reunión cuando quieres, aún que haya veces en que tu misma te encuentres rendida y sumida en el ir y venir de los demás, te burlas por que sabes que siempre puedes cambiar de ritmo –ya lo haz hecho antes- pero por ahora, prefieres seguir el ritmo establecido y burlarte de aquello donde nada es importante y todo vale la pena. Concédeme esta pieza, bailemos de manera ridícula, vamos tropezando con los demás, no importa, mañana habrá otro baile, entonces quizá sigamos el ritmo, de momento bailemos, inventémonos un momento por que tal vez no quedan muchos, no lo sé. Baila, baila, déjame festejar cada paso, cada movimiento; pidamos disculpas al unísono y volvamos a empezar; derecha, izquierda, adelante y una vuelta, o dos, o más. Baila, no te detengas; dime si me esperas. Dime para que pueda esperar sin inquietud a la muerte, a mi muerte. Dime que me esperas para tener argumentos y pedir una prorroga; dime que me esperas para no morirme.
Tic tac, tic tac.

Bailemos, ahora al lento compás del reloj.

Es tarde, el reloj de las responsabilidades dice que es hora de dormir, el reloj de las festividades dice que esta no es una fecha importante, el reloj que no tiene nombre dice que no haga caso a ninguno y que siga con la catarsis, o el vomito, o cualquier cosa que se supone que sea lo que escribo; es hora de continuar ahora que las imágenes se han ido. Es hora de detenerse cuando las imágenes se vayan para siempre, dejar de escribir cuando para divagar necesite de un método. Es hora de poner en claro que estoy haciendo; por qué, para qué, para quién. Tomo los sucesos de los últimos días y les invento un sentido, para que estos días puedan pasar con la mínima certeza de que algo habrá de bueno en ellos. ¿Algo? Cualquier cosa. Cualquier nimiedad, de dolor, de alegría, de tristeza ¡De algo, caramba, pero que no se sucedan vacíos! Basta, basta del tema, basta de ver los días como un sin-sentido o como la perdición de los congéneres o el acabose de mi misma persona. ¿Por qué o desde cuando me volví tan importante?
Me volví importante en el momento en que me quede solo.
Es tarde, el reloj –cualquiera- aconseja sabiamente abogar por el descanso, debo dormir. Partir a esta hora de desencanto... es de noche.

martes, noviembre 29, 2005

Estos días (uno)

Caminar por la orilla nunca es signo de perversión, no dice nada, no significa nada; solo tal vez la débil seña de aburrición que es innegable en estos días.
Estos días, en estos días se tiene la certeza del conocimiento que deriva en una especie de tranquilidad imbécil; vaya lo que son las cosas, justo ahora, en este momento, sabemos todo y no sabemos nada; somos ambivalentes, no hemos dejado de ser humanos. Es por eso que aún nos inventamos íconos que nos defiendan, que nos hagan sentir seguros ante lo que no conocemos, pero que todos decimos aceptar, o comprender, o al menos tolerar – patrañas, nadie acepta, nadie comprende, mucho menos tolera- pero que la verdad, no son mas que la mascara que usan bajo el nombre de madurez, que es tan solo una versión enferma de la resignación, de la sumisión al dogma; pero esto no es un crimen, de ninguna manera; de serlo, mea culpa de ser cómplice del desfile de personas con la cara tiznada.
Así que debo declinar esta vez, he decidido no desfilar. La gente recibe cenizas en recuerdo de su condición humana; hago lo mismo cada mañana, cada día; estos días son los días en los que no soy parte de nada –y sin ningún derecho a dejar de ser- ningún temor, ningún sueño, ningún deseo, solo la automación derivada de estos días que son el conjunto de los años sucedidos en la mínima parte de lo que significa mi vida. Es solo hasta estos días en que caigo en cuenta de que la rutina es necesaria para no volverse loco. Porque cuando no se tiene nada en que pensar, nada que decir, nada se es; nada se tiene. Con nada salgo a la calle a sonreír enfrente de los aparadores, y a los cajeros, y a cualquier persona que se tome la molestia de molestarme con sus intentos de vender algo, cualquier cosa; solo de esa forma puedo llegar a casa con algo en las manos. Es en estos días en los que mi vida esta llena de todo y vacía de mí.
Es en estos días en los que, una vez más, me encuentro frente a un abismo que no tiene nombre –o por lo menos no me lo he inventado- ni forma de ser descrito. Una vez más, adquiero el titulo de decepcionante sin esforzarme en ello. Y camino como pretendiendo que no importa, que nada importa; obligado a salir a la calle a vivir –a lo que los demás llaman vivir- debo usar una mascara, una mascara; otra vez las mascaras. Deambulo y choco con los caracteres que se presentan a lo largo del día; mi mascara es de piel tersa y agradable al tacto, mascara inventada para ser querida, para ser respetada, mascara inventada para sobrevivir, para no ser juzgado, mascara inventada para ser perdonado. Una mascara, ¡una mascara! ¡Oh Dios! ¿Por qué hemos sido confinados a los espacios pequeños, atestados de trebejos, rodeados de mascaras? La necedad y la soberbia están de sobra, ¿por qué no creer que la persona que se cree que se conoce no es ella, no soy yo?, ¿Por qué no se dan cuenta? Es una mascara, simple y sencillamente, llanamente. La mascara se hace patente en la hora del rompimiento, las reinas que titilan se retiran y el peso de esta agobiante máscara impide la respiración con fluidez, impide la vida –lo que debería llamarse vida- así que, con tal peso sobre el rostro me asomo al espejo de blancos y sanos azulejos a mirar la imitación de vida que convenientemente se debe llevar, “por que así Dios lo manda”. No quiero vivir (¿así?) y sin embargo, me parece que estar muerto sería lo mismo, paradójicamente, contradictoriamente. No sé lo que es estar muerto así como no comprendo cabalmente lo que es estar vivo.
Pero el derecho deviene en las obligaciones, o por lo menos eso es lo que se dice por ahí. Entonces mío no es el derecho a dejar este convenio absurdo, más, sin embargo, se es completamente libre a tratar de discernir todo este conglomerado de ideas (¿ideáticos?) y pregnarse del sentido de la vida... en estos días todo me preña como un sin sentido, la vida y la muerte, vivir o morir. ¿Para qué? ¿Para qué se vive? Sería genial saber que alguien tiene la respuesta pero la pregunta es planteada de tan diversas maneras que no cabria una sola respuesta para satisfacer/calmar a las necedades, así que no tenemos más que andar por ahí interpretando lo que los demás ven o dicen, y muy importante, siempre, por sobre todas las cosas, advertir que lo que los demás puedan decir no nos importa, o no mucho; o manifestar que sólo nos incumbe aquello que venga de la gente que nos interesa; o sólo seguir la costumbre o, en el más extremo de los casos, olvidarse de la costumbre misma y tener siempre presente la respiración, para decir que se tiene conciencia de ella y no tener que admitir que nos dejamos llevar por las costumbres –pues respiramos por costumbre. Pero todo esto no es más que un suspiro, una entre miles de quejas que quisiera hacerle al sabio, al intelectual; a aquel que describe el mundo porque lo comprende, por que ha meditado acerca de él y ya nada le asusta; a aquel que ha vivido mucho pero que no ha vivido más que su vida; a aquel que escucha y dice, “esas no son quejas, son bagatelas”; a aquel al que puedo decirle que sólo describo las cosas como se perciben –las que se suceden sin que podamos evitarlo, o como reza el verso de la mala bolsa: “a veces pasa”, sí, a veces pasa.
En estos días pasa con mucha frecuencia, ¿qué? Nadie sabe con certeza, pero a veces pasa; sucede que un día simplemente se nace –sí, a veces pasa- y para cuando adquieres conciencia de ello –ello, aquello que se intuye, más nunca se conoce- tratan de tranquilizarte con diatribas acerca del libre albedrío, y no existe tal. Como todo, es una verdad más, junto a todas aquellas que carecen de absolutismo y que regocijadas en su relatividad, existen. Así, sin más; existen inevitablemente como inevitablemente se crece, y se envejece, y se contraen nupcias y parientes nuevos, y nunca se sale del barrio en que se creció; que horror... ¡horror del horror! no quiero crecer. No quiero vivir la vida que los demás llaman vida.
Los sueños de negación no están negados, más la prohibición existe en el momento en que los sueños se tornan tangibles, soñar entonces resulta perverso, vendedor de ilusiones que permite pasar por entre los resquicios de la realidad un pequeño aroma utópico de individualidad, aroma jocosamente vendido en logias clasisistas y de renombre. Cosa en la que no estoy interesado, así que gasto estos días tumbado sobre la cripta de un desconocido; pienso, y pienso; me desgrano el corazón buscando respuestas pero ni siquiera tengo preguntas, las palabras sangran y llenan la libreta en donde escribo mis reflexiones. Al leerlas nuevamente resultan ininteligibles y solo me queda la incertidumbre de las consecuencias por mis actos, dudas que el tiempo tiñe de color marrón. Ante la monocromía no tengo más que una salida, pero la locura es cara, nadie esta dispuesto a pagar el precio. Lo reconsidero y me aterra saberme igual que todos, por lo menos en eso. Con todo, mienten las instituciones que se consagran a la fraternidad de los hombres, mienten por la simple razón de que nadie soporta a nadie por mucho tiempo, así que se inventan artilugios, maneras de convivir para no tener más necesidad de matarnos unos a otros mientras nos afirmamos como hombres, o algo mejor que animales. Así que, para sublevarme, comienzo un análisis de mi mismo y encuentro que no soy más que un momento que se prolonga indefinidamente o que a veces no dura, pero soy. Soy la bestia que devora a la bestia, el miasma fétido que molesta pero no crea conciencia, soy una mínima parte del tiempo de una época en que incluso los tubérculos se vuelven superfluos, soy apenas un hombre, pero uno de una estirpe muy extraña y pasada de moda.
Y así se suceden los días en los días en que el tiempo se acaba, el diluvio cesa, más no así la naturaleza, los reyes mienten, las partes nunca se conciliaron con el todo, sólo las partes prevalecen y la humanidad –su gestalteza- anda dando tumbos en el flujo de la historia tratando de saber que es, o como ser, o por lo menos, hallar una manera de no sentirse tan fraccionada.
¡Y nadie escapa a ello! Encerrados en un paradójico circulo incompleto damos giros con la vida y formulamos teorías, sofismas, o en su muy particular caso, articulamos términos con el duodeno para simplemente tratar de concebir un circulo –la naturaleza- que sea completo, para no sentirnos abandonados... para no sentirnos tan fraccionados.
Es ese mismo fraccionamiento por el que hay días que tengo pies, y camino; otros tengo manos, tocar es el único interés entonces; unos días no tengo ni pies ni manos, así que escucho. Y si no es posible, pruebo –puedo presumir que conozco el sabor de muchos venenos- A veces también veo, y el mundo se me queda en los ojos. Esos días quisiera ser menos necio, dejar de sentirme aislado y percibir el mundo como los demás lo sienten; pero esta maldita no-pertenencia me obliga a ver más allá, y nunca puedo quedarme con el objeto, resiento el mundo y lo simple se vuelve complejo.
Ambivalente, ahora todo es ambivalente, los objetos, los días; incluso las personas. Andan por aquí y allá a la manera en que las hojas muertas recorren los caminos durante el otoño, y la corriente que los arrastra es el hábitat que nos hemos construido, tan depresivo y melancólico; justo como el otoño. ¿Cuándo llegará el invierno? Como saberlo, colectivamente dudo mucho que el invierno llegue pronto; personalmente el invierno esta cerca y tengo miedo. Miedo de que el invierno no resulte ser la última yuga y tenga que seguir con estos sentidos tan desordenados ya, y continuar mirando a las sociedades interpretar una especie de Hamlet contemporáneo que obliga a mi análisis de mí mismo a ser reducido a menos que nada: ser o tener.

Soy, y no tengo nada.

Nada tengo, y nadie soy.

Así son las cosas en estos días, en este mundo, en este país, incluso en mi propia casa.
Casa: el lugar donde puedo descansar la cabeza. Tengo ganas de una casa a la cual poder llamar casa; aquí se respira cierto aire del crimen por cometerse –y nadie aún ha caído muerto. Este lugar se quedará solo, o acaso ya lo esta. Es la no-pertenencia que se matiza cada vez que estamos juntos a punto de cumplir los rituales propios de la mesa; entonces solo el sonido de los cubiertos que lo único que logran es un ambiente más denso que se prolonga hasta muchas horas de terminado el ritual. ¡Y todo por no haber colgado mi nombre en la pared! ¿Cómo cambiarlo? Tal ya es como un dogma: inevitable.

Ah. Algún día abandonar el nido, nunca el entorno. Hagamos cuentas: uno, dos, tres, diez, cien, mil, diez mil... son tantas, tantas las almas; y sentirse tan solo.
Por eso aseguro que hay cosas que a veces pasan. A veces se nace con destino de paria -¿Por qué tú? ¿Por qué yo?- No sé por que teniéndote tan cerca estas tan lejos, tan lejos, tan irremediablemente lejos. Días vacíos, días inocuos; tu presencia innegable y eterno mutismo, nunca pides nada, jamás nada. Pídeme que me muera, por favor, son tantos los días y tantas las cosas, y no tener nada por que vivir. Dame un motivo, pídeme que me muera para no tener que vivir la vida de los demás; y luego ayúdame a nacer. Dime como creciste tanto en tan poco tiempo... reinvéntame por que soy como los que desprecio.

No muero. Es por que te has ido. No me siento abandonado.

A veces pasa; pasa que de repente se conoce a un montón de gente, gente que ha tratado de caminar conmigo, pero ahora no tengo pies, y me reconfortan con todos los discursos posibles acerca de la simpleza de las cosas pero no puedo creerles, no quiero. En cambio, reza la Alarma: “el calendario esta tan equivocado”. En eso si concordamos; podría ser lunes en viernes y sería lo mismo. Calendario, no insistas, tu validez terminó cuando los días comenzaron a sucederse completamente iguales. Pero se insiste en contar: uno, dos, tres días; cinco meses, seis; ¿Cuántos años? Los que sean, los que vengan; me reinventare por mi cuenta, no me dejare llevar por la trampa del psiquiatra y su diván.

Aún no termino de contar; un millón, dos millones... las almas se parecen a los días, tal vez por eso se inventaron el tiempo, para engañar al reflejo y dejar de sentir el vacío vacío de ellos mismos; tres millones, cuatro... ¿He de contarme entre ellos? Cinco millones, seis... y todos en silencio, silencio que rompe todas las leyes físicas y tiene voces. Las percibo y pareciera que todas van dirigidas a mi, me incomoda, y me oculto. No quiero ser importante en la medida de las cosas que son importantes para la comunidad.
La ironía del oculto. Soy el último de los últimos vistos. Y tal vez el más despierto. No quiero escuchar ni ver nada, pero me faltan piernas para huir. Quisiera dormir en la forma en que duermen el resto de los congéneres, un día, un solo día. Pido y ruego por un día en que no hubiera una sola opinión, una sola pregunta, pero tal es imposible. ¿Para qué la necedad de sus cuestionamientos? Un día, uno solo; por favor, que se callen... ¡QUÉ YA SE CALLEN!...
holacomóestascómotefuequéhacesquédicesquévesquévistesquécalzasquécomesquévendesquésientesquépiensas.

Un día, uno sólo...

Las preguntas no cesan, el oculto solo hace el ridículo, el día deseado no llega nunca. Más lamento mi necedad que tener la certeza que tal día no llegara jamás.
Soy necio, por eso salgo a buscarte. Pero no te conozco y sólo doy vueltas en circulo sin saber donde hallarte. Soy necio, y no caigo en cuenta que estas en el aire, silueta de mar silente, beligerante. Y no te alcanzo, subo a la par de la corriente y te me escapas de entre los dedos, puedo sentirlo, puedo sentirte mas no puedo verte. Olvida tu naturaleza invisible. No seas solo testigo del crimen, se mi cómplice, por que pienso matar al mundo, pero no estoy blindado a la soledad.
El mundo es más fuerte, soy yo quien ha muerto; sin encontrarte. Alguien cabo una fosa -mucho temo que fui yo- y desciendo por ella; y me llaman poeta y no lo soy, tan solo escribo, es mi catarsis. Escribo por que duele, la vida duele, y quedarme con ella me hace daño. “Tu no escribes -dijiste alguna vez- vomitas”. Entonces me expreso, me exprimo, y expresarse es morir. Tomar el desorden de los sentidos y hacerlos algo palpable, no material. Esencia y nunca sustancia, pues la sustancia es efímera. Como el cuerpo. Es por ello que no he muerto del todo; sigo vivo en el recuerdo de algunos versos que han sido mis otras muertes. ¿Mis otras muertes?. Sí, ya he estado muerto antes, de alguna forma acostumbrado, ¡y no basta!. No basta, se tiene la impresión de que las cosas no pueden si no llevar ese único y espantoso curso, y de repente, las cosas cambian, y con ellas las personas, y uno tan estancado, tan sumido en su mundo. “lo que pasa es que eres un extremista” rezan las voces de los autocomplacientes, y abatido por el peso de las máscaras, el curso de los días, las preguntas de los congéneres, me relamo los labios saboreando la dulce caída, la rendición. No puedo más, que alguien tome aquel puñal de falsas esperanzas y me lo entierre profundo entre las cervicales: que a mi me maten, que me maten o que me hagan a un lado sin más preguntas, sin preámbulos, quiero estar solo. Quiero –alguien dijo alguna vez que querer es poder, ese alguien debió haber consumido más mermeladitas que lejías en su infancia- tomar el desorden, la confusión; amalgamar aquello que no se comunica y así, de una vez y para siempre (ja) abandonar el cliché, los moldes, poder ser sin temor a ser juzgado –¿una ves más las máscaras?- pero de nuevo se impone el imposible. ¡Impotencia de infante! Rendido en mitad del camino, olvido todas aquellas lecciones de urbanidad que en la vida se reciben, blasfemo, el calor del cuerpo se abolpa en el rostro y no se trata de vergüenza, maldigo mi condición humana –pobrecito- y a mitad del estiércol se presenta uno de los tantos sentidos que orillan al humano a continuar bajando en círculos concéntricos a través de aquello que se ha llamado historia. La razón, o acaso un atisbo de ella, transfigura la precipitación en algunas de sus muchas posibilidades, la música refresca mi rostro y alivia mis ánimos, es la cantata vertical: llueve.

Llueve.

Y en estos días encuentro más días fútiles que productivos. El calendario conserva su postura milenaria y trata de imponer su opinión acerca de mí como el peor de los hijos de mi padre; yo solo pienso. Pensar es una perdida de tiempo, es cierto sólo si es cierto que el tiempo es lo que los demás llaman tiempo.

Llueve.

Y contagiado del vacío vacío de la colectividad –pero sin sus manierismos- me dejo llevar por la melancólica música de un acordeón portugués. El extranjero me hace ver con mayor detenimiento esta devoradora de hombres que han llamado ciudad, y caigo en cuenta que nunca antes me había detenido a verla; esta ciudad no es natural, tan fría y gris. Pero es salvada todos los días; el alba es rosa y el crepúsculo anaranjado a pesar de que el cielo es azul, siempre, más no por ello es ordinario. La complejidad de los actos se disfrazan de simpleza y son olvidados por la vida cotidiana: “Así son las cosas, y punto” es su mejor argumento para dejar que los días corran sin que ello los mortifique más de lo que creen necesario. Pero, ¿Son culpables? ¿Es culpable cualquiera de nosotros por tener la inherente necesidad humana de sentirnos bien, o a salvo, o seguros? No, nadie es culpable a pesar del crimen o de las apariencias, nadie es culpable por que nadie es, rezamos por una personalidad pero todos estamos amalgamados en cierta forma con la ciudad y sus costumbres, en el enorme, tristísimo seno de la giganta. Perdóname, ciudad, giganta, Grisomante, fuiste monstruo por la habilidad del hommo en crear habitats tan inhabitables, perdona el que tus vestidos deban ser de colores chillantes, pero la tristeza –como la ignorancia- disfrazada se nota menos. Perdona si no quiero ser parte de tu seno, pero no puedo más mezclar mi confusión con la tuya. Me alejare en la lluvia sin despedidas a pesar de que, probablemente, nunca me vaya de aquí; perdóname si te digo que prefiero estar triste que estar contigo.

Aún llueve. Llueve. Una palabra, sí; tan simple que es compleja. Llueve que es sujeto, llueve verbo, llueve predicado; una palabra no parece ser suficiente para dar forma a una construcción gramatical y, sin embargo, llueve, llueve y deja en claro la complejidad de la gramática misma. Llueve y no es solo una palabra, porque la palabra no es mero artífice de la comunicación. La palabra es la otra forma de ver, de sentir, ¡las palabras no fueron hechas para leerse, sino para sentirse!… la palabra, ha quedado relegada a un mero papel descriptivo; la comunicación, reducida a monosílabos y bisílabos.
Sigue lloviendo. ¿Será el invierno? No, en invierno no llueve. Es tan solo la extraña comodidad de estar triste, se trata de mi. Por eso no puedo comer de la sopa instantánea de felicidad que ofrecen en cualquier lado, los códigos de barras no me sirven; las crónicas etílicas no son tan maravillosas e hilarantes como aparentan. Tales conversaciones parecen tener la misma secuencia de las radiocomunicaciones. Cada frase es precedida de un chasquido eléctrico que avisa el cambio, el dialogo por venir del interlocutor. De la misma manera en que se sabe o se adivina que sigue en las comparaciones alcohólicas, alguna afirmación acerca de los mitos de Baco... Ya he escuchado todas pero a nadie parece bastarle. Tal es la gloria de los adaptados, y un solo momento basta para ser expulsado de aquel paraíso de cristal endulzado. Y como angeles caídos andamos en la tierra buscando un infierno que no huela a metal o a poliuretano, y sin refugio ni esperanza, debemos volver a la masa como el agua que regresa al cielo. Estoy cansado de ello, y trato de romper el circulo; busco el punto donde este empieza y termina, una búsqueda igual a la de tu persona. Tan frustrante es seguirte la pista como seguir el curso de una gota en el océano. No te encuentro, no encuentro el punto donde empieza el circulo, no encuentro la forma de esbozar una sonrisa para que la comunidad deje de pedirme una sonrisa. Perdí mi máscara, perdí tu rastro; no puedo dejar de precipitarme y volver al cielo, a la masa, al seno tristísimo.
Ahora estoy entre todos, ninguno nos parecemos y sin embargo, no somos diferentes. Alguien abre una puerta, nos miente/invita a salir a jugar y la euforia acepta antes que nosotros -¡vaya descuido! Olvide esconderme y ahora debo ir con ellos. Llueve, yo lluevo. Todos se conglomeran en pequeños gremios de unos cuantos gustos comunes, nada nuevo. La misma vieja/necia costumbre. Lo mejor es tumbarse en el frío concreto para morir.
No muero –no de nuevo- Tan solo me empapo de esta fría lluvia hasta el alma.
Alguien cerro la puerta. La noche apenas estrellada esta ligeramente adornada de nubes de color índigo. Todos duermen y se pierden la salvación de la ciudad. Ahora es el momento de llenarse del mundo, de observar la verdad –la verdad es femenina, al igual que la naturaleza- del arte: la belleza y la beligerancia conjugadas en armonía/contraste de la acción/pasión y de la conciencia/ inconciencia. Quisiera despertar a todos, que se den cuenta del encanto oculto de las calles, encanto de la ciudad que se pierde con la luz del día pero que se matiza en las noches; que miren a las luces artificiales sonriendo desde el asfalto encharcado.
La belleza es lo mismo que un instante. Lo efímero es la refutación de las pretensiones eternas, lo real es efímero.
La luna una vez bajó las escaleras. Hablaste de ti y yo quise hablar de mí porque sólo la noche es sincera y es nuestra, no podemos negar nuestra naturaleza. El día nos incomoda igual que los ojos de todo el mundo –por eso usamos máscaras- y durante las horas de sol decimos estupideces. Es hasta cuando cae la noche que en realidad hablamos; necesitados de liberarnos del peso de nuestra sombra nos quedamos juntos hasta que eso que llaman tiempo se acaba. Y tratando de sublevarnos a la no-pertenencia volvemos al mundo, a la masa, al cielo. Te marchas otra vez; me quedo solo con la memoria que suelo guardar en mi sombra. Al día siguiente camino con mayor dificultad; soy hombre de sombra imponente. Sin embargo, estoy a la par del mundo por una simple sensación. Somos nosotros, me gustaría tanto poder decirlo, pero aún no es posible, todavía somos dos, tu, yo; ¿Nosotros? No, aún no. Tal vez nunca.
Nunca, nunca jamás, días y noches sin tiempo; el deseo por la niñez eterna radica no en el animo, sino en la razón. Cuando era niño era descuidado, un día un monstruo me tomo por sorpresa y me siguió a casa, creció oculto bajo la cama en un sueño silencioso. Despertó, y se erigió enorme, él es el peso de mi sombra, la carga de mis días, el vacío del mundo; demonio personal nombrado hace mucho por el poeta: el poeta es Blake y su mitología ahora es tangible. El demonio es Urizen. La razón, la conciencia, el insomnio. ¡La vigilia!. Pido y ruego por un día en el que pueda dormir como lo hace el resto de los congéneres.

Un día, uno sólo… por favor. Sin razón o dolor, sin acto, sin potencia, sin elegancia, nada. Inmortalidad o la inocencia, prefiero la inocencia.

La razón nace, la gente duerme. Los colores se tornan más vivos, maravillosos los sonidos de la naturaleza. Generosamente obsequiado de las más dulces caricias, los más bellos paisajes, el más tierno murmullo; el mundo, paradójicamente, se vuelve más triste. La mundaneidad más grande, las ciudades más grises –junto con la gente- las etiquetas más importantes. Y el tiempo, el tiempo, ¡no pierdas más el tiempo! ...por que estos días son días difíciles, ¡Compórtate a la altura, muchacho, que nadie más cuidara de ti!... no puedo. No puedo. No sé como comportarme a la altura, o a que altura comportarme simplemente para hacer felices a los demás. No tolero que todos me hablen acerca de las actitudes que debiera tomar “para ser alguien”, no tolero la palabrería sin sustento “que no te importe lo que los demás digan”. No me importa, a nadie le importa a menos que lo piensen de nosotros. Regresa, por favor, sólo un momento. Haz que la luna baje las escaleras de nuevo, ilumíname; y luego pídeme que me muera para no tener que vivir la vida de los demás. Para dejar de lado la razón y las cosas que el éxito signa como importantes.
Es deber del hombre madurar...
No puedes elegir dejar de crecer.
¡Pobre iluso que se sueña sin edad!.

viernes, noviembre 25, 2005

Entre el sueño y la vigilia

Esta vez el sueño no se ha quedado ni un momento en mi memoria. Solo sensaciones de un pasado que físicamente no he vivido, como la mano que se levanta y me alcanza junto con la voz que era música extraña y ahora entrañable. Resaca de una amistad inexistente, de un aroma embriagante y perdido entre los humos de esta ciudad. Dejo de maravillas ocurridas en mi cabeza e imposibilitadas para salir al mundo. Un sentirme ridículo por tener algo que decir y no saber que es ello, es por eso que estoy sentado frente a esta máquina ahora, tocando, buscando, degustando, ansiando ese recuerdo que no es recuerdo si no una parte de mi que se niega a ser condicionada por mis condiciones.
Sueño, vive ahí, en ese rincón de mi cabeza donde no tendrás que volverte corpóreo para perderte entre estas líneas tan circunstanciales a mi contexto.

jueves, noviembre 24, 2005

Taxonomías

Ejercicio de mero encuentro, de soslayo, de sorpresa y posterior observación, esta cotidianidad tan mía esta llena de hombres -y mujeres- que puedo clasificar de la siguiente forma:

1- Los que tienen Dueño
2- Los que no lo tienen
3- Los que lo tienen y lo niegan
4- Los que niegan ser hombres
5- Los que no saben si son hombres
6- Quienes se sienten extraños
7- Suben al cielo y dan un grito
8- Quienes están en fotografías
9- Quienes las miran
10- Quienes corren todas las mañanas
11- A pesar de que no por hacer ejercicio se esta más sano
12- Los aguados
13- Los secos
14- Los que se esconden
15- Los que los encuentran
16- Los que vuelan
17- Quienes los acompañan
18- Ninguno
19- Todos ellos
20- Y los que se les unen
21- Los que se apartan
22- Por que encuentran algo mejor que hacer
23- Y pintan nuevos hombres
24- Con nombres difíciles de pronunciar
25- Los defectuosos
26- Pelo por pelo
27- De cabo a rabo
28- De caldo en caldo
29- Sin saldo y ando
30- Perdido como la inescrutable gota de agua en el océano

miércoles, noviembre 23, 2005

Sabiduría y belleza

Durante mucho tiempo he asistido a la escuela, a diferentes niveles, en el mismo rumbo. En todos esos años he tenido que utilizar la misma ruta, siempre asistiendo a la marcha del transporte publico a través de zonas industriales, zonas comerciales, zonas residenciales sin ningún lujo, y, sobre todo, al eterno desfile de rostros inconexos pero de rasgos similares por regla general; por eso nunca hubiera esperado que un día una muchacha de marcados rasgos orientales abordara una de las unidades de aquella ruta del transporte público metropolitano. Era fascinante, de entre tantos rostros morenos sobresalía el suyo, de un amarillo sin precedente ante mis ojos; sus ojos oblicuos y su largo cabello, de un negro intenso, me obligaron a mirarle largo rato. Todo el trayecto estuve en trayecto de su rostro, buscando palabras con las cuales dirigirme a ella.
Y es que debía hablar español, de otra forma no andaría sola en el transporte publico de esta ciudad, sola como se encontraba en aquella mañana. Al día siguiente desperté mas temprano que de costumbre, no sé por que. Me prepare para cumplir con mis deberes, como media hora antes; fui corriendo al lugar donde la viera transbordar la primera vez. Hacía frío y aún no amanecía. Ella llegó con mis últimos esfuerzos para recuperar el aliento desacostumbrado a la actividad física; cuando se encontró delante de mí me dirigió un cordial saludo al que casi no respondí, pues tartamudee horriblemente, eso podría parecer una insignificancia, no lo es si se toma en cuenta el detalle siguiente: bajo la escasa iluminación de la calle me pareció la muchacha más bella que hubiese visto nunca. Ella sonrió ante mi tartamudez y se alejo unos pasos, pensé que se iría; así que la detuve con preguntas tontas acerca de su apariencia. Resulto ser una chica muy amable, en un español un tanto extraño me dijo que venia del Japón, que había llegado hacia ya seis meses, que trabajaba en una empresa japonesa ubicada en el mismo rumbo del colegio al cual yo asistía, ¡y encontré ahí un tema en común!, uno muy absurdo y hasta un tanto frívolo, lo note enseguida, pero a pesar de ello se lo dije, y entonces me presente, después de decir mi nombre extendí la mano y ella me entrego la suya a la par que decía el suyo.
-Yo me llamo Tomomi, To-mo-mi.
-Tomomi, ¿qué significa?.
-No, me da pena.
Transbordamos el autobús que irrumpió en el momento en el que insistía en la pregunta, oportuna e inoportunamente, pues al instante en que ella detuvo el armatoste yo pensaba: “¡que estúpido!, ¿qué significa?, ¡vaya manera de mantener una conversación!”. Si, eso pensaba, pero a la vez deseaba que el transporte demorara otro poco para tener más de tiempo y remediar esa charla que andaba tomando matices poco favorecedores para el acto de conocer gente pero ya no podría ser posible, el transporte estaba aquí, frente a nosotros, con las puertas abiertas y presto a terminar con esa ruta que de tan vista parece cada día ser más corta. Así que abordamos, en silencio al principio, después de unos metros pensé en los fractales, y en algunas otras cosas que se explican en la teoría del caos: pensé en consecuencias, nada que perjudicara el curso normal de la historia, pero que posiblemente afecte a la mía, así que deje de lado las preocupaciones anteriores y seguí charlando con Tomomi durante todo el trayecto hasta que debí despedirme –la escuela ya había quedado una cuadra atrás, ella rió cuando se lo comunique-.
-Hasta luego Tomomi
-Hasta luego, Deha mata.

Y descendí, hasta luego siempre resulta indeterminado y en este caso incorrecto, pues yo estaba dispuesto a verla al día siguiente.

Volví a levantarme temprano, salí corriendo nuevamente; cuando llegue ella ya estaba ahí, espere un momento para recuperar el aliento, -ejercicio matutino- dije mientras levantaba la mano derecha en señal de saludo.
-Ohio gozaimasu. Dijo ella sonriendo
-¿Perdón?
-Ohio gozaimasu- repitió lentamente- buenos días.
-Perdona, solo conozco dos palabras en japonés.
-¿Cuáles?
-Arigato y hai, de las películas.
-Arigatoo, Hai- corrigió- ¿te gustaría aprender japonés?
-¿Me enseñarías?
-Doy clases en casa de la cultura, cerca de aquí.
-¿Eres maestra?
-Según.
Así que le pedí la dirección del lugar y los horarios, e increíblemente ingrese a un taller de japonés; cuando se lo comunique a mis familiares y amigos coincidieron en sus opiniones: “¡¿japonés?!, ¿Por qué japonés?, mejor estudia ingles que es mas útil”. Asentí en ello, pero solo para no discutir, proseguí con las clases de aquel idioma mientras Tomomi las impartió.

-No, no es difícil, es muy interesante- dijo Claudia el día que fuera mi primera clase y luego dijo su equivalente en japonés.
-A veces, es más difícil español- me decía Tomomi al frente de la clase que se impartía solo los sábados y para la cual dejaba el formal atuendo de trabajo compuesto de falda y saco en colores azules, y vestía pantalón de mezclilla y suéter de cuello alto que resaltaba aún mas el ovalo casi perfecto de su rostro.
Aquel taller fue una grata experiencia, éramos cinco personas en total, Claudia y su novio Raúl, ambos fanáticos al comic japonés; la señora Delia, de descendencia japonesa pero que nunca había aprendido el idioma, Tomomi, y yo, el nuevo de la clase; todos asistían al taller desde hacia un año entre semana y desde hacia cinco meses en sábado desde que llego Tomomi, por lo que yo representaba un ligero problema al no conocer absolutamente nada del idioma, problema que la maestra resolvió muy pronto, pues decidió que yo tomaría la clase una hora mas temprano y después, si yo quería, podía quedarme al resto de la clase; así lo hice, al sábado siguiente llegue corriendo al salón, ella ya estaba ahí, fumaba mientras leía un libro en japonés, jadeando, me senté enfrente de ella.
-Buenos... días.
-Hola- me saludo mientras apagaba el cigarro en el cenicero que había pedido prestado en la cafetería del lugar –tu ejercicio matutino.
-No, no importa, yo también fumo, esto es solo porque necesito el ejercicio, paso mucho tiempo sentado.
-Genki desuka?
-¿Perdón?.
-Genki desuka?, ¿Cómo estas?
-Ah... bien, bien, gracias.
-Hai, genki desu. Tu debes contestar así.
-Hai, genki desu- le respondí, ella sonrió de buena gana ante mi acento y con la mano me indico que ahora era mi turno en preguntar a ella.
-Genki desuka?
-Totemo, genki desu; te traje unas copias para que comiences a estudiar, pero primero debes aprender un poco de como escribir.

En japonés, según aprendí entonces, existen tres tipos de escritura: Kanji, que son los caracteres chinos adoptados por Japón; Katakana, que es un silabario para escribir palabras extranjeras del cual solo aprendí a escribir mi nombre, e Hiragana, que se utiliza para escribir palabras japonesas y que fue el único que aprendí casi en su totalidad porque era la “esencia” que necesitaba para integrarme por completo al taller. Aquella fue mi primera lección y las que le siguieron fueron tan productivas como amenas: la mitad de la clase practicábamos el silabario y algunas palabras, algunas frases del protocolo; la otra mitad charlábamos mientras fumábamos un cigarrillo y esperábamos a que llegasen los demás. En esos días Tomomi hablaba de los motivos que la trajeron a México, y algunas veces de su familia; supe que venia del sur de Japón –Vivo a media hora de la playa, pero no soy costeña, solía decir- que comenzó a aprender español por su interés en la literatura hispanoamericana –de veras, a veces es más difícil en español, dijo en varias ocasiones- Me habló de su padre y de su hermano, de las largas charlas telefónicas con su madre, de los paisajes japoneses y la diferencia del clima entre su lugar de origen y el mío; yo le hable de mi familia, el colegio, extrañamente también le describí con santo y seña el trayecto que debía realizar para asistir a clases, ella se dio cuenta que la parte del recorrido que realizaba corriendo era innecesario, solo lo hacia para encontrarla en la parada del autobús, tuve que aceptarlo, lo acepto ahora. Desde entonces nos tuvimos un poco mas de confianza.
-¿Qué significa tu nombre Tomomi-san?

Nunca respondía, desviaba la conversación hacia el eterno libro en japonés que llevaba consigo, me hizo prometer que aprendería el idioma para que algún día pudiera leerlo; ella a su vez prometió que me lo prestaría: el tiempo que sea necesario.

Mes y medio después ya era capaz de leer, con un poco de problemas, las oraciones que Tomomi escribía en el pizarrón, siempre y cuando no utilizara otra escritura que no fuera el Hiragana; terminaron las clases una hora antes y debía compartir a mi maestra con todos los demás desde el principio. Mientras del pequeño salón salían frases que estaban escritas en el pizarrón, yo echaba de menos los minutos que dedicábamos a charlar solo ella y yo mientras fumábamos, para ver que pasaba primero: si el cigarro se extinguía o si debíamos apagarlo por que comenzaba a llegar el resto de las personas que integraban el taller; ella debía extrañarlo también, pues un día pregunto la hora: diez minutos antes de irnos, primero pidió que le repitieran la hora en japonés y luego comenzó a hablar de trivialidades, me pidió un cigarro, se lo di e hice circular la cajetilla pero solo había dos fumadores en ese salón, por lo que solo ella y yo compartíamos el humo y manteníamos encendido un cigarro hasta que debíamos dejar el recinto, retomábamos la costumbre de antaño hasta que Claudia se quejo del humo que recorría el techo por causa nuestra, así que comenzamos a compartir el mismo cigarro, uno solo para los últimos minutos en que estaríamos juntos hasta que la otra semana comenzara, y, muy temprano, nos encontráramos en la parada del autobús donde ella siempre me esperaba.

A mediados de noviembre un frente frío azotó la zona norte del país, ello adelantó el frío del invierno; con todo, aquellos días seguía corriendo hasta donde Tomomi esperaba. Un día la encontré encogida en el rompevientos que vestía, tratando de arrancarle el calor que necesitaba para dejar de temblar.
-Samui desu- dije a manera de saludo.
-Salúdame y no me recuerdes cosas tristes- replico ella y me ofreció su mejilla; nunca antes la había saludado con un beso, siempre estrechaba su mano o algunas veces hacíamos una pequeña reverencia al más puro estilo japonés, así que recorrí gustoso el camino hasta su rostro y la bese, ella se aparto de un salto.
-Estas muy frío, Fernando-san.
Le ofrecí disculpas y un cigarro, pero no lo acepto, en verdad era muy temprano para fumar y lo único que queríamos era apretarnos con los demás pasajeros del autobús para robarles algo del calor que ya habrían acumulado; Tomomi se adelanto a ello, sin esperarlo, como el beso en la mejilla, se acerco y me tomo del brazo, y apretó fuerte su cuerpo contra el mío.
-Sabiduría y belleza- dijo ella.
-¿Qué?
-Sabiduría y belleza; Tomo, mi, eso significa mi nombre.

No hablamos mucho después de eso, solo estuvimos así, juntos el uno al otro durante largo rato, hasta que tuvimos que separarnos una cuadra después de dejar atrás la escuela.

No volví a verla en el lapso de dos semanas.

Después de aquella mañana en el paradero, llego, con el fin de semestre, una carga tal de trabajo que me fue imposible asistir al taller dos sábados consecutivos, y entre semana terminaba tan tarde – o temprano, como quiera tomarse el terminar de trabajar a las seis de la mañana- que solo me quedaba tiempo para salir corriendo a la escuela, aquello fue un infierno.

En todo ese tiempo solo esperaba poder encontrarme en el autobús con Tomomi; nunca paso. Me sorprendía a mí mismo entregado a un sentimiento parecido a la nostalgia, me embobaba mirando las notas en japonés y sonreía al recordar la dulce voz de la maestra, su forma de ladear la cabeza mientras trataba de encontrar una respuesta comprensible a las preguntas formuladas, su gesto, preciso a la hora de entonar, ligero al momento de explicar, pleno de un misticismo humano que aún no comprendo; recordaba especialmente como podía perderme en el pequeño salón donde se impartían las clases, dibujando mentalmente la forma casi oval de su hermoso rostro; extrañaba a Tomomi, en el poco tiempo que llevaba de conocerla se había colado a mi corazón.





Moría el ultimo viernes de clase a la par que crecía mi gozo ante la expectativa del nuevo sábado por llegar. Concluido el deber escolar, era hora de regresar al taller de japonés; por la noche tome mis notas y comencé a estudiar, no había olvidado nada, las lecciones todavía seguían en mi cabeza; las horas se hicieron interminablemente largas.
Me sorprendió encontrar a Claudia y a Raúl sentados en costado de la pirámide que era la casa de la cultura en donde se desarrollaba el taller; desperté tarde y me retrase en la hora de llegada; desee, aún deseo, que aquel día a todos se nos hubiera hecho tarde.

-¿Te llamo Tomomi?- podría jurar que ambos me preguntaron al mismo tiempo.
-No- respondí, ni siquiera le había dado mi número.
-No vendrá en todo el mes, hoy solo venimos de picnic- No sé por que tenían que hablar al unísono.
-Soka.
-También menciono algo acerca de buscar a alguien para continuar las clases.
-¿Alguien?- casi no pude escucharme a mí mismo.
-Si, Tomomi regresa al Japón.

Todo quedo en absoluto silencio. Ya no pregunte mucho después de eso, me senté a un lado de ellos mientras retomaban la conversación interrumpida. Con el pretexto de ir al baño fui a la recepción de la pirámide y rogué por informes acerca de la maestra de japonés, la secretaria se negó a dármelos. Pregunté a Claudia si tenia algún número en donde poder localizar a Tomomi, dijo que si pero había olvidado su agenda; me despedí, camine con supuesto rumbo a casa, aún no podía –no quería- creer lo que me habían dicho.

Compré un pequeño puro que olía a vainilla, encendido apestaba a tabaco. Recordando las platicas con Tomomi, halle que en una de ellas me había dicho que vivía en un pequeño departamento cerca de donde esperaba el autobús. Estuve tentado en caminar algunas cuadras a la redonda de aquel paradero y llamarla a gritos.
No lo hice; sin embargo, el lunes siguiente, muy temprano, estaba esperando a que llegara al paradero, esperé hasta que rompió el alba; me senté en el frío banco metálico y encendí un cigarro. Fume hasta que se seco mi lengua, mi ropa olía mucho a humo; regrese a casa a bañarme y a tratar de dormir un poco.

No comí, dormitaba a ratos, una malhadada flojedad me impedía levantarme de la cama; al final tuve un sueño muy extraño donde Tomomi abrazaba a un tipo; y yo estaba ahí, mirando, sin hacer nada; un peso enorme se cernió sobre mi pecho, trate de gritar, de llorar; pero no pude, solamente desperté a mi desesperación por encontrar a la muchacha que repentinamente me había arrancado de mi mundo.

Una vez mas salí corriendo al paradero, era tarde y la luz del día se perdía a cada paso de mi carrera; cuando llegue el corazón me martilleaba el pecho con tal violencia que tuve que detenerme a un poste para no caer. Retomando el aliento comencé a pensar un discurso para cuando llegara Tomomi, no sabía como comenzar, no sabía realmente que podría decir, pero estaba seguro de que lo primero que haríamos ambos al encontrarnos sería sonreír, y la sonrisa de la maestra se dibujo en mi mente y me obligo a sonreír, sonriendo, la vi bajar del autobús que parara en ese mismo instante; era ella, ella... seguida por un tipo que apenas toco suelo la abrazo por la espalda.
¿Quién se creía aquel imbécil?, ¿por qué ella le permitía a ese darse esas confianzas?, ¿por qué siento que si tan solo doy un paso caeré inevitablemente, interminablemente, y no podré levantarme para poder ir detrás de ella?. Apenas unos cuantos días y sin embargo, fue demasiado tiempo de angustia, demasiado tiempo de pensar en ella, en lo que haría, en lo que le diría al encontrarla, para que en un momento todo se fastidiara, todo; yo mismo quede en pausa en aquel momento, ahora solo estaba; doloroso y en pleno cambio de la esencia a la sustancia.

Si en este momento me preguntas que paso después tal vez desvíe toda la conversación a un sitio donde pueda hablar sin el temor de desangrarme por los ojos, porque justamente después del abrazo vino el beso, y después quien sabe; solo el recuerdo de ambos acercándose a donde yo me encontraba y no. Me aparte para dejarles pasar, solo lo suficiente en cuanto a espacio, pues inevitablemente Tomomi paso enfrente de mí, tan cerca que pude oler la exquisita fragancia de sus cabellos mezclada con el perfume barato de él; tan cerca y tan lejos, tan lejos, tan desesperadamente lejos. Sentí un vacío enorme en el fondo de estomago, calor en el pecho y la certeza de que nadie ignoraba lo que pasaba en ese momento; quise morirme, ahí mismo o donde fuera, enterrar mi cuerpo en el vacío de mi estomago y perderme por un tiempo.

No volví a ver a Tomomi; deje de correr hace mucho tiempo. Recuerdo bien lo que ella vestía aquel fatídico día: un vestido negro, corto hasta las rodillas combinado con una blusa azul marino que le daban tal toque de formalidad que chocaba con la imagen de la chica despreocupada que enseñaba japonés en la casa de la cultura de la calle veinticuatro. De él no recuerdo nada a excepción de que era enorme y que sonreía de manera estúpida al andar.

Hay cosas que por su insignificancia no olvidaremos. Tal vez sea el hombre el que se fija y se enamora de los detalles mas aún que la mujer, lo digo no solo por apología al genero, si no también por experiencia propia, porque ahí, muerto como me encontraba, resucite un poco cuando ella volteó a verme; el calor del cuerpo subió a mi rostro en ese mismo momento. Maldito y bendito sea aquel día, inolvidable; pues a mitad del abismo su rostro lo ilumino todo una vez mas, ella sonrío; si, me sonrió de manera sincera, como una niña, nadie de los que la hallan visto en ese instante podría creerme si les dijera que ella tenía veinticuatro años. Ella sonreía, todavía sonríe; se aleja para perderse a la vuelta de una esquina. El tiempo que le tomó dar la vuelta me miro -aún lo hace- y me dijo adiós con la mano muchas, muchas veces.


Para aquel muchacho, ya perdido, en aquel paraje del México de noviembre de 2000

martes, noviembre 22, 2005

Y ahora, el pero

No es discusión, es ánimo apocalíptico mal trazado, es espera hacinada en si misma, es motor y explicación de la tangente que ahora recorro, es todos mis diálogos frente al espejo y cada mañana de tortura en la espalda baja, es salir y buscar; es salir e irse lejos, muy lejos, no al encuentro de lo que las normas signan como estabilidad, sino ir tras la sombra de aquel que se dice yo en este tiempo y otrora confuso. Pero introito a la encrucijada y la totalidad de la visión que no termina a pesar de los años que transcurren inclementes, es la necesidad de encontrar un tema nuevo en mi y en el mundo, es conciliarme con todos y ponernos uno contra otro de nuevo para reconocernos uno, otra vez, y seguir, continuar, perpetuar el alma, mitigar la sed de este pero insaciable. Pero y acusa de presente un problema, pero y es motor de mis contradicciones y de mis escritos, y de mis ansias y mis carencias, y mis anhelos, todos juntos y en ascenso…

lunes, noviembre 21, 2005

La giganta de los días difíciles

... esta ciudad no es natural, tan fría y gris. Pero es salvada todos los días; el alba es rosa y el crepúsculo anaranjado a pesar de que el cielo es azul, siempre, más no por ello es ordinario. La complejidad de los actos se disfrazan de simpleza y son olvidados por la vida cotidiana: “Así son las cosas, y punto” es su mejor argumento para dejar que los días corran sin que ello los mortifique más de lo que creen necesario. Pero, ¿Son culpables? ¿Es culpable cualquiera de nosotros por tener la inherente necesidad humana de sentirnos bien, o a salvo, o seguros? No, nadie es culpable a pesar del crimen o de las apariencias, nadie es culpable por que nadie es, rezamos por una personalidad pero todos estamos amalgamados en cierta forma con la ciudad y sus costumbres, en el enorme, tristísimo seno de la giganta. Perdóname, ciudad, giganta, Grisomante, fuiste monstruo por la habilidad del hommo en crear habitats tan inhabitables, perdona el que tus vestidos deban ser de colores chillantes, pero la tristeza –como la ignorancia- disfrazada se nota menos. Perdona si no quiero ser parte de tu seno, pero no puedo más mezclar mi confusión con la tuya. Me alejare en la lluvia sin despedidas a pesar de que, probablemente, nunca me vaya de aquí; perdóname si te digo que prefiero estar triste que estar contigo.

viernes, noviembre 18, 2005

Memoria del cuerpo y del animo

Respiro una honda bocanada de este aire raro, se siente en las puntas de los dedos un persistente cosquilleo que sólo puede ser aliviado en la caricia del cuerpo amado; pero, ¿qué es esta sensación de alivio ante la repentina ola de colores que se cierne sobre mí?, me levanta, me arrastra, arranca carcajadas como nunca había tenido. Es la vida, hoy he encontrado el objeto que me da confianza en mi y en los demás, ya no me encuentro enfilando al abismo más que por diversión: para recordar lo que se siente, para recordar lo que se pierde. Tomo el anillo, y lo lanzo lejos, ahí van anudadas las historias que no he querido protagonizar, tengo mi demonio hecho carne y su culto es sólo muestra de una caridad como ya quisiera cualquier devoto en su muy particular y pedestre ortodoxia.
Multitud de demonios. ¡Vengan!, no tengo miedo; La vida es presente sin infinitivos complejos o demoledores. Que la unidad alguna vez termina, lo sé, y no me importa; sólo el honor acusa de existencia, juega con el espacio, con el tiempo; el honor es mío por unas cuantas horas, extendidas sobre sabanas de un blanco sucio que hay que remendar. ¿Dónde hallar al costurero a tan altas horas de la noche? Pues esta noche es la última – y no haberlo previsto- no me muevo, no me muevo y me esfuerzo por prolongar el momento que, tuyo y mío, esta perdiéndose ahora, y ahora... No me muevo y de nuevo puedo sentir aquel dulce veneno recorrer mi garganta, veneno que me conmueve, que me lastima, que me obliga a levantarme por mí mismo, veneno que se torna consejo, motivo, razón de la existencia, veneno que quita la vida, ¡y trae vida!... ¡Vida! tengo el verdadero sentido de la reencarnación en cada palmo de mi cuerpo, en la memoria de mis labios en los tuyos. En esta distancia que se anula en cada momento de voluntaria ceguera que aprovecho para leerte como a un libro de braille.

jueves, noviembre 17, 2005

Voces

Ceguera temporal, temporal de cegueras. Con las pupilas dilatadas se pretende imitar las voces de aquellos que no se encuentran; la falta de visión no limita las intenciones. A lo lejos ya se escucha el retumbar del tambor, los compases son presagios de los truenos, los rayos, y el terremoto por venir. Es la exégesis, la nueva moda, prueba de ello son los best-sellers y las líneas anteriores, las viejas intrigas encuentran escuela, nuevas vertientes, nuevos concilios; eso indica que el mundo esta en orden, el instante de parálisis fue tan sólo un dejar de respirar para después tomar una honda bocanada de aire, el aire metálico cosmopolita característico del siglo pasado; no ha habido cambios, todo marcha como debiera, ¡brindo por ello! Brindo por la pausa, por la intriga; brindo por la ciencia y el sentido de pertenencia; brindo por la incertidumbre y por el sino de lesa humanidad; brindo por todos nosotros, por este espíritu errante, beligerante sin pretensiones y de flojos ideales, por esta no-pertenencia que acompaña a las cada vez más mediocres y grises albas que iluminan los ánimos de este esta comunión; brindo por esta rueda perdida “en aras de la libertad”; brindo por esta nueva torre, erigida en el único lugar donde el tamaño de las señales magnifica las significaciones y siempre halla respuesta: Es la tierra, destinada/malograda a dar asilo a la razón y a encontrar en cada pueblo el centro de la luna, su ombligo, el principio; principio inspirador de la lengua y de esta torre, y de su antecesora, y del sinfín de palabras que se han sucedido en el transcurso del tiempo o de la historia; inspirador también de este brindis, motor de la agónica melancolía que llena hasta los bordes el cáliz que ha sido presentado a esta mesa fastuosamente adornada.
Graciosamente ahora no hay voces, nadie decide dar el primer trago, así que levanto la copa, la miro como si tratara de ver a través de ella, la acerco a los labios y el dulzón aroma que impregna mis fosas nasales deja adivinar lo amargo del trago... tan sólo puedo ofrecer mil disculpas por no saber perdonar; por no poder entender de una vez y para siempre que en verdad cada uno termina perteneciendo a los lugares como un bocado a quien lo engulle.

Fragmentos de momentos pasados (no. 2)

La mañana se sucede como el suplicio de las noches difíciles
No voy a describir una resaca.
Además de que no puedo levantarme.
Pero el organismo me tienta el hombro y me recuerda: “Yo soy más listo que tu”
Y me obliga a abandonar el lecho.
Entro al baño, el suelo está frío.
Evito por todos los medios mirarme al espejo.
Me lavo las manos, me mojo el cabello.
Busco una aspirina; busco un vaso para servir agua; busco algo que presiento se me olvido en la almohada, encuentro un rastro de cabello que no me da pista alguna de que pudiera ser aquello que ando buscando ahí; así que de momento lo olvido y busco unas bermudas y una camisa y me encuentro el último cigarro. Ahora busco un encendedor.
Salgo a la calle, si la luz lastimase mis ojos y me obligara a cerrarlos y a tallar los párpados sería como para conmover los duros corazones de los que reprueban las parrandas.
Encuentro a un tipo que vende gelatinas, compro una. La pruebo y no me hace mucha gracia; pienso en ponerle ojos y boquita de rompope, pero desisto pronto de tal idea.
Veo a un chico que vende tamales y atole. Una torta de pan masudo relleno de masa y te lo pasas con más masa. Ni siquiera me acerque.
En la portada del periódico se lee la noticia de un asalto; del desacuerdo en la cámara de senadores; de los partidos por jugarse; y el horóscopo. Hoy es mi día de suerte.
Alguien me saluda con un claxon de toro –ya es poco uso en estos días, la verdad; ahora se usa uno que parece chiflido/cliché a una chica guapa- y me obliga a abandonar la carpeta asfáltica y a caminar en la banqueta.
Subo una difícil cuesta, de esas que componen el paisaje en esta abandonada orilla del valle de México –abandonada por Dios y muchos administradores, claro esta, pues está llena de gente- y llego a la cima que es también la carretera que comunica al distrito con el estado.
Subo a un puente peatonal
Me quedo ahí, arrepentido de no haberme puesto unos tenis, pues hace demasiado frío a esta altura.
Prendo el cigarro que encontrara en el cuarto.
Veo largamente los cirros resto de la noche, ahora pintados de rosa con algunas líneas doradas, sobre un fondo azul pálido.
Y el ánimo, ¡que no levanta!; como la noche anterior; como la Banca; como el Atlante; como las propuestas para una vida mejor; como una piedra que se quedo sin ser parte de alguna estructura y vicia el camino con una solitaria e inútil presencia; como el gris de los barrios populares, que desde este puente veo y domino; como la gelatina de hace rato; como todos los lunes de cuando eres niño y no quieres ir a la escuela; como cuando terminas algo; como el saludo que no te responden; como las ganas de pararte a dar de brincos y de repente recuerdas que mucha gente te esta mirando; como los viajes en el metro a las once de la noche; como la canción que no te sale en una austera guitarra y con una voz carrasposa; como los colores de los rieles en desuso; como los atardeceres en las películas en b/n; como el agua anegada en un charco; como la mirada que llena la pantalla de una sala de cine, en donde estas sentado en la fila de atrás, solo y sólo por que no sabes que más hacer con tus días, esa mirada que te mueve un poquito y que no encuentras afuera, lo que te mueve todavía más; como cuando te decepcionan o decepcionas; como cuando a media noche te encuentras dando vueltas en la cama y no hallas con quien platicar; como cuando la espalda no te deja agacharte; como cuando se te olvida lo que habías soñado, o como cuando no estas seguro de si sueñas; como cuando idealizas un momento y pasa nada de lo que habías pensado; como cuando pierdes algo que creías tuyo; como no saber que tienes, cuando en realidad si sabes pero no encuentras manera de decirlo. Así, como todo eso, que no levanta.

lunes, noviembre 14, 2005

Esta tarde que termina

Y la mujer no dejá, no cede, no es, y es en lo alto de la incomprensión, y le falta mucho y no le sobra nada; es ahora y quiza nunca, permanece, se marcha y el viento la trae de regreso, es mi tema, mi horas de desencuentro, la falta de vitaminas y el sueño atrasado, y este dolor en el pecho que aulla y es lapso muerto magnificado en este tiempo de soledad. Y el humo sube, los vapores suben, un sollozo contenido y la pregunta en vilo que todavía no puedo responder. Amiga, amante, compañera, perdóname, no soy yo aquel a quien buscas.
Otra noche se avecina.

domingo, noviembre 13, 2005

Ruptura (breve no 1)

A veces recuerdo, hecho de menos, demasiado, muy poco a veces, pero todo el tiempo.
¿Dónde estas? Mis manos pueden hablar de ti en este minuto que se agota, puedo salir, buscar, tener un momento, pasar a otra cosa, respirar hondo, deseando encontrarte a solas y escuchando la caida gravida de las estrellas o contemplando a los faros buscando a tientas, en mitad de la niebla, mientras el cuerpo -tuyo, mío- recuerda una abrazo y tu tacto. El tiempo me pide más, se lo entrego a cambio de mis memorias, de mis cinestesias, de ese pedazo de ti que me pertenece ahora y siempre.

sábado, noviembre 12, 2005

Fragmentos de momentos pasados

Lo que quita la vida trae vida, lo que invita a la muerte no es la muerte. Ahora estoy un poco más tranquilo; la posibilidad de morir no me asusta más, sin embargo, me inquieta. Por que entre tantas reflexiones siempre atraviesa tu imagen cualquier campo en que me este moviendo, y bailas. Bailas a aquel pausado compás del tic-tac, y en tus labios una sonrisa. Sé que te burlas de la cotidianeidad, o acaso de aquellos que en ella se pasean y se rinden al impulso de seguir el ritmo del reloj, y bailan por que no saben que más hacer; sé que sabes que sé que te burlas, y tal vez también te burles de mí, por cualquier cosa, cualquier nimiedad que no es más que un fragmento de mí, de ti, o de cualquiera de nosotros, los convidados a la fiestadediario. Te burlas por que te escapas de la reunión cuando quieres, aún que haya veces en que tu misma te encuentres rendida y sumida en el ir y venir de los demás, te burlas por que sabes que siempre puedes cambiar de ritmo –ya lo haz hecho antes- pero por ahora, prefieres seguir el ritmo establecido y burlarte de aquello donde nada es importante y todo vale la pena. Concédeme esta pieza, bailemos de manera ridícula, vamos tropezando con los demás, no importa, mañana habrá otro baile, entonces quizá sigamos el ritmo, de momento bailemos, inventémonos un momento por que tal vez no quedan muchos, no lo sé. Baila, baila, déjame festejar cada paso, cada movimiento; pidamos disculpas al unísono y volvamos a empezar; derecha, izquierda, adelante y una vuelta, o dos, o más. Baila, no te detengas; dime si me esperas. Dime para que pueda esperar sin inquietud a la muerte, a mi muerte. Dime que me esperas para tener argumentos y pedir una prorroga; dime que me esperas para no morirme.
Tic tac, tic tac.

Bailemos, ahora al lento compás del reloj.

Es tarde, el reloj de las responsabilidades dice que es hora de dormir, el reloj de las festividades dice que esta no es una fecha importante, el reloj que no tiene nombre dice que no haga caso a ninguno y que siga con la catarsis, o el vomito, o cualquier cosa que se supone que sea lo que escribo; es hora de continuar ahora que las imágenes se han ido. Es hora de detenerse cuando las imágenes se vayan para siempre, dejar de escribir cuando para divagar necesite de un método. Es hora de poner en claro que estoy haciendo; por qué, para qué, para quién. Tomo los sucesos de los últimos días y les invento un sentido, para que estos días puedan pasar con la mínima certeza de que algo habrá de bueno en ellos. ¿Algo? Cualquier cosa. Cualquier nimiedad, de dolor, de alegría, de tristeza ¡De algo, caramba, pero que no se sucedan vacíos! Basta, basta del tema, basta de ver los días como un sin-sentido o como la perdición de los congéneres o el acabose de mi misma persona. ¿Por qué o desde cuando me volví tan importante?
Me volví importante en el momento en que me quede solo.
Es tarde, el reloj –cualquiera- aconseja sabiamente abogar por el descanso, debo dormir. Partir a esta hora de desencanto... es de noche.

viernes, noviembre 11, 2005

Emir

La luz, es la luz y ahora la luz, ahora no sé que pensar, aunque siento mucho, y en todas partes.
Eres la manifestación de la vida que se sobre pone a todas las anteriores sensaciones.
Que bueno que pudiste llegar.

Al primogenito de mi amiga Eli.

martes, noviembre 08, 2005

El usuario anonimo...

... pretende erigir una antena de telecomunicaciones en el patio de mi único espacio, y es tan impersonal que por un momento he estado a punto de cederle paso en mi estancia, pero como me miraba de manera tan sosa y hueca, le dejé esperando en el umbral de mi puerta.
Lo que quiero y ansio es la violación espiritual, una entrada que incendie esta casa y me obligue a tomar otras medidas, otros caminos.